SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

No tenía mi arma. Se la había entregado a Reyes (la que le quité al chico en la bodega) para no comprometer el caso legal. Solo tenía mi Ka-Bar y mis manos. Y contra un profesional, el cuchillo es el último recurso.

Necesitaba que él viniera a mí. Tomé una moneda de diez pesos de mi bolsillo y la lancé con fuerza hacia el otro lado del estacionamiento, golpeando un extintor metálico. ¡CLANG!

El guardia giró la cabeza. Su mano fue directo a la funda de su arma, pero no la sacó. Habló por su radio. —Central, ruido sospechoso en nivel menos uno. Voy a verificar.

Craso error. Nunca investigues solo. El hombre caminó hacia el origen del sonido, pasando justo frente a la columna donde yo me ocultaba. Esperé a que pasara. Salí de la sombra como una exhalación.

No hubo advertencia. Mi brazo derecho rodeó su cuello en una llave “mataleón” (rear naked choke). Al mismo tiempo, mi pierna trabó sus rodillas, arrastrándolo hacia atrás para desequilibrarlo. El guardia reaccionó rápido, intentando clavar sus dedos en mis ojos, pero cerré el candado con fuerza, cortando el flujo sanguíneo a su cerebro. Luchó durante seis segundos. Seis segundos eternos donde sentí su fuerza bruta intentando romper mi agarre. Luego, se aflojó. Sus brazos cayeron. Lo dejé en el suelo con cuidado. No estaba muerto, solo dormido. Despertaría en diez minutos con un dolor de cabeza terrible y sin trabajo.

Le quité su tarjeta de acceso y su auricular. Me puse el dispositivo en la oreja. —…copiado, nivel menos uno. Reporte estatus —decía una voz en la radio. No contesté.

Pasé la tarjeta por el lector del elevador. Las puertas se abrieron con un timbre suave. Presioné el botón “PH”. El ascensor subió suavemente, disparándome hacia el cielo a cinco metros por segundo.

Me miré en el espejo del elevador. Tenía la ropa sucia de la noche anterior, el cabello un desastre y una mirada que asustaría al diablo. No parecía una ejecutiva. Parecía lo que era: una consecuencia.

Piso 40. Las puertas se abrieron. No daba a un pasillo. Daba directamente a una recepción amplia, minimalista, con pisos de mármol blanco y una vista panorámica impresionante de la ciudad contaminada.

Una secretaria se levantó de un salto detrás de un escritorio de cristal. —¡Oiga! ¡No puede estar aquí! ¡Seguridad!

Dos hombres salieron de una puerta lateral. Más grandes, más armados. Estos ya tenían las armas en la mano. Subfusiles compactos. —¡Al suelo! —gritó uno.

No me tiré al suelo. Me lancé hacia la secretaria. Cruel, sí, pero necesario. La agarré y la giré, usándola de escudo humano momentáneo mientras retrocedía hacia una columna de mármol. —¡No disparen! —gritó la mujer, aterrorizada.

Los guardias dudaron. —¡Suelte a la chica! —ordenó el guardia líder.

—Dile a tu jefe que salga —grité—. ¡Hinojosa! ¡Sé que estás ahí! La puerta de caoba maciza al fondo de la sala se abrió. Pablo Hinojosa salió.

Era tal como en las revistas, pero más viejo. Traje azul marino impecable, cabello plateado, y una expresión de fastidio, como si yo fuera un vendedor inoportuno y no una amenaza mortal. —Bajen las armas —dijo Hinojosa con voz tranquila. —Señor, es peligrosa —advirtió el guardia. —Sé quién es. Es la Teniente Bravo. Déjenla pasar.

Los guardias bajaron los subfusiles, pero no dejaron de apuntarme. Solté a la secretaria, quien corrió llorando hacia el elevador. —Vamos, Teniente —dijo Hinojosa, dándose la vuelta y entrando a su oficina—. Tomemos un café. Hablemos como gente civilizada.

Entré. La oficina era obscena. Muebles de diseñador, arte moderno que valía millones, y una pared entera de cristal que dominaba la ciudad. Hinojosa se sentó detrás de un escritorio inmenso. No parecía tener miedo. —Leí su expediente, Teniente Bravo —dijo, cruzando las manos—. Impresionante. Condecorada. Letal. Y ahora, una justiciera social. Qué desperdicio de talento.

Me acerqué al escritorio. Puse mis manos sobre la superficie pulida. —Amenazaste a mi familia. Hinojosa sonrió, una sonrisa vacía, de tiburón. —Negocios, Teniente. Solo negocios. Usted atacó mis intereses. Yo ataqué su punto débil. Es estrategia básica. Sun Tzu.

—Esto no es un negocio. —Todo es un negocio. Esa gente en los barrios… estorban. Viven en la miseria sobre terrenos que valen oro. Yo les hago un favor. Les doy una razón para irse a un lugar más barato, y yo construyo futuro. Progreso.

