—Escúchame bien, basura —le susurré, mi cara a centímetros de la suya—. No sé quién te paga, ni quién te manda a amedrentar gente en los parques. Pero se acabó. ¿Me entiendes? Se acabó.
El sonido comenzó a filtrarse de nuevo en mi conciencia. Primero, los murmullos de la gente que se había detenido a mirar desde una distancia segura, grabando con sus celulares. Y luego, algo más urgente.
Sirenas. El aullido inconfundible de las patrullas de la Ciudad de México acercándose a toda velocidad. El sonido rebotaba en los edificios de Polanco, haciéndose más fuerte y agudo.
El rostro de El Tanque cambió. El odio dio paso a la cautela de la rata callejera que sabe cuándo el barco se hunde. —La tira —murmuró uno de los jóvenes, poniéndose de pie y sobándose la espalda—. Vámonos, Tanque. Ya viene la tira.
—¡No me voy a ir sin romperle la cara! —gritó El Tanque, aunque sus ojos decían lo contrario. Estaba buscando una salida.
—¡Vámonos, güey! —insistió Barba de Chivo, cojeando visiblemente—. Si nos agarran aquí, con las navajas y todo, nos van a refundir. Y el Patrón se va a encabronar.
El Patrón. Esa palabra se quedó grabada en mi mente. Así que no eran autónomos. Había una cadena de mando.
El Tanque me miró una última vez. Sus ojos prometían venganza, tortura y muerte. —Esto no se queda así —siseó, señalándome con un dedo tembloroso—. Ya te vi la cara. Ya sé dónde te sientas. Cuídate la espalda, porque no vas a ver cuándo llegue el golpe.
—Aquí te espero —respondí, fría como el hielo.
Con un gruñido de frustración, El Tanque se apartó del árbol. Hizo una seña a sus hombres. —¡Muévanse! ¡Vámonos!.
Salieron corriendo —o cojeando, en el caso de dos de ellos— hacia la salida norte del parque, perdiéndose entre los arbustos y los caminos secundarios, justo cuando las luces rojas y azules de las torretas empezaron a reflejarse en las hojas de los árboles.
Me quedé sola en el claro. Mi respiración se calmó. Mis manos, que habían estado cerradas en puños de hierro, se abrieron. Sentí el dolor sordo de un golpe que había recibido en las costillas y que no había registrado hasta ahora. Me toqué el costado. Nada roto, solo un moretón para la colección.
Recogí mi mochila del suelo. La sacudí un poco para quitarle el polvo.
Dos patrullas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana frenaron con un chirrido de llantas sobre la grava del camino principal, a unos veinte metros de donde yo estaba. Las puertas se abrieron y cuatro oficiales bajaron, con las manos en las fundas de sus armas, escaneando la escena con desconfianza.
Ahí estaba el segundo problema del día. Para ellos, yo no era la víctima. Yo era una mujer morena, vestida con ropa vieja y chamarra de piel, parada en medio de un parque de clase alta, rodeada de tierra removida y señales de violencia.
—¡Manos arriba! —gritó uno de los oficiales, un hombre joven, moreno también, pero con el uniforme que le daba el poder que creía necesitar—. ¡Sepárese de la mochila!
Levanté las manos despacio, con las palmas abiertas, mostrando que no tenía armas. La rutina de siempre. —Soy la víctima, oficial —dije con voz clara—. Fui agredida por cuatro sujetos. Huyeron hacia el norte.
El oficial se acercó, sin bajar la guardia. Me miró con escepticismo. —¿Víctima? —repasó mi apariencia con la mirada—. Nos reportaron una riña de pandillas. Alteración del orden público. Y tú pareces que acabas de salir de un pleito de cantina.
Suspiré internamente. El prejuicio es más rápido que la justicia. —Me defendí —dije—. Eran cuatro. Intentaron robarme y agredirme físicamente.
