Grité su nombre esperando una respuesta que nunca llegó.
La cocina contaba una historia antes de que nadie hablara. El pastel de cumpleaños estaba incompleto sobre la encimera. Un tazón manchado de glaseado oscuro reposaba junto a él, con un cuchillo apoyado como si alguien hubiera sido interrumpido a mitad de una tarea. Un globo solitario flotaba cerca del techo, con su cinta enrollada en el tirador de un armario. Parecía festivo a primera vista, pero luego se volvió profundamente triste cuanto más tiempo estuve allí.
Caminé lentamente por la casa, con el pecho apretado por una sensación que aún no podía identificar. La puerta de nuestro dormitorio estaba abierta. Su lado del armario estaba vacío. Las perchas que tanto amaba se balanceaban ligeramente, como si las hubieran movido hacía poco. Su maleta había desaparecido. Al igual que la mayoría de sus zapatos.
Al final del pasillo, Evie dormía en su cuna, con su manita enroscada en la cabeza de su pato de peluche favorito. Parecía tranquila e inconsciente, y eso, de alguna manera, agravó el dolor en mi pