SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

Miré el reloj. 1:30 AM. La hora de las brujas. La hora en que las ratas salen a comer.

Salí del departamento sin hacer ruido. La ciudad afuera estaba más fría. El viento soplaba basura por las calles desiertas. Subí a la camioneta. Esta vez, no puse música. Solo el sonido del motor y mis pensamientos.

Mi objetivo era claro: Inteligencia. Necesitaba confirmar la conexión entre Walker y el dinero. Necesitaba ver quién le daba las órdenes. Y si tenía que romper un par de dedos más para conseguir esa información, que así fuera.

Conduje hacia el sur, hacia la Doctores. “El Sótano” era conocido por ser un nido de víboras. Si Walker estaba celebrando su libertad (o lamiéndose las heridas), estaría ahí o en su guarida. Pero mi instinto me decía que, después de la paliza, buscaría refugio y alcohol.

Aparqué a dos cuadras del bar. La calle estaba oscura, iluminada solo por el neón parpadeante de un hotel de paso en la esquina. Caminé por la sombra, pegada a las paredes. El bar era un agujero en la pared. Música de banda a todo volumen salía por la puerta entreabierta, junto con el olor a orina y cerveza rancia.

Me detuve en la esquina opuesta, oculta tras un puesto de periódicos cerrado. Esperé. La paciencia es el arma más letal de un francotirador, y aunque yo no tenía un rifle, tenía la paciencia.

Veinte minutos después, la puerta se abrió. Dos tipos salieron tambaleándose. No eran Walker. Diez minutos más. Salió un grupo ruidoso. Entre ellos, reconocí a uno. Era “Barba de Chivo”. Cojeaba visiblemente, apoyándose en uno de los jóvenes que había estado en el parque. Llevaba una férula improvisada en la rodilla. —¡Pinche vieja loca! —gritaba, arrastrando las palabras—. ¡Cuando la encuentre, se va a arrepentir!

—Ya cállate, güey —le decía el joven, mirando nervioso a los lados—. El Tanque dijo que nos viéramos en la bodega. Dijo que el jefe estaba furioso por el escándalo.

Bingo. La bodega. Vallejo.

Mis oídos captaron la información como un radar. —¿Ahorita? —preguntó el de la barba—. Me duele un chingo la pata. —Sí, ahorita. Dijo que hay que mover las cosas antes de que la tira se ponga pesada. Van a limpiar el lugar.

Se subieron a un Tsuru destartalado que estaba estacionado en doble fila. El coche echó humo azul al arrancar. Corrí hacia mi camioneta. La cacería había comenzado.

Los seguí a una distancia prudente. El Tsuru no iba rápido; el conductor probablemente estaba medio borracho o asustado. Cruzamos la ciudad, pasando por avenidas desiertas y puentes vehiculares que parecían costillas de concreto bajo la luz naranja de la ciudad.

Llegamos a la zona industrial de Vallejo. Calles anchas, llenas de baches capaces de tragarse un auto compacto, bordeadas por fábricas cerradas y muros altos con alambre de púas. Es una zona muerta de noche, donde no hay testigos.

El Tsuru se detuvo frente a un portón oxidado de una bodega que parecía haber sido bombardeada en los ochenta. Uno de ellos bajó, abrió el candado y empujó el portón. El coche entró.

Apagué las luces de mi camioneta y me deslicé hasta detenerme a unos cincuenta metros, oculta tras un tráiler abandonado. Bajé del vehículo. El silencio aquí era diferente. No era el silencio tranquilo del campo; era un silencio pesado, industrial.

Me acerqué al muro perimetral de la bodega. Había vidrios rotos en la parte superior, pero encontré una sección donde el muro se había desmoronado un poco. Trepé con agilidad, ignorando el dolor en mis costillas.

Desde el techo de una caseta de vigilancia vacía, observé el patio interior. Había tres vehículos. El Tsuru, una camioneta Suburban negra (demasiado lujosa para este lugar) y una van de carga blanca. Había movimiento. Hombres cargando cajas de la bodega a la van.

Y ahí estaba él. Gary “El Tanque” Walker. Tenía el brazo derecho en un cabestrillo profesional. Estaba gritando órdenes con su voz de trueno, golpeando el costado de la van con su mano izquierda. —¡Más rápido, inútiles! —bramaba—. ¡Si el Patrón llega y ve que no hemos terminado, nos va a colgar de los huevos!

Me moví por las sombras del techo de la bodega principal, buscando un tragaluz o una ventana rota. Encontré una ventana con el vidrio estrellado. Me asomé.

El interior estaba mal iluminado por focos amarillos colgando de cables pelados. Pero lo que vi me heló la sangre. No solo eran cajas de “mudanza”. Había carteles. Montañas de carteles impresos. Alcance a leer uno con mi visión agudizada: “RECUPEREMOS NUESTRO BARRIO. FUERA INVASORES”. Había bates de béisbol nuevos. Cajas de spray de pintura. Y en una mesa, algo más serio: un par de pistolas escuadra y lo que parecían bombas molotov caseras.

