SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

Reyes suspiró y sacó una llave del cajón. —Sala 2. Tienes cinco minutos mientras “procesamos” a sus abogados en la entrada. Ni un minuto más.

La Sala 2 era un cubo de concreto con una mesa de metal atornillada al piso y un espejo unidireccional. Gary Walker estaba sentado allí, esposado a la mesa. Ya no tenía su sudadera con capucha; llevaba el uniforme gris de los detenidos. Su brazo herido estaba vendado de forma rudimentaria.

Se veía más pequeño sin su ropa de calle y sin sus secuaces. Pero cuando entré, intentó recuperar esa bravuconería de macho alfa.

—Vaya, vaya —dijo, soltando una risa rasposa—. La Mujer Maravilla viene a visitarme. ¿Vienes a pedirme perdón antes de que mis abogados te destrocen?

Cerré la puerta detrás de mí y me senté frente a él. No dije nada. Solo lo miré. Usé el mismo silencio que usaba en la selva antes de una emboscada. Un silencio pesado, incómodo.

El Tanque se removió en su silla. El silencio lo ponía nervioso. —No me das miedo —dijo, menos convencido esta vez—. El Licenciado Caín me dijo que todo está arreglado. Hinojosa nos va a sacar. Es un malentendido. Voy a estar en la calle mañana, y tú vas a estar en la cárcel por agresiones.

—¿Eso te dijo Caín? —pregunté suavemente.

—Sí. Somos un equipo.

Solté una carcajada corta. No de burla, sino de lástima genuina. —Gary, Gary… Eres un tonto útil. ¿De verdad crees que un tipo como Caín, que usa trajes de cincuenta mil pesos, es “equipo” de un tipo como tú, que vive de extorsionar puestos de tacos?

—¡Cállate! —gritó, golpeando la mesa con su mano sana.

Me incliné hacia adelante, bajando la voz a un susurro conspiratorio. —Acabo de ver a los abogados de Hinojosa afuera. Tres tipos muy caros. ¿Sabes a quién pidieron ver primero? A Caín. Estuvieron con él cuarenta minutos. ¿Sabes cuánto tiempo estuvieron contigo? Cero.

El Tanque parpadeó. La duda cruzó su rostro. —Están ocupados…

—Están negociando, Gary. Pero no por ti. Están negociando la libertad de Caín. Y ¿adivina qué tienen que ofrecerle al Fiscal a cambio de que Caín salga libre o con una pena menor? Tienen que ofrecerle un culpable. Un chivo expiatorio.

Vi cómo tragaba saliva. Su manzana de Adán subió y bajó. —No… Hinojosa no haría eso. Yo le he servido bien. He limpiado tres colonias para él.

—Para Hinojosa eres una herramienta. Como un martillo. Y cuando un martillo se rompe —señalé su brazo herido— o se ensucia demasiado, lo tiras a la basura y te compras otro. Caín va a decir que tú eras el líder. Que tú organizaste todo. Que él solo era un “consultor externo” que estaba en el lugar equivocado. Van a decir que tú extorsionabas por tu cuenta y usabas el nombre de la empresa sin permiso.

—¡Eso es mentira! —bramó El Tanque, sudando—. ¡Tengo las órdenes en mi celular!

—¿El celular que la policía decomisó? —mentí, o quizás no. En el caos, muchas cosas se pierden—. Esos abogados van a hacer que esa evidencia desaparezca o parezca fabricada. Te van a refundir, Gary. Secuestro, armas, terrorismo. Te van a dar cuarenta años. Te vas a pudrir en Santa Martha mientras Hinojosa bebe champaña en su penthouse.

El Tanque se quedó mirando la mesa de metal. Su respiración era agitada. La realidad de su situación estaba perforando su cráneo más duro que cualquier bala. El mito de la “lealtad criminal” se estaba desmoronando frente a la realidad de las clases sociales en México: los ricos se protegen entre ellos, y los pobres pagan la cuenta.

—¿Por qué me dices esto? —preguntó, levantando la vista. Sus ojos ya no tenían odio, solo miedo.

—Porque quiero a Hinojosa —dije con honestidad brutal—. Tú no me importas. Eres un matón de barrio. Pero Hinojosa es el cáncer. Si me ayudas a cortarle la cabeza, puedo hablar con Reyes. No te prometo libertad, Gary. Vas a ir a la cárcel por lo que hiciste en el parque. Pero puedo prometerte que no te vas a pudrir ahí toda la vida. Puedo prometerte protección dentro. Porque si Hinojosa se entera de que dudas, te va a mandar matar ahí adentro antes de que llegue el juicio.

El Tanque tembló. Sabía que era verdad. Conocía el alcance de El Patrón. —¿Qué quieres?

