SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

—Hinojosa está limpiando la casa —murmuré—. Sabe que El Tanque es el testigo clave que lo conecta con la violencia física. Si El Tanque muere, Hinojosa solo enfrenta cargos financieros. Saldría en cinco años con buena conducta. Por terrorismo y homicidio en grado de tentativa, se queda de por vida.

—El Tanque está asustado, Mariana. Quiere retractarse. Dice que si testifica, lo van a matar antes de llegar al juzgado. —Voy para allá. —No puedes entrar al reclusorio así como así. —No voy a entrar como visita, Reyes. Voy a entrar como parte de su seguridad. Consígueme una acreditación de escolta procesal o lo que sea. Ese hombre tiene que llegar vivo a la audiencia de mañana.

La audiencia de vinculación a proceso se llevó a cabo en las salas de juicios orales del Tribunal Superior de Justicia. El ambiente estaba cargado de electricidad estática y olor a trajes caros y miedo.

La sala estaba llena. Prensa, familiares de las víctimas de los desalojos (que Sara había organizado), y en primera fila, el equipo de defensa de Hinojosa: un batallón de cinco abogados que parecían tiburones con corbata.

Hinojosa estaba sentado detrás de un cristal blindado, ya vestido con el beige reglamentario del penal, pero con el cabello perfectamente peinado. Me vio entrar. Sus ojos se clavaron en los míos. No había arrepentimiento. Solo una promesa silenciosa de destrucción mutua.

El juez, un hombre de edad media con cara de pocos amigos, golpeó el mazo. —Se abre la audiencia. Fiscalía, presente su caso.

El fiscal asignado, una mujer joven llamada Licenciada Simmons (aparentemente una de las pocas no corruptas que quedaban), se levantó. —Su Señoría, estamos aquí para demostrar que el ciudadano Pablo Hinojosa es la cabeza de una organización criminal dedicada al despojo, la extorsión y el terrorismo vecinal…

La batalla legal fue brutal. La defensa atacó cada punto. Argumentaron que las fotos en la bodega eran circunstanciales. Argumentaron que Caín actuaba solo. Argumentaron que mi entrada a la Torre Hinojosa fue un allanamiento ilegal y que cualquier evidencia derivada de ahí era nula.

—Su Señoría —dijo el abogado principal de Hinojosa, caminando de un lado a otro como un actor de teatro—, la acusación se basa en las acciones de una vigilante desquiciada, la señorita Bravo, quien tiene un historial de violencia extrema. ¿Vamos a confiar en la palabra de una persona que irrumpió en una oficina privada y agredió físicamente a un empresario respetable?

Yo estaba sentada en la zona de público, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Sabía que me atacarían a mí. Era la estrategia estándar: desacreditar al testigo, matar al mensajero.

—La Fiscalía llama a su testigo presencial —dijo Simmons, ignorando el teatro de la defensa—. Gary Walker.

Se abrió la puerta lateral. Gary “El Tanque” Walker entró en silla de ruedas, empujado por un custodio. Estaba pálido, sudoroso, y se agarraba el costado vendado. El silencio en la sala era absoluto. Hinojosa se inclinó hacia adelante, mirando a su ex-esbirro con una intensidad que podría fundir acero. Era una amenaza clara: Abre la boca y mueres.

El Tanque miró a Hinojosa. Luego miró al público. Me vio a mí. Yo asentí levemente. Estoy aquí. Ellos no te pueden tocar ahora.

—Señor Walker —dijo la fiscal Simmons—. ¿Conoce usted al acusado?

El Tanque tragó saliva. El sonido fue audible gracias a los micrófonos sensibles. Miró a Hinojosa una vez más. El miedo en sus ojos era palpable. Hinojosa sonrió levemente.

—Yo… —empezó El Tanque. La defensa sonrió. Esperaban la retractación. Esperaban el “No, no lo conozco, todo fue idea mía”.

Pero entonces, El Tanque vio a una mujer en la segunda fila del público. Era una señora mayor, con un rebozo, llorando en silencio. Era la dueña del local de comida oaxaqueña que habían destruido meses atrás. Una de sus víctimas. Algo se rompió dentro del matón. O tal vez, algo se arregló.

—Sí —dijo El Tanque, y su voz ganó fuerza—. Sí lo conozco. Es El Patrón.

Un murmullo recorrió la sala. El abogado defensor se puso de pie de un salto. —¡Objeción! —¡Denegada! —ladró el juez—. Continúe, testigo.

—Él nos pagaba —continuó El Tanque, hablando rápido, como si quisiera sacar el veneno antes de que lo matara—. Nos pagaba a través del Licenciado Caín. Nos daba listas de direcciones. Negocios, casas, parques. Nos decía: “Hagan que se vayan. Asústenlos. Golpéenlos si es necesario. Pero que se larguen”.

—¿Y el ataque en el Parque Lincoln? —preguntó Simmons. —Fue una orden general. “Limpien la zona”. No sabíamos quién era la señora Bravo. Pero la orden venía de arriba. Hinojosa quería ese parque “limpio” para que subiera el valor de sus departamentos en la calle de atrás.

—¡Mentira! —gritó Hinojosa desde su cabina, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Es un delincuente mentiroso! ¡Yo nunca…!

—¡Orden en la sala! —gritó el juez.