Esto no era una pandilla. Era una célula de guerrilla urbana financiada corporativamente.

Saqué mi teléfono. Puse la cámara en modo nocturno y empecé a tomar fotos. Clic. El Tanque gritando. Clic. Las armas en la mesa. Clic. La Suburban negra.

De repente, la puerta trasera de la Suburban se abrió. Bajó un hombre. No encajaba en el cuadro. Traje gris impecable. Zapatos lustrados que brillaban incluso en la penumbra sucia de la bodega. Cabello engominado. Caminó hacia El Tanque con un aire de autoridad absoluta. El Tanque, el gigante que había aterrorizado el parque, se encogió visiblemente ante este hombre mucho más bajo.

—Te dije que fueras discreto, Walker —dijo el hombre del traje. Su voz era suave, educada, lo cual la hacía terrorífica en ese contexto—. Un escándalo en Polanco es lo último que necesitamos ahora que estamos cerrando el trato de la Fase 3.

—Fue un accidente, Licenciado Caín —balbuceó El Tanque—. Esa vieja… esa vieja era militar o algo así. Nos sorprendió.

—Las excusas son para los mediocres, Gary —dijo el tal Caín—. El Señor Hinojosa no paga por excusas. Paga por resultados. Y tu incompetencia nos está costando dinero. Y atención.

Hinojosa. Ahí estaba la confirmación. “Desarrollos Hinojosa”. Sara tenía razón. El hombre del traje sacó un sobre manila grueso de su saco y se lo lanzó a El Tanque. El sobre golpeó el pecho del gigante y cayó al suelo. —Aquí está la liquidación de tu equipo por este mes. Úsalo para desaparecer un rato. Y deshazte de todo esto —señaló el material de propaganda—. Si la policía llega a encontrar un vínculo entre esto y la empresa, tú serás el que pague los platos rotos. ¿Entendido?

—Sí, Licenciado. Entendido.

Tomé una última foto: El hombre del traje (Caín), El Tanque, y el dinero. La trinidad de la corrupción. Guardé el teléfono. Tenía lo que necesitaba. Era hora de salir y llevárselo a Reyes.

Pero el destino tiene un sentido del humor macabro. Al girarme para retroceder por el techo, pisé un trozo de lámina suelta. ¡CRAAAAACK! El sonido fue como un disparo en el silencio de la noche.

Abajo, todas las cabezas se giraron hacia arriba, hacia mi posición. —¡Arriba! —gritó uno de los halcones—. ¡Hay alguien en el techo!

El Licenciado Caín no perdió la compostura. Miró hacia arriba, ajustándose la corbata. —Mátenlo —ordenó, con la misma calma con la que pediría un café.

El Tanque sacó una pistola de la mesa con su mano izquierda. —¡Es ella! —rugió, reconociendo quizás mi silueta o simplemente impulsado por el odio—. ¡Es la perra del parque!

El primer disparo perforó la lámina a centímetros de mi pie. Me tiré al suelo y rodé hacia la orilla del techo. —Mierda —susurré.

La fase de inteligencia había terminado. La fase de combate acababa de empezar. Y esta vez, no eran puños. Eran balas.

Me deslicé por un tubo de desagüe en la parte trasera de la bodega, aterrizando en un callejón oscuro lleno de basura. Escuché gritos y pasos corriendo dentro de la bodega. Venían por las salidas laterales. Tenía que llegar a mi camioneta. Pero entre mi posición y la camioneta había cincuenta metros de terreno abierto y al menos seis hombres armados y furiosos.

Respiré hondo. La cicatriz en mi brazo latía con fuerza, marcando el ritmo de mi corazón. No tenía armas de fuego. Solo mi cuchillo, mis puños y la oscuridad. Pero para alguien como yo, la oscuridad es munición infinita.

—Vengan por mí —murmuré, desenvainando el Ka-Bar—. Vamos a ver quién caza a quién.

CAPÍTULO 4: SOMBRAS Y PLOMO
El concreto estalló a centímetros de mi cabeza, rociándome la cara con polvo y esquirlas de piedra. El sonido del disparo reverberó en el callejón, amplificado por las paredes de ladrillo viejo, seguido inmediatamente por el grito de Gary Walker.

—¡Mátenla! ¡Que no llegue a la calle!

Me pegué al suelo, rodando detrás de un contenedor de basura industrial que apestaba a desperdicios químicos y podredumbre. Mi corazón no latía rápido; latía fuerte, golpes secos contra mis costillas magulladas, bombeando el combustible que mi cuerpo necesitaba para lo que venía: violencia pura y sin restricciones.

