SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

Dos minutos. En un tiroteo, dos minutos es una eternidad. Es tiempo suficiente para morir cien veces.

—¡Suban por ella! —ordenó El Tanque.

Escuché el sonido metálico de alguien trepando la reja. Me asomé por el borde. Un tipo estaba a mitad de camino. No disparé. El ruido delataría mi posición exacta para los demás. Esperé a que sus manos agarraran el borde del techo. Cuando su cabeza asomó, le di una patada frontal en la cara con la suela de mi bota táctica. Se escuchó el crujido de la nariz rompiéndose y el hombre cayó hacia atrás, aterrizando sobre un montón de basura con un grito ahogado.

Pero eran demasiados. Dos más estaban subiendo por el otro lado. Y El Tanque, a pesar de su brazo herido, estaba disparando con una precisión preocupante, suprimiendo mi movimiento. Las balas zumbaban sobre mi cabeza como avispas furiosas.

Me quedaba un cargador. Me arrinconé contra la chimenea de ventilación de la caseta. —Sal de ahí, perra —gritó El Tanque desde abajo—. Ya no tienes a dónde correr. Te voy a cortar en pedacitos y se los voy a mandar a tu familia.

—Ven por mí tú mismo, cobarde —le respondí. Mi voz no temblaba. Estaba cargada de desprecio.

Hubo un silencio. El desafío a su hombría funcionó. Escuché pasos pesados acercándose a la escalera de metal de la caseta. El Tanque venía a terminar el trabajo personalmente.

Preparé el cuchillo en mi mano izquierda y la pistola en la derecha. Si voy a morir en este techo mugriento de la Ciudad de México, pensé, me voy a llevar a este bastardo conmigo.

La cabeza de El Tanque apareció. Su sonrisa era macabra, iluminada por la luna que acababa de salir entre las nubes de esmog. —Sorpresa —dijo, levantando su arma.

Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el mundo se llenó de luz y sonido.

Luces rojas y azules inundaron el callejón, rebotando en las paredes de la bodega, creando un caleidoscopio de emergencia. El aullido de no una, sino cinco patrullas y una unidad táctica blindada “Rino” llenó el aire, ahogando cualquier otro sonido.

—¡POLICÍA DE LA CIUDAD DE MÉXICO! —la voz amplificada por un megáfono retumbó como la voz de Dios—. ¡TIREN LAS ARMAS! ¡ESTÁN RODEADOS!

El Tanque se congeló. Miró las luces. Me miró a mí. Por un segundo, vi la duda en sus ojos. ¿Dispararme y morir acribillado por la policía? ¿O rendirse y vivir para pelear otro día en los tribunales?

Aproveché su duda. Me lancé hacia adelante, golpeando su mano armada con mi pistola. El arma de El Tanque salió volando hacia el patio oscuro. Le puse la punta de mi Ka-Bar en la garganta, justo sobre el tatuaje de la serpiente. —Se acabó, Gary —le susurré al oído—. El juego terminó.

Él levantó las manos, temblando de rabia contenida. —Esto no prueba nada —siseó—. Caín me sacará. —Caín tiene sus propios problemas.

Abajo, el caos era total. Los oficiales del Grupo Especial de Reacción e Intervención (GERI) entraban al patio con escudos balísticos y armas largas. —¡Suelo! ¡Al suelo! —gritaban. Vi cómo sometían a los secuaces de Walker. Uno intentó correr y fue tacleado contra la reja.

Y vi al Licenciado Caín. No corrió. No peleó. Simplemente dejó caer su teléfono, levantó las manos con elegancia y se arrodilló, cuidando de no ensuciar demasiado sus pantalones de sastre. Incluso en la derrota, el tipo mantenía esa arrogancia de clase alta que cree que las esposas son solo para los pobres.

El Comandante Reyes subió la escalera de la caseta, con su arma enfundada pero con la mano cerca. Me vio sosteniendo a El Tanque a punta de cuchillo. —Teniente —dijo Reyes con voz calmada—. Ya lo tenemos. Suelte el cuchillo. No le dé motivos a sus abogados.

Miré a El Tanque una última vez. Podría haberlo empujado. Podría haber dejado que el cuchillo resbalara “accidentalmente”. Se lo merecía. Por el racismo. Por el miedo que sembraba. Pero yo no era como él. Yo no era una asesina callejera. Yo era una profesional.

Guardé el Ka-Bar en su funda con un movimiento seco. —Es todo suyo, Comandante.

Reyes hizo una señal y dos oficiales subieron para esposar a El Tanque. Lo bajaron a empujones, mientras él gritaba obscenidades.

Bajé de la caseta, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba mi cuerpo de golpe, dejándome las rodillas débiles y las manos temblorosas. Me apoyé en el cofre de una patrulla. Reyes se acercó, mirándome con una mezcla de reproche y admiración. —Le dije que esperara. —Y esperé —respondí, sacando mi celular—. Esperé a tener esto.

Le mostré las fotos. Caín. El dinero. Las armas. La propaganda de odio. Reyes silbó bajo. —Con esto no salen, Mariana. Esto es delincuencia organizada, posesión de armas de uso exclusivo del ejército, incitación al odio y terrorismo. Ni el mejor abogado de Hinojosa puede borrar esas fotos.

—Asegúrate de que no se pierdan las pruebas, Reyes. —Yo me encargo. Vete a casa. Cúrate esas heridas. —No —dije, mirando cómo subían a Caín a una patrulla separada—. Voy a la delegación. Quiero ver cómo los procesan. Quiero ver sus caras cuando se den cuenta de que el dinero no los va a salvar esta vez.

