Salió volando como siempre: llena de vida, llena de alegría. Pero esta vez Luna no volvió. Su corazón se detuvo. Y con él, también se rompió el mío.

Vivió todo conmigo. Mis subidas y mis caídas. Mudanzas, separaciones, nuevos comienzos. Se sentaba a mi lado cuando lloraba. Se me subía al regazo cuando reía. Y siempre estaba lista para correr, sin importar el clima, el ánimo o la hora.

Y ahora no está. La correa cuelga inmóvil junto a la puerta. El plato sigue intacto. Y el hogar, que estaba lleno de su presencia, de repente quedó vacío.

Tal vez alguien diga que es solo un perro. Pero para mí era el mundo entero en cuatro patas. Y ahora ese mundo se derrumbó.

Escribo estas líneas porque sé que no estoy sola. Sé que hay miles de personas que vivieron ese dolor al perder a su amigo peludo. Y aun así, casi no hablamos de eso. Como si fuera algo que hay que pasar en silencio. Pero una pérdida es una pérdida, sin importar de quién era ese corazón que nos amó.

Quiero que Luna no sea olvidada. Quiero que su historia siga viva. No como una tragedia, sino como prueba de que el amor existe incluso en las formas más pequeñas: en un hocico mojado, en un ladrido entusiasmado, en el calor de una patita sobre la mano.

Estoy aprendiendo a respirar de nuevo. A volver a caminar por los lugares donde corríamos juntas. A vivir sin su presencia, pero con su recuerdo. Porque Luna no desapareció. Se quedó en mí. En cada mirada a la hierba de la mañana. En cada ráfaga de viento que me recuerda su aliento. En cada momento de silencio en el que antes escuchaba sus pasos.

Es difícil decir adiós. Todavía más difícil aceptarlo. Pero sé que ella no querría que yo llorara para siempre. Luna vivió a pleno: cada día, cada minuto. Y eso me enseña a seguir.