Otro oficial, un hombre mayor con galones de Comandante en la camisa, se acercó. Tenía el rostro curtido por el sol y una mirada más inteligente, más analítica. Se llamaba Reyes; lo leí en su placa. —Baja el arma, Martínez —ordenó el Comandante Reyes a su subordinado—. La señorita está cooperando.
Reyes se paró frente a mí. A diferencia del joven, él notó los detalles. Notó cómo estaba parada: equilibrio perfecto, pies separados a la altura de los hombros, alerta pero no agresiva. Notó mis nudillos, ligeramente enrojecidos, pero no lastimados. Notó la calma en mis ojos. —¿Está usted bien, señorita? —preguntó Reyes, con un tono que oscilaba entre la preocupación y la curiosidad profesional.
—Estoy bien —asentí—. Solo unos rasguños. —Los testigos dicen que había cuatro hombres —Reyes señaló las huellas de arrastre en la tierra y la rama rota—. Dicen que… bueno, dicen que usted “trapeó el piso” con ellos.
Mantuve mi expresión neutral. —Tuve suerte. Reyes soltó una risa corta, seca. —La suerte no rompe rótulas con esa precisión —dijo en voz baja, mirando la marca en la tierra donde cayó Barba de Chivo—. Necesito que nos acompañe a la delegación para rendir su declaración. Si esos tipos regresan…
—No van a regresar hoy —lo interrumpí—. Pero regresarán. —¿Por qué está tan segura? —preguntó él, sacando una libreta pequeña. —Porque no fue un robo común, Comandante.
El ambiente cambió. Reyes dejó de escribir y me miró fijamente. —¿A qué se refiere? —No querían mi dinero. No al principio. Me atacaron por estar aquí. Por cómo me veo. Dijeron que este parque no era para “gente como yo”. Sabían lo que hacían. Estaban organizados. Tenían un líder, una estructura. No eran vagos aleatorios.
Reyes frunció el ceño. Cerró la libreta con un golpe suave. —Hemos tenido reportes —admitió, bajando la voz para que los civiles curiosos no escucharan—. Grupos de choque. “Limpieza social” le llaman algunos desgraciados. Amedrentan a la gente para que dejen de venir a ciertas zonas. Pero normalmente atacan a vendedores ambulantes o indigentes. Nunca habían atacado a alguien… que se defendiera así.
—Pues se equivocaron de objetivo —dije.
—Vamos a la estación —dijo Reyes, haciéndome una seña hacia la patrulla—. Necesito los detalles completos. Descripciones, tatuajes, nombres si los escuchó. Si esto es lo que creo que es, tenemos un problema más grande que una simple riña.
Caminé hacia la patrulla. La gente murmuraba mientras pasaba. Algunos me miraban con miedo, otros con asombro. Me senté en el asiento trasero de plástico duro, con el olor a limpiador de pino y sudor antiguo que impregna todas las patrullas del mundo.
Mientras la unidad avanzaba por las calles de Polanco, alejándose del parque, miré por la ventana. Los edificios de lujo, las tiendas de diseñador, los cafés europeos. Todo parecía una fachada brillante. Pero debajo, en las alcantarillas de esta ciudad, algo podrido se estaba moviendo. “El Patrón”.
Llegamos a la coordinación territorial en la Miguel Hidalgo. El edificio era gris, deprimente, con luces fluorescentes que parpadeaban y escritorios llenos de montañas de papel. El burocratismo mexicano en su máxima expresión.
Reyes me llevó a un escritorio apartado, lejos del bullicio de los detenidos borrachos y los denunciantes de robos de celulares. Me ofreció un café de una máquina vieja. Lo acepté, aunque sabía a agua de calcetín.
—Muy bien —dijo Reyes, sentándose frente a mí y abriendo un expediente nuevo—. Empecemos por el principio. Nombre completo y ocupación.