La fiscal Simmons se acercó al estrado y presentó la evidencia final. El libro contable. —Su Señoría, el testimonio del señor Walker se corrobora con este libro de contabilidad, incautado legalmente bajo orden judicial en una propiedad de la empresa de Hinojosa. Aquí, en la página 42, hay un pago de cincuenta mil pesos etiquetado como “Limpieza Parque Lincoln”, con fecha de dos días antes del ataque. Y está firmado… por Pablo Hinojosa.

La sala estalló. No había forma de refutar eso. Una firma. Un concepto de pago. Un testimonio directo. El abogado defensor se desplomó en su silla. Sabía que el juego había terminado.

El juez revisó el documento. Se ajustó los lentes. Miró a Hinojosa con una mezcla de disgusto y severidad. —En vista de la evidencia presentada, y considerando la gravedad de los delitos y el riesgo para la sociedad… dicto auto de vinculación a proceso en contra de Pablo Hinojosa por los delitos de delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita.

El golpe del mazo sonó como un disparo de gracia. —Asimismo —continuó el juez—, se mantiene la medida cautelar de prisión preventiva oficiosa. El acusado permanecerá en el Reclusorio Norte durante el juicio.

Los aplausos estallaron en la zona del público. La señora del rebozo lloraba abiertamente. Sara estaba tuiteando a la velocidad de la luz. Hinojosa se quedó paralizado. La realidad lo golpeó como un tren. No iba a irse a casa. No iba a dormir en sus sábanas de seda egipcia. Iba a dormir en un catre de metal, rodeado de los mismos hombres que él despreciaba y utilizaba.

Los custodios se acercaron para llevárselo. Hinojosa se giró hacia mí antes de salir. Su rostro estaba rojo, las venas de su cuello saltadas. —¡Esto no se acaba, Bravo! —gritó, mientras lo arrastraban—. ¡Tengo dinero! ¡Tengo poder! ¡Voy a comprar a quien tenga que comprar!

Me levanté y caminé hasta el cristal que nos separaba. —Guarda tu dinero, Pablo —le dije, tan bajo que solo él pudo leer mis labios—. Lo vas a necesitar para pagar protección adentro. Porque ahí donde vas… tú no eres El Patrón. Eres la carne fresca.

Lo sacaron de la sala. La puerta se cerró.

Reyes se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. —Lo logramos, Mariana. Está vinculado. No va a salir en años. —Diez años mínimo —dijo Simmons, acercándose a nosotros—. Con los cargos federales que vienen, probablemente veinte. Y le vamos a confiscar todos los bienes. Los edificios, las cuentas, todo será usado para reparar el daño a las víctimas.

Miré la sala vacía, donde el eco de la justicia aún resonaba. Debería haberme sentido eufórica. Había ganado. Mi familia estaba a salvo. El malo estaba en la cárcel.

Pero sabía que la victoria tenía un costo. El Tanque, a pesar de su testimonio, también iría a prisión por sus propios crímenes, aunque con una pena reducida. Su vida estaba arruinada. Caín había negociado y probablemente saldría libre a cambio de información sobre otros socios. Las ratas siempre encuentran un agujero.

Salí del tribunal hacia la escalinata principal. El sol de la tarde bañaba la Ciudad de México. Ya no se sentía tan pesado. Sara me alcanzó en las escaleras. —¿Y ahora qué? —preguntó—. Eres una heroína nacional, Mariana. Tu foto está en todas partes. Podrías dar entrevistas, escribir un libro…

Negué con la cabeza, poniéndome mis gafas de sol. —No soy una heroína, Sara. Solo soy alguien que limpió su pedazo de banqueta. —¿Qué vas a hacer? —Voy a volver a Veracruz un tiempo. A ver a mi mamá. A asegurarme de que el miedo se haya ido de sus ojos.

—¿Y después? Miré a la ciudad. Un monstruo hermoso y terrible de concreto y asfalto. —Después… ya veremos. La ciudad siempre necesita quien saque la basura.

Bajé las escaleras, perdiéndome entre la gente, entre los vendedores de dulces, los abogados y los ciudadanos comunes. La historia de Pablo Hinojosa había terminado. Pero la historia de La Jefa apenas estaba comenzando.

CAPÍTULO 8: EL SONIDO DE LA PAZ
El mar de Veracruz no es azul; es de un verde esmeralda profundo, revuelto y lleno de vida, igual que su gente.

Tres semanas después del veredicto, estaba sentada en el porche de la casa de mi madre, en un pueblo costero a dos horas del puerto. El aire olía a sal, a café tostado y a humedad tropical. Mi tío Chato estaba en su mecedora, limpiando con devoción casi religiosa su vieja escopeta de caza, aunque ya sabía que la amenaza había pasado.

—Ya deja eso, tío —le dije, tomando un sorbo de mi café lechero—. Hinojosa no va a mandar a nadie. Le congelaron hasta las cuentas del supermercado.

Chato me miró por encima de sus lentes, con esa sabiduría terca de los viejos jarochos. —Mija, la víbora puede estar enjaulada, pero siempre deja huevos. Uno nunca deja de vigilar el perímetro.

Sonreí. Tenía razón. Era la misma lección que me habían enseñado en la Marina: la paz no es la ausencia de guerra, es la vigilancia constante.

Mi madre salió de la cocina con una charola de gorditas de dulce. Se veía más tranquila, ya sin esas sombras bajo los ojos que tenía cuando llegué huyendo del caos de la capital. Me tocó el hombro al pasar, un gesto simple que decía más que mil palabras: Estás viva. Estamos bien.