SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

CAPÍTULO 1: SOMBRAS EN EL PARAÍSO DE CONCRETO
El sol de las dos de la tarde en la Ciudad de México no acaricia; golpea. Es un sol pesado, filtrado a través de una capa grisácea de esmog que se adhiere a la piel como una segunda capa de sudor. Pero allí, en ese rincón específico del Parque Lincoln, en el corazón de Polanco, el aire parecía, por un milagro de la naturaleza o del dinero, un poco más respirable.

Me llamo Mariana Bravo. Para el registro civil soy una ciudadana más, desempleada, soltera, con domicilio en una unidad habitacional al norte de la ciudad, allá donde el asfalto se agrieta y las patrullas rara vez entran de noche. Pero para un grupo muy selecto de personas, hombres y mujeres con los que compartí lodo, sangre y miedo en la selva lacandona y en las sierras de Sinaloa, sigo siendo “La Jefa”. O la Teniente Bravo, Unidad de Operaciones Especiales de la Marina Armada de México.

Llevaba tres años fuera. Tres años intentando que el ruido de los cláxones sobre Reforma no me hiciera buscar cobertura instintivamente. Tres años tratando de dormir una noche entera sin despertar empapada en sudor, con la mano buscando una pistola que ya no estaba bajo mi almohada.

Esa tarde, el parque estaba lleno de ese murmullo característico de las zonas ricas: risas despreocupadas, el sonido de perros de raza corriendo tras pelotas caras y el tintineo de cubiertos en los restaurantes con terraza que bordeaban la zona. Yo estaba sentada en una banca de hierro forjado, un poco alejada del camino principal, cerca de un estanque artificial donde unos patos nadaban con una calma que me daba envidia.

Advertisement

Cerré los ojos un momento. Inhalé profundamente. Olía a jacarandas y, muy a lo lejos, al aroma dulce de los esquites que vendían en la esquina, aunque aquí, seguramente, costaban el triple que en mi barrio y los servían en vasos biodegradables.

Llevaba mi “armadura” civil: unos jeans gastados que habían visto mejores días, una camiseta gris de algodón barata que compré en el tianguis y mi vieja chamarra de piel negra. La chamarra era mi talismán. Estaba raspada en los codos, el cierre se atoraba a veces, pero era mía. Debajo de la manga izquierda, oculta a la vista de los paseantes “fresas” que pasaban trotando con sus ropas de marca deportiva, tenía una cicatriz larga y fea. Un recuerdo de una esquirla de granada en Tamaulipas. Esa cicatriz latía cuando cambiaba el clima o cuando el peligro estaba cerca.

Hoy, bajo el sol abrasador, la cicatriz empezó a picar.

Abrí los ojos. No fue un movimiento brusco. Mi entrenamiento me había enseñado que la brusquedad atrae la atención, y la atención mata. Solo levanté los párpados y dejé que mi visión periférica escaneara el entorno. Era un hábito maldito que no podía quitarme. Escanear. Evaluar. Clasificar.

A las tres: Una pareja joven discutiendo en susurros. Él miraba el celular, ella lloraba en silencio. Amenaza nula. A las nueve: Un señor mayor leyendo el periódico, con un guardaespaldas aburrido parado a dos metros. Amenaza baja, el escolta estaba distraído mirando a una chica pasar. A las doce: Un grupo de niños jugando cerca de los columpios, vigilados por sus niñeras, mujeres uniformadas que compartían conmigo el tono de piel morena y el cansancio en los ojos.

Todo parecía normal. Pero mi cicatriz seguía picando. Algo en la estática del aire había cambiado. El canto de los pájaros se sentía interrumpido, como cuando un depredador entra en el claro del bosque.

Entonces los vi.

Eran cuatro. Caminaban por el sendero de grava rompiendo la armonía del lugar. No encajaban. No eran los típicos residentes de la zona, pero tampoco eran trabajadores. Tenían esa vibra específica de la “maña” de bajo nivel, mezclada con una arrogancia territorial que me revolvió el estómago.

El líder iba al frente. Lo bauticé mentalmente como “Objetivo Principal”. Era un tipo inmenso, una montaña de carne mal distribuida. Medía casi dos metros, con hombros anchos que estiraban la tela de una sudadera negra con capucha, a pesar del calor infernal. Llevaba la cabeza rapada, brillante de sudor, y un tatuaje grotesco de una serpiente que nacía en su nuca y trepaba hasta desaparecer detrás de su oreja derecha. Caminaba con las piernas abiertas, ocupando espacio, exigiendo que el mundo se apartara a su paso. Gary “El Tanque” Walker. No sabía su nombre entonces, pero su apodo le quedaba como anillo al dedo.

A su derecha caminaba un tipo flaco, nervioso, con una barba de chivo que parecía pegada con pegamento escolar y ojos inyectados en sangre, probablemente por fumar alguna porquería antes de llegar. A la izquierda, dos más jóvenes, “halcones” en entrenamiento, riéndose de forma escandalosa, empujándose entre ellos, actuando como si el parque fuera su patio trasero.

El grupo de niños cerca de los columpios dejó de jugar cuando pasaron cerca. Las niñeras bajaron la mirada, instintivamente, jalando a los pequeños hacia ellas. Ese gesto, esa sumisión automática ante la agresividad masculina, hizo que mi mandíbula se tensara.

—Mira nada más qué desfile —murmuré para mí misma, controlando mi respiración. Inhala en cuatro tiempos. Retén en cuatro. Exhala en cuatro.

Ellos no me habían visto aún. O eso creía. Pasaron de largo unos metros, pateando una botella de plástico vacía que rodó hasta el estanque. “El Tanque” se detuvo bajo la sombra de un roble viejo. Sacó una cajetilla de cigarros, encendió uno y exhaló una nube de humo gris hacia el cielo azul.

Fue entonces cuando el de la barba, el flaco, giró la cabeza y sus ojos de ratón se cruzaron con los míos.

Hubo una pausa. Un segundo donde el universo contuvo el aliento. Yo no aparté la mirada. Ese fue mi primer “error” según las reglas de la calle. Se supone que una mujer sola debe bajar la vista, hacerse pequeña, desaparecer. Pero yo había mirado a los ojos a sicarios, a narcos y a la muerte misma. Un pandillero de parque no iba a hacer que me encogiera.

El flaco le dio un codazo a “El Tanque” y señaló discretamente con la barbilla en mi dirección. —Esa de ahí, carnal —dijo, su voz rasposa llegando hasta mí gracias a la acústica del lugar—. La prieta en la banca.

“El Tanque” giró su cuerpo masivo lentamente, como un buque de carga cambiando de curso. Sus ojos, pequeños y oscuros bajo una frente prominente, se clavaron en mí. Me escaneó de arriba abajo. Vio mis botas viejas, mis jeans, mi piel morena tostada por el sol de mil batallas, y finalmente, mi mochila táctica negra que descansaba a mi lado en la banca.

Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en su rostro. Mostró unos dientes amarillentos, manchados de nicotina. —¿Esa? —preguntó El Tanque, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara. Era una táctica de intimidación básica. Hablar de la víctima como si no estuviera presente—. Se ve que está perdida.

—Seguro es la gata de alguna casa rica que se escapó un rato —rio uno de los jóvenes, el que traía una gorra de béisbol puesta hacia atrás—. Mira cómo está sentada. Se cree la dueña del lugar.

—Dinero fácil, Tanque —susurró el de la barba, tronándose los nudillos—. Mira la mochila. Se ve pesada. Y ella está sola. Nadie la va a extrañar.