Salió volando como siempre: llena de vida, llena de alegría. Pero esta vez Luna no volvió. Su corazón se detuvo. Y con él, también se rompió el mío.
Salió disparada, dio una vuelta en el aire. Era rápida como un rayo. Luna. Siempre lista para salir, siempre entusiasmada, siempre llena de vida. El palo apenas tocó el suelo cuando salió corriendo detrás. Era nuestra rutina, un juego de siempre que nos unía sin palabras. Pero esta vez no volvió. Esta vez fue el final.
Quedó tendida. Sin respirar. Sin moverse. Sin explicación. Su corazón se detuvo. Y en ese mismo instante, el mío también.
Cuando le decís a alguien que tu perro era más que un animal, pocos lo entienden. Pero quienes vivieron ese vínculo especial entre una persona y su perro, lo saben. Luna era mi apoyo. Mi motivo para levantarme de la cama en los días oscuros. Era mi compañera cuando no quedaba nadie más. Mi testigo silencioso, mi alegría, mi milagro cotidiano.
Recuerdo cuando la vi por primera vez. Era chiquita, inquieta, impaciente. Y yo estaba rota. No estaba buscando un perro: estaba buscando un sentido. Y lo encontré en ella. Ya entonces sentía que era especial. Pero no sabía cuánto iba a transformarme.
Luna me enseñó que incluso en los momentos más oscuros existe la luz. Que aun en la soledad puede haber conexión. Que el amor no necesita hablar para ser escuchado.