Tomé un sorbo del café horrible y lo miré a los ojos. Había llegado el momento de dejar de ser la “civil vulnerable”. Si quería que Reyes me tomara en serio, si quería cazar a El Tanque y a su “Patrón”, necesitaba poner mis cartas sobre la mesa.
—Mi nombre es Mariana Bravo —dije, y mi voz resonó con autoridad en la pequeña oficina—. Teniente de Corbeta, Unidad de Operaciones Especiales de la Marina Armada de México. Retirada.
El bolígrafo de Reyes se detuvo en el aire. Levantó la vista, los ojos abiertos de par en par. Miró mi ropa desgastada, mi chamarra vieja, y luego volvió a mirar mis ojos. Y ahí, finalmente, lo vio. Vio el entrenamiento. Vio la “mirada de los mil metros”. Vio a la soldado.
—Ah, caray —murmuró Reyes, recargándose en su silla—. Con razón.
—No sabía que era una Foca (SEAL) —dijo, usando el término gringo, aunque aquí éramos Fuerzas Especiales. —Marina —corregí—. Y esos tipos cometieron el error de su vida. No solo me insultaron. Me declararon la guerra. Y Comandante… yo no pierdo guerras.
Reyes sonrió, una sonrisa torcida y cansada, pero genuina. —Me imagino que no. Pero escúcheme, Teniente. Estos tipos, si están organizados como dice, tienen protección. Abogados, dinero, influencias. Si no hay pruebas sólidas, si no hay sangre, es su palabra contra la de ellos. Y ellos dirán que usted, una militar entrenada, agredió a cuatro “ciudadanos preocupados”.
—Entonces necesito pruebas —dije—. Necesito saber quién es “El Tanque”. Necesito saber quién le paga.
—Gary Walker. Alias “El Tanque” —dijo Reyes, sin necesidad de consultar la computadora. Conocía a sus clientes habituales—. Entra y sale del reclusorio como si fuera su casa. Robo, lesiones, extorsión. Pero últimamente… ha tenido mejores abogados.
—¿Quién paga los abogados? —Esa es la pregunta del millón, Teniente.
Me incliné hacia adelante. —Voy a averiguarlo, Reyes. Con o sin su placa. —Prefiero que sea con mi placa, Teniente. No quiero tener que arrestarla por homicidio imprudencial si se le pasa la mano la próxima vez.
—Trato hecho.
Reyes me extendió la mano. Se la estreché. Su agarre era firme. —Bienvenida a la guerra urbana, Mariana. Aquí no hay selva, pero las serpientes son igual de venenosas.
Mientras salía de la delegación horas más tarde, ya había anochecido. La ciudad se había transformado en un monstruo de luces de neón y sombras alargadas. Saqué mi teléfono. Tenía un mensaje de Sara, mi contacto en la prensa. Pero mi mente estaba en otra parte. Estaba visualizando el tatuaje en el cuello de El Tanque. La serpiente. Esa serpiente iba a ser mi boleto de entrada al infierno. Y estaba ansiosa por descender.
CAPÍTULO 3: EL HILO NEGRO
La ciudad de noche no duerme, solo cambia de depredadores.
Salí de la coordinación territorial con el sabor amargo del café de máquina todavía pegado al paladar y una sensación de inquietud que no tenía nada que ver con el miedo. Era esa picazón en la nuca, esa alarma primitiva que se enciende cuando sabes que has pateado un avispero y las abejas no tardarán en salir.
Mi vieja camioneta, una Ford Lobo del 2005 con más óxido que pintura, arrancó al tercer intento. El motor rugió como un animal viejo y cansado, una tos metálica que resonó en la calle vacía. Me incorporé al tráfico de Circuito Interior, dejando atrás las luces brillantes de las zonas ricas para adentrarme en el vientre de la bestia, rumbo al norte, hacia la Gustavo A. Madero.
Conducir por la Ciudad de México es un acto de fe y de agresión. Mientras esquivaba peseros que conducían como si tuvieran un pacto con la muerte, mi mente no dejaba de repasar la cara de Gary “El Tanque” Walker. No era solo la violencia en sus ojos; era la seguridad. Esa arrogancia de quien sabe que tiene una red de seguridad.
Llegué a mi unidad habitacional cerca de la medianoche. Es uno de esos lugares que la gente de Polanco solo ve en las noticias cuando encuentran un cuerpo embolsado. Bloques de concreto gris, ropa tendida en las ventanas, grafitis territoriales marcando quién vende qué en cada esquina. Pero aquí, paradójicamente, me sentía segura. Aquí las reglas eran claras: no te metes con nadie, nadie se mete contigo. Y si se meten, la respuesta es inmediata.
Subí los cuatro pisos hasta mi departamento. Al entrar, puse el cerrojo doble y la tranca de seguridad que yo misma había soldado. El lugar estaba en penumbra, iluminado solo por la luz ámbar de las farolas de la calle que se colaba por las persianas.
Me quité la chamarra de piel y la dejé con cuidado sobre el respaldo de una silla. Fui al baño y me miré en el espejo. Tenía ojeras marcadas y un moretón floreciendo en las costillas, un mapa morado y amarillo de la pelea en el parque. Me eché agua fría en la cara, tratando de lavar la suciedad del día, pero la suciedad que sentía estaba por dentro. Era la impotencia de saber que, para el sistema, yo era la culpable hasta que se demostrara lo contrario.
Fui a la cocina, saqué una botella de tequila barato y me serví un trago corto. El líquido quemó al bajar, una quemadura limpia y necesaria.
Abrí mi laptop en la mesa del comedor. La pantalla iluminó mi rostro mientras tecleaba un nombre en el buscador: Gary Walker Ciudad de México.
Nada relevante al principio. Solo un par de notas rojas antiguas sobre robos menores. Pero entonces, empecé a buscar patrones, no nombres. Busqué reportes de “riñas en parques”, “desalojos violentos”, “agresiones racistas en zonas públicas”.
Y ahí estaba. El hilo negro.
No era solo yo. En los últimos seis meses, había docenas de reportes en foros vecinales, en grupos de Facebook de “Denuncia Ciudadana” y en notas al pie de página de periódicos locales. Junio: Un grupo de hombres golpea a un vendedor de elotes en la Condesa. “No tenías permiso”, le gritaron. Julio: Una familia indígena es acosada en un parque de la Roma Norte hasta que se van llorando. Los agresores: cuatro hombres, uno de ellos “muy grande y con tatuajes en el cuello”. Agosto: Vandalismo en un negocio de comida oaxaqueña que llevaba treinta años en la Juárez. Pintaron “Lárguense a su pueblo” en la fachada.
Leí los testimonios. La rabia empezó a calentarme la sangre de nuevo. Las descripciones eran consistentes: un líder alto, rapado, tatuajes en el cuello, flanqueado por jóvenes agresivos. El modus operandi era siempre el mismo: intimidación, insultos racistas disfrazados de “preocupación vecinal”, y violencia física si la víctima no se sometía.
No eran incidentes aislados. Era una campaña. Alguien estaba usando a estos perros de ataque para limpiar las zonas de “elementos indeseables”.
Mi celular vibró sobre la mesa, rompiendo mi concentración. Era un mensaje de Sara Carter.
Sara: “Vi las noticias. ¿Esa eras tú? Llámame. YA.”.
Sara era mi única conexión con el mundo “normal”. Nos conocimos hace años, cuando ella cubría la guerra contra el narco en el norte y yo era parte de su escolta asignada. Ella tenía la pluma más afilada de la ciudad y un instinto suicida para la verdad que rivalizaba con el mío.
Marqué su número. Contestó al primer tono. —Dime que no fuiste tú la que mandó a cuatro tipos a traumatología en Polanco —dijo Sara, su voz una mezcla de preocupación y emoción periodística.