Reyes asintió. —Súbete. Te llevo. Pero Mariana… —¿Qué? —Cuídate la espalda. Hinojosa es la cabeza de la hidra. Cortamos dos cabezas hoy, pero el cuerpo sigue vivo. Y va a estar muy enojado.

Miré hacia la oscuridad de Vallejo, donde las luces de las patrullas seguían girando. —Que se enoje —dije, subiéndome al asiento del copiloto—. Me gustan los objetivos grandes. Son más fáciles de acertar.

Mientras la patrulla arrancaba, escoltando a los detenidos hacia el Ministerio Público, sentí una extraña calma. La batalla física había terminado, pero la guerra legal apenas comenzaba. Y yo tenía la evidencia que sería la bala de plata.

CAPÍTULO 5: VÍBORAS DE TRAJE Y CORBATA
El Ministerio Público en la Ciudad de México es el purgatorio. Un lugar donde el tiempo se detiene, atrapado entre paredes pintadas de un verde institucional descascarado, olor a cloro barato que no logra ocultar el hedor a sudor rancio, y el tecleo incesante de máquinas de escribir viejas que se niegan a morir en la era digital.

Eran las 4:00 AM. Gary “El Tanque” Walker y el Licenciado Caín estaban en celdas separadas, “resguardados” antes de su audiencia inicial. Yo estaba sentada en una silla de plástico duro en la oficina del Comandante Reyes, observando a través de una persiana rota el circo que se había armado en el pasillo principal.

Como predijo Reyes, los buitres habían llegado.

No habían pasado ni dos horas desde la detención cuando tres abogados entraron caminando como si fueran dueños del edificio. Eran inconfundibles: trajes italianos que costaban más que el sueldo anual de un policía, relojes ostentosos y esa actitud prepotente de quien cree que la ley es una sugerencia, no una regla. El equipo legal de “Desarrollos Hinojosa”.

—Es un abuso de autoridad —gritaba el abogado principal, un tipo calvo con lentes de armazón grueso—. Mi cliente, el Licenciado Caín, fue detenido arbitrariamente. Exijo su liberación inmediata o voy a demandar a toda la corporación por secuestro.

Reyes salió de su oficina, con los ojos rojos de cansancio pero la espalda recta. —Su cliente fue detenido en flagrancia, Abogado —dijo Reyes con calma—. Posesión de armas de uso exclusivo del Ejército, asociación delictuosa y tentativa de homicidio. Tenemos las armas. Tenemos los videos.

—Tienen un montaje —escupió el abogado—. Y tienen a una civil —me señaló con un dedo acusador a través del vidrio— jugando a ser Rambo. Esa mujer debería estar esposada, no bebiendo café en su oficina.

Salí de la oficina. El abogado dio un paso atrás instintivamente. La presencia física de alguien que realmente ha visto la violencia suele incomodar a los que solo la administran desde un escritorio.

—Esa “civil” —dije, acercándome hasta invadir su espacio personal— tiene pruebas fotográficas de su cliente entregando dinero en efectivo a una célula criminal. Si quiere demandar, hágalo. Pero le sugiero que guarde su energía para defender a Caín, porque lo van a necesitar.

El abogado me miró con odio, pero se calló. Sabía que estábamos en terreno pantanoso. —Quiero ver a mis clientes. Por separado.

—Tiene derecho —concedió Reyes—. Pero le advierto: el Fiscal ya vio las pruebas. No va a haber trato por debajo de la mesa esta vez.

Cuando los abogados se fueron a las celdas, Reyes me jaló hacia adentro de la oficina y cerró la puerta. —Esto se va a poner feo, Mariana. Hinojosa está moviendo hilos muy arriba. Mi teléfono no ha dejado de sonar. Diputados, jefes de sector… todos “preocupados” por la detención de un “empresario respetable” como Caín.

—Están asustados —dije—. Saben que si Caín habla, Hinojosa cae. Y si Hinojosa cae, arrastra a todos los políticos que tiene en la nómina.

—Exacto. Por eso necesitamos blindar el caso. Las fotos son buenas, pero necesitamos un testimonio directo. Necesitamos que alguien diga: “Pablo Hinojosa me dio la orden”.

—Caín no va a hablar. Es demasiado leal o demasiado inteligente. Sabe que si mantiene la boca cerrada, Hinojosa le pagará la mejor defensa y cuidará a su familia.

Reyes asintió. —Entonces nos queda El Tanque.

—El Tanque es el eslabón débil —dije, recordando el miedo en sus ojos cuando lo tenía a punta de cuchillo—. Es un matón, no un estratega. Cree que es parte del equipo, pero para Hinojosa es desechable. Tenemos que hacerle ver eso.

—Los abogados están con él ahora. Lo están “preparando” para que no diga ni pío.

Sonreí, una sonrisa fría. —Déjame hablar con él. —No puedes, Mariana. No eres policía. Si entras ahí y lo interrogas, cualquier cosa que diga será inadmisible en el juicio. “Fruto del árbol envenenado”.

—No voy a interrogarlo oficialmente. Solo voy a… saludarlo. Voy a plantar la semilla. Tú harás el interrogatorio real después. Déjame cinco minutos. Sin abogados. Antes de que lo trasladen al Reclusorio.

Reyes dudó. Se frotó la cara con las manos. —Si Asuntos Internos se entera, me quitan la placa. —Si Hinojosa gana, tu placa no valdrá nada de todos modos.