—Mandaste matones a golpear ancianos. Lavaste dinero del narco. —Detalles —Hinojosa hizo un gesto despectivo con la mano—. Caín y ese animal, El Tanque, eran… entusiastas. Pero torpes. Ya están fuera de la ecuación. Y usted… usted es un problema que puedo resolver de dos formas.

Abrió un cajón del escritorio. Me tensé, lista para saltar sobre él. Pero no sacó un arma. Sacó una chequera. —Ponga la cifra —dijo, destapando una pluma fuente de oro—. Un millón. Cinco millones. Dólares. Váyase a Europa. Llévese a su madre. Olvídese de esta ciudad podrida que no le agradece nada.

Miré la chequera. Luego lo miré a él. La arrogancia. La absoluta certeza de que todo y todos tienen un precio. Eso me dio más asco que la violencia de El Tanque. El Tanque era un animal salvaje. Hinojosa era un parásito con traje.

—No quiero tu dinero —dije suavemente.

Hinojosa suspiró, decepcionado. —Todo el mundo quiere dinero, Teniente. No sea ingenua. Si no acepta el dinero, entonces tengo que hacer esa llamada. Ya sabe cuál. La que termina con un accidente lamentable en Veracruz.

Puso su mano sobre el teléfono fijo del escritorio. —Usted decide. Plata o plomo.

El tiempo se detuvo. Miré el teléfono. Miré su mano. La distancia entre nosotros era de un metro y medio de caoba.

No lo pensé. Actué. Salté sobre el escritorio. Hinojosa intentó levantar el auricular, pero fui más rápida. Mi bota impactó su pecho, lanzándolo hacia atrás con todo y silla ejecutiva. Se estrelló contra el ventanal blindado. El vidrio resistió, pero su cabeza rebotó con fuerza.

Antes de que pudiera recuperarse, lo levanté por las solapas de su traje italiano de tres mil dólares. —¡Guardias! —intentó gritar, pero le corté el aire con un antebrazo en la garganta.

La puerta de la oficina se abrió de golpe. Los dos guardias entraron, apuntando. —¡Suéltelo o disparamos!

Giré a Hinojosa, poniéndolo entre las armas y yo. Saqué mi Ka-Bar. La hoja negra y mate quedó a un milímetro de su ojo derecho. —¡Si disparan, le saco el ojo y se lo hago tragar! —grité con mi voz de mando. Los guardias se congelaron. Sabían que no bromeaba. Veían mi mano firme. Veían la locura controlada en mis ojos.

—¡Atrás! —chilló Hinojosa, con la voz aguda por el pánico—. ¡No disparen! ¡Me va a matar!

Acerqué mi boca a su oído. Olía a colonia cara y a miedo sudoroso. —Vas a llamar a tus perros en Veracruz —susurré—. Ahora mismo. En altavoz. —No… no puedo…

Presioné la punta del cuchillo en su pómulo. Una gota de sangre roja, brillante, corrió por su mejilla afeitada. —¡Llama!

Hinojosa, temblando, sacó su celular del bolsillo. Marcó con dedos torpes. Puso el altavoz. —¿Patrón? —contestó una voz al otro lado. —A… aborten —tartamudeó Hinojosa—. Aborten la misión en Veracruz. Déjenlos en paz. Regresen a la base.

—¿Patrón? ¿Seguro? Ya tenemos la casa a la vista. Sentí un frío en el estómago. Estaban tan cerca. —¡Dije que aborten, imbécil! —gritó Hinojosa, histérico—. ¡Es una orden! —Entendido. Nos retiramos.

Colgó. Hinojosa se quedó jadeando, colgado de mi brazo como un muñeco roto. —Ya está. Ya lo hice. Ahora déjeme ir. Tome el dinero y lárguese.

Miré a los guardias, que seguían apuntando, esperando un error. Miré a Hinojosa. Podría matarlo. Aquí y ahora. El mundo sería un lugar mejor. Sería justicia rápida. Pero entonces sería lo que ellos decían que era: una criminal. Y Reyes perdería su caso. Hinojosa se convertiría en un mártir, una víctima de la violencia.

—No —dije.

Golpeé a Hinojosa en la sien con el mango del cuchillo. Un golpe calculado. Apagado de luces. El magnate se desplomó en mis brazos, inconsciente.

Lo dejé caer al suelo como una bolsa de basura. Levanté las manos, mostrando que soltaba el cuchillo. El Ka-Bar cayó sobre la alfombra persa. —Está vivo —les dije a los guardias, que me miraban atónitos—. Llamen a una ambulancia. Y a la policía. Díganles que el paquete está listo para ser recogido.

Los guardias se miraron. Bajaron las armas. Eran mercenarios. Su contrato era proteger al cliente. Si el cliente estaba inconsciente y la amenaza se rendía, no tenían por qué iniciar un tiroteo y arriesgarse a ir a la cárcel por homicidio.

Me senté en la silla de Hinojosa, giré hacia el ventanal y miré la Ciudad de México extendida a mis pies. Saqué mi celular. Marqué a Reyes.