—Cuando Reyes entre, dile la verdad. No la versión que te dieron los abogados. La verdad. Nombres, fechas, cuentas bancarias. Cómo te pagaban. Quién te daba las órdenes directas. Entierra a Caín antes de que él te entierre a ti.

Me levanté y caminé hacia la puerta. —Piénsalo rápido, Gary. Los abogados vienen hacia acá. Y cuando entren, ya no habrá vuelta atrás.

Salí de la sala. Reyes estaba esperando en el pasillo, mirando su reloj. —Cuatro minutos y medio —dijo—. ¿Y bien?

—Está a punto de romperse —dije—. Entra ahora. Presiona sobre la traición de Caín. Dile que Caín ya firmó una declaración culpándolo a él. Miénteles si es necesario.

Reyes asintió, ajustándose la corbata. —Voy a disfrutar esto.

Mientras Reyes trabajaba en la sala de interrogatorios, yo salí a la recepción. El sol empezaba a salir, pintando el cielo de la ciudad de un tono morado y naranja, mezclado con el gris del esmog.

Mi celular vibró. Era Sara. Sara: “Ya está arriba. Lo publiqué en el portal, en Twitter y mandé el boletín a mis contactos internacionales. Es tendencia #DesarrollosCriminales”.

Abrí el enlace. Sara no se había guardado nada. El titular era una bomba: “TERRORISMO INMOBILIARIO: LA RED DE VIOLENCIA DETRÁS DE DESARROLLOS HINOJOSA”.

El artículo detallaba todo. Los ataques en los parques, la detención en Vallejo, las fotos de la propaganda racista, y la conexión financiera que Sara había descubierto entre las empresas fantasma de Hinojosa y los pagos a la banda de El Tanque. Había incluido las fotos que le envié desde la bodega: Caín y el dinero.

Era jaque. No jaque mate, pero jaque.

En ese momento, la puerta de la delegación se abrió de golpe. No eran abogados. Era un mensajero. Un tipo en moto, con casco cerrado, que entró, dejó un sobre manila en el mostrador de recepción y salió corriendo antes de que el guardia somnoliento pudiera preguntarle algo.

—¿Para quién es eso? —pregunté, acercándome. El guardia leyó el nombre escrito con plumón negro en el sobre. —Es para usted, señorita. “Mariana Bravo”.

Sentí un escalofrío. Nadie sabía que yo estaba aquí, excepto Reyes y Sara. Y Reyes no mandaba cartas. Tomé el sobre. No pesaba. No parecía tener cables ni mecanismos. Lo abrí con cuidado.

Adentro había una sola hoja de papel bond de alta calidad, con membrete de “Desarrollos Hinojosa”. Y una foto. La foto era de hace años. Era yo, en uniforme de la Marina, recibiendo una medalla. Pero la foto estaba tachada con una X roja sobre mi cara. La nota, escrita a mano con una caligrafía elegante e impecable, decía:

“Teniente Bravo: El valor es admirable, pero la estupidez es mortal. Ha ganado una batalla, pero no entiende la guerra. Tiene 24 horas para retractarse de su declaración y convencer a su amiga periodista de borrar esa historia. Si no lo hace, no iremos por usted. Usted está entrenada para eso. Iremos por lo que dejó atrás. Sabemos dónde vive su madre en Veracruz. Sabemos a qué escuela van sus sobrinos. El cemento necesita sangre para fraguar. No deje que sea la de su familia. Atte. P.H.”

El papel tembló en mis manos. No era miedo por mí. Era el terror absoluto que siente un soldado cuando se da cuenta de que el enemigo ha flanqueado sus defensas y apunta a los civiles. Habían investigado mi vida. Sabían de mi familia, a la que no veía hace años precisamente para protegerlos de mi pasado.

La puerta de la sala de interrogatorios se abrió. Reyes salió, con una sonrisa de triunfo en la cara. —¡Cantó! —exclamó Reyes, alzando el puño—. El Tanque soltó todo. Nos dio la ubicación de la “Casa de Seguridad” donde Hinojosa guarda el efectivo y los libros contables reales. ¡Tenemos la orden para catear!

Reyes vio mi cara. Su sonrisa se borró. —¿Mariana? ¿Qué pasa?

Le tendí la nota. Reyes la leyó y su rostro se endureció, volviéndose de piedra. —Hijo de puta —murmuró—. Esto es una amenaza directa de muerte.

—No —dije, guardando la nota en mi bolsillo. Mi voz sonaba hueca, lejana—. Esto es un error. —¿Un error? —Sí. Hinojosa acaba de cometer el error táctico más grande de su vida. Levanté la vista. Mis ojos estaban secos. La tristeza había sido incinerada instantáneamente por una furia fría y calculadora.