—Fueron ellos los que empezaron, Sara —respondí, tomando otro trago de tequila—. Me acorralaron. Pensaron que era una presa fácil.
—Mariana, por Dios. ¿Estás bien? —Yo sí. Ellos no tanto. Pero Sara, esto es más grande de lo que parece. Le conté todo. Los insultos, la estructura del grupo, la mención de “El Patrón”, y lo que acababa de encontrar en internet. Le hablé de los patrones, de cómo estos ataques coincidían sospechosamente con áreas de alta plusvalía inmobiliaria.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Solo escuchaba el tecleo frenético de Sara. —Estoy cruzando los datos que me dices —murmuró ella—. Tienes razón. Hay un patrón geográfico. Mira esto… todos los incidentes ocurrieron en un radio de tres kilómetros alrededor de los nuevos proyectos de “Desarrollos Hinojosa” y otras constructoras fantasma.
—¿Desarrollos Hinojosa? —Es una empresa que salió de la nada hace dos años. Compran barato, construyen lujo y venden en dólares. Pero siempre que compran, casualmente el barrio se vuelve “peligroso” unos meses antes, lo suficiente para que los vecinos originales vendan por cacahuates y se larguen.
—Gentrificación armada —dije. —Terrorismo inmobiliario —corrigió Sara—. Si estos tipos, la banda de El Tanque, son los que hacen el trabajo sucio, entonces estamos hablando de crimen organizado, Mariana. Y no de narcos, sino de algo peor: gente con dinero “legítimo” y amigos en el gobierno.
—Necesito encontrar a El Tanque. Sé que Reyes, el comandante que me atendió, no va a poder retenerlo mucho tiempo. —Reyes es bueno, pero tiene las manos atadas. Si no hay denuncia formal de todas las víctimas, El Tanque sale bajo fianza por “lesiones simples” mañana mismo.
—Entonces tengo que llegar a él antes de que desaparezca. —Mariana… —el tono de Sara cambió a uno de advertencia—. Ten cuidado. Si esto llega hasta donde creo, a Hinojosa o a quien sea que esté detrás, esa gente no juega limpio. Tienen sicarios de verdad, no pandilleros de parque.
—Yo tampoco juego limpio, Sara.
—Lo sé. Por eso me preocupan ellos, no tú —suspiró—. Te voy a mandar un archivo. Es todo lo que tengo sobre Gary Walker y sus posibles conexiones. Direcciones, bares que frecuenta, todo. Pero prométeme que no vas a iniciar una guerra tú sola.
—No voy a iniciar una guerra, Sara —dije, mirando mi reflejo en la ventana oscura, donde mis ojos brillaban con una determinación fría—. Voy a terminarla.
Colgué. A los pocos minutos, mi bandeja de entrada hizo ping. Abrí el archivo. Fotos de Gary Walker saliendo de bares de mala muerte, fichas policiales antiguas, y una dirección recurrente: un bar llamado “El Sótano”, en la colonia Doctores, y una bodega abandonada por la zona industrial de Vallejo.
El sueño se había ido. Me levanté y fui a mi armario. En el fondo, detrás de unas cajas de zapatos, saqué una caja negra de plástico reforzado. La abrí. Adentro no había ropa. Había recuerdos de mi vida anterior. Un chaleco táctico ligero, unos guantes de combate con nudillos reforzados, un cuchillo Ka-Bar con la hoja desgastada pero afilada como un bisturí, y unas botas tácticas que habían pisado más sangre de la que me gustaría admitir.
No tomé armas de fuego. No quería escalar esto a un tiroteo federal… todavía. Además, un arma hace ruido. Yo necesitaba ser un fantasma. Me vestí. Cambié los jeans por pantalones cargo negros, la camiseta gris por una negra de manga larga ajustada. Me trencé el cabello apretado contra el cráneo. Me puse una gorra oscura.