—¿Reyes? —¡Mariana! ¿Dónde estás? ¡Ya reventamos la casa de seguridad! ¡Tenemos los libros! ¡Es una mina de oro! —Estoy en la Torre Hinojosa —dije con calma, viendo cómo las primeras patrullas empezaban a llegar allá abajo, en la calle, como hormigas azules y rojas—. Hinojosa está tomando una siesta en el piso de su oficina. Ven por él. Ah, y trae una orden de arresto por intento de homicidio y amenazas. Tengo testigos.

—¿Hiciste lo que creo que hiciste? —preguntó Reyes, incrédulo. —Le corté la cabeza a la serpiente, Reyes. Ahora te toca a ti limpiar el veneno.

Cerré los ojos y esperé. La adrenalina se estaba yendo, dejando paso al dolor de mi cuerpo golpeado. Pero por primera vez en días, el dolor no importaba. Mi familia estaba a salvo. Y el intocable Pablo Hinojosa acababa de ser tocado.

CAPÍTULO 7: JUICIO EN LA TIERRA DE NADIE
Ver caer a un gigante no es como en las películas. No hay música épica, ni cámara lenta. Solo hay ruido, confusión y el destello cegador de cientos de cámaras fotográficas hambrientas.

Cuando el Comandante Reyes sacó a Pablo Hinojosa del edificio en Santa Fe, esposado y con un hematoma morado floreciendo en la sien —cortesía de mi visita—, el mundo parecía haberse detenido en esa acera. Sara había hecho su trabajo con una eficiencia aterradora. Había “filtrado” la hora exacta del arresto a todos los medios nacionales.

Yo me quedé atrás, en el lobby, observando a través de los cristales tintados. Prefería las sombras.

—¡Señor Hinojosa! ¿Es cierto que ordenó ataques racistas? —¡Don Pablo! ¿Qué dice sobre el lavado de dinero? —¡Mire aquí! ¡Para la cámara!

Hinojosa, a pesar de estar esposado y golpeado, intentaba mantener la barbilla en alto. Su traje italiano estaba arrugado, pero su arrogancia seguía intacta. Miraba a los reporteros con desprecio, como si fueran insectos que habían invadido su picnic privado. Pero vi el temblor en sus manos. Por primera vez en décadas, no controlaba la narrativa.

Reyes lo metió en la parte trasera de una patrulla blindada, empujando su cabeza hacia abajo con esa falta de delicadeza reservada para los criminales comunes. Cuando la puerta se cerró, sentí que podía respirar de nuevo.

Pero sabía que esto era solo el medio tiempo.

48 HORAS DESPUÉS

El Reclusorio Norte es una ciudad dentro de la ciudad. Un lugar con sus propias leyes, su propia economía y su propia jerarquía. Hinojosa había sido trasladado allí bajo la figura de “prisión preventiva justificada”, un pequeño milagro legal que Reyes y el Fiscal habían conseguido gracias a la evidencia de riesgo de fuga y la amenaza directa a mi familia.

Yo estaba en el departamento de Sara, que se había convertido en nuestro centro de operaciones. Las paredes estaban cubiertas de las pruebas que habíamos recopilado: los libros contables de la casa de seguridad, las fotos de Vallejo, la confesión grabada de El Tanque.

—Están intentando todo —dijo Sara, lanzando un periódico sobre la mesa—. El equipo legal de Hinojosa metió tres amparos esta mañana. Alegan tortura, detención arbitraria y violación al debido proceso. Dicen que tú eres una agente del estado actuando ilegalmente.

Tomé el periódico. El titular principal rezaba: “¿JUSTICIA O VENGANZA? LA CAÍDA DEL IMPERIO HINOJOSA”. Más abajo, una foto mía (borrosa, tomada de lejos en el parque) con el pie de foto: “La misteriosa mujer militar en el centro del escándalo”.

—Que aleguen lo que quieran —dije, tomando café negro—. Tenemos los libros, Sara. Los que Reyes sacó de la casa de seguridad. No solo pagaba a El Tanque. Pagaba a concejales, a inspectores de obra, incluso hay transferencias a cuentas en las Islas Caimán que coinciden con pagos de cárteles conocidos.

—Eso es lo único que lo mantiene adentro —admitió Sara—. El lavado de dinero es federal. La Fiscalía General de la República (FGR) ya tomó el caso. Eso es bueno y malo.

—Malo porque la federación es lenta. Bueno porque es más difícil comprar a un fiscal federal que a un juez local.

Mi teléfono sonó. Era Reyes. —Mariana, tenemos un problema. —¿Qué pasó? ¿Soltaron a Hinojosa? —No. Es El Tanque. Sentí un nudo en el estómago. —¿Está muerto? —No, pero casi. Hubo una “riña” en el área de ingreso del reclusorio. Dos tipos se le fueron encima con puntas. Los custodios intervinieron, pero El Tanque recibió dos piquetes en el abdomen. Está en la enfermería.