—Amenazó a mi sangre, Reyes. Caminé hacia la salida. —¿A dónde vas? —gritó Reyes—. ¡Mariana, no hagas una locura! ¡Tenemos la ley de nuestro lado ahora!

Me detuve en la puerta, con la silueta recortada contra el amanecer contaminado de la ciudad. —La ley es lenta, Reyes. Y mi familia está lejos. Tú ve a esa Casa de Seguridad. Consigue los libros. Destrúyelo legalmente. —¿Y tú? —Yo voy a hacerle una visita personal al Señor Hinojosa. Voy a explicarle, en un idioma que él entienda, por qué nunca, jamás, se debe amenazar a la familia de una Jefa.

Salí a la calle. La guerra legal había terminado. La guerra personal acababa de empezar.

CAPÍTULO 6: EL DIABLO VISTE DE SEDA
Santa Fe no es la Ciudad de México. Es una burbuja de cristal y acero construida sobre un basurero, un monumento a la aspiración y la segregación. Mientras mi camioneta subía por la carretera llena de curvas hacia la zona poniente, dejaba atrás el caos de los barrios populares para entrar en avenidas anchas bordeadas de rascacielos que arañaban el cielo gris.

Eran las 7:00 AM. La “hora pico” de los ejecutivos.

Conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo el teléfono. Marqué un número que no había usado en tres años. Un número de Veracruz.

—¿Bueno? —contestó una voz ronca, de alguien que acaba de despertar. —Tío Chato. Soy Mariana. Hubo un silencio al otro lado. Luego, el sonido de una silla arrastrándose. —Mija… pensamos que te habías tragado la tierra. Tu mamá… —No hay tiempo, Chato. Escúchame bien. Código Rojo. ¿Te acuerdas lo que significa?

El tono del viejo cambió instantáneamente. La somnolencia desapareció, reemplazada por la alerta de un ex infante de marina. —¿Qué nivel? —Nivel máximo. Alguien amenazó a la familia. Saben dónde vive mamá. Saben de los niños. Necesito que los saques de la casa ya. Llévatelos al rancho en la sierra, donde no hay señal. Que no salgan, que no contesten teléfonos, que nadie sepa dónde están hasta que yo te llame.

—Entendido. Dame diez minutos. Mariana… ¿quién es? —Gente con mucho dinero y muy poca madre. Pero no te preocupes por ellos. Yo me voy a encargar de cortar la cabeza de la serpiente hoy mismo. —Cuídate, mija. Aquí cuidamos la retaguardia.

Colgué. Sentí un peso ligero levantarse de mi pecho. El Chato y sus hijos defenderían esa casa en Veracruz con más potencia de fuego que la policía local. Mi familia estaba segura por ahora. Ahora, el único objetivo era Pablo Hinojosa.

La dirección en la tarjeta de presentación que le había quitado a Caín la noche anterior (un pequeño recuerdo que tomé antes de que llegara la policía) apuntaba a la “Torre Hinojosa”, un edificio de cuarenta pisos en el corazón de Santa Fe. Penthouse corporativo.

Estacioné la camioneta en el sótano de un centro comercial cercano. No podía llegar en mi vehículo; las cámaras de seguridad leerían la placa antes de que entrara al perímetro. Me puse una gorra de béisbol nueva y unas gafas de sol. Caminé hacia la torre.

El edificio era una fortaleza de cristal. Guardias privados en la entrada, vestidos de traje negro, con auriculares y bultos sospechosos bajo los sacos. Estos no eran pandilleros como El Tanque. Estos eran profesionales. Probablemente ex militares o contratistas privados. “Guaruras” de alto nivel.

Entrada principal: Descartada. Detectores de metal y escáneres de identificación. Entrada de servicio: Vigilada, pero con más flujo de proveedores. Estacionamiento: El punto débil de cualquier rascacielos.

Caminé hacia la rampa de salida vehicular. Esperé a que un BMW lujoso saliera. Mientras la barrera estaba levantada y el guardia de la caseta saludaba al conductor, me deslicé por el punto ciego de la cámara, rodando hacia el interior de la rampa. La oscuridad del sótano me recibió.

El estacionamiento VIP estaba en el nivel -1. Ahí estarían los elevadores privados que subían directo al Penthouse. Me moví entre las columnas de concreto, ocultándome detrás de camionetas blindadas y deportivos alemanes. Llegué a la zona de elevadores. Había un guardia. Un tipo alto, musculoso, parado frente a las puertas doradas. No estaba distraído con el celular. Estaba escaneando el área. Un profesional.