Tenía un cuchillo. Ellos tenían armas de fuego. En matemáticas simples, yo estaba muerta. Pero la guerra no es matemática. Es psicología y terreno.

El callejón estaba oscuro, iluminado apenas por la luz amarillenta y sucia que se filtraba desde el patio de la bodega. Mis ojos, ya adaptados a la penumbra, registraron el entorno como un mapa táctico en tres dimensiones. Amenazas: Tres hombres entrando por la puerta trasera de la bodega. Dos más flanqueando por el techo. El Tanque venía detrás, protegido por sus secuaces. Ventaja: Ellos estaban furiosos y asustados. Disparaban a las sombras. Yo era la sombra.

Me quité la gorra y la lancé hacia el lado opuesto del callejón, golpeando una pila de tarimas de madera. El movimiento atrajo la atención de los tiradores del techo. —¡Allá va! —gritó uno, y descargó tres tiros hacia las maderas.

Aproveché esa distracción de dos segundos. Me impulsé desde el suelo, corriendo agachada, pegada a la pared, en dirección contraria a donde miraban. No huía hacia la calle abierta; eso sería suicidio. Me metí más profundo en el laberinto de la zona industrial, hacia una sección de maquinaria oxidada y hierba alta que había visto al entrar.

—¡Se metió a los fierros! —gritó El Tanque—. ¡Rodéenla! ¡No dejen que se escape!

Me deslicé bajo el chasis de un camión de carga abandonado, arrastrándome sobre codos y rodillas entre aceite viejo y vidrios rotos. Desde mi posición, veía las botas de mis perseguidores acercándose. Eran torpes, ruidosos. Pisaban fuerte, comunicando su posición con cada paso.

Uno de los “halcones”, un tipo joven con una pistola que le quedaba grande en las manos, se agachó cerca de la llanta delantera del camión, tratando de mirar debajo. Estaba temblando. Grave error: acercarse al perímetro de un depredador sin apoyo visual.

Me moví. No hacia atrás, sino hacia él. Salí de debajo del camión como una exhalación. Mi mano izquierda agarró su tobillo y tiré con fuerza hacia mí. El chico perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Antes de que pudiera gritar o apuntar, le di un golpe seco con el mango de mi Ka-Bar en la sien. Sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó en silencio.

Lo arrastré debajo del camión. Tomé su arma. Una 9mm barata, mal mantenida, pero cargada. No me gusta usar armas ajenas —no sabes si se van a encasquillar—, pero en este momento, cualquier cosa que escupiera fuego era bienvenida.

—¡Rigo! —llamó alguien—. ¿Ves algo?

No contesté. Me moví hacia el otro lado del camión, saliendo por la parte trasera. Estaba a treinta metros de mi camioneta, pero el Licenciado Caín y El Tanque estaban bloqueando la salida principal del patio. Caín se veía extrañamente tranquilo, revisando su celular, mientras El Tanque apuntaba con su arma hacia la oscuridad, sudando a mares.

Necesitaba cambiar la dinámica. Necesitaba caos.

Miré a mi alrededor. A unos metros había un transformador eléctrico montado en un poste bajo, zumbando con esa electricidad inestable de la ciudad. Apunté la 9mm. Respiré. Alineación de miras. Control del gatillo. Apreté.

¡BANG!

La bala impactó la caja del transformador. Hubo un estallido de chispas azules y blancas, seguido de un pop sordo. Las pocas luces que iluminaban el patio de la bodega parpadearon y murieron. La oscuridad total cayó sobre Vallejo.

—¡Mis ojos! —gritó alguien, cegado por el destello repentino.

Me moví. Corrí en silencio, flanqueando su posición. En la confusión, los disparos empezaron a volar desordenadamente. Se estaban disparando entre ellos por el pánico.

Llegué al muro perimetral. En lugar de saltar hacia afuera, me subí al techo de la caseta de vigilancia de nuevo. Desde ahí, tenía altura. —¡Alto al fuego, imbeciles! —la voz de El Tanque tronó en la oscuridad—. ¡Nos van a dar a nosotros!

Saqué mi propio celular. La pantalla brilló en la oscuridad, iluminando mi cara por un segundo, convirtiéndome en un blanco. Pero era necesario. Marqué a Reyes. —¡Ahí está! —gritó Caín, señalando la luz de mi teléfono—. ¡En la caseta!

Las balas empezaron a picar el concreto de la caseta, arrancando trozos de mampostería. Me cubrí la cabeza. —¡Reyes! —grité al teléfono—. ¡Bodega 4, Vallejo! ¡Tengo a Caín, a Walker y armas de uso exclusivo! ¡Me están disparando!

—¡Aguanta, Mariana! —la voz de Reyes sonaba entrecortada por la estática y las sirenas de fondo—. ¡Estamos a dos minutos! ¡Ya escuchamos los tiros!