«Sáname y te daré toda mi fortuna», dijo el millonario… El hijo de la criada rezó, y todo cambió.

—Eso es imposible… —susurró.

El dolor que lo había atormentado a diario desapareció por completo. Movió el tobillo, luego la rodilla. Aún no podía caminar, pero por primera vez en dos años sintió que quizá… solo quizá… había esperanza.

En ese momento apareció Rosa, corriendo, aterrada.

—¡Sergio! ¿Qué estás haciendo aquí?
—Perdón, señor Vargas, soy Rosa…

Fernando la interrumpió, todavía en shock.

—Su hijo… hizo algo que no puedo explicar. Pero lo sentí. Por primera vez en dos años, sentí mis piernas.

Rosa palideció, mirando a su hijo, luego a su patrón, y de nuevo a su hijo, sin saber qué decir.

Desde ese día, todo cambió.

Fernando no podía dejar de pensar en Sergio. Era real, estaba seguro. Y si ese niño realmente podía ayudarlo, y si esa era su única oportunidad, al día siguiente llamó a Rosa.

—Quiero que su hijo se quede a vivir aquí en la mansión. Le daré un cuarto junto al suyo. Tendrá todo lo que necesite… pero lo necesito cerca.

Rosa quiso negarse, pero Fernando ofreció un mejor sueldo. Le garantizó educación, comida y seguridad para Sergio. Y ella —como cualquier madre que solo quiere lo mejor para su hijo— aceptó.

Sergio recibió un cuarto grande, con juguetes, libros y una cama de verdad, algo que nunca había tenido. Pero pronto entendió que había un precio.

Fernando comenzó a pedirle oraciones todos los días, a veces dos veces al día. Se volvió obsesivo, desesperado por resultados.

—Tío Fernando —intentaba explicar el niño—, yo no tengo poderes. Yo solo oro. Dios es quien hace las cosas, no yo.

Pero Fernando no quería escuchar. Necesitaba creer que el niño era su salvación.

Ahí fue cuando todo se complicó.

Adriana, la esposa de Fernando, no soportaba la situación. Veía a su marido cada vez más enfocado en aquel niño extraño. Peor aún: Fernando volvía a sonreír, a tener esperanza. Y si realmente se recuperaba… ¿qué pasaría con todo lo que ella controlaba?

Junto con Juan, el hermano menor de Fernando y su socio, Adriana comenzó a conspirar.

Difundieron rumores, contrataron periodistas y publicaron reportajes acusando a Rosa de ser una estafadora que usaba a su hijo para engañar a un hombre rico y enfermo.

Los medios explotaron.

Reporteros rodearon la mansión. Cámaras, micrófonos, gritos.

Sergio, aterrorizado, intentó huir, pero quedó atrapado.

Un reportero le metió un micrófono en la cara y gritó:

—¿Es verdad que cobras por tus curaciones milagrosas?

Sergio rompió en llanto.

Rosa corrió, abrazó a su hijo y enfrentó a las cámaras.

—Mi hijo tiene seis años.

—¿Seis? —se burló un reportero—. ¿No le da vergüenza?

Afuera, la multitud crecía. Algunos creían. Otros gritaban que era un fraude.

Las puertas de la mansión se convirtieron en un campo de batalla entre la fe y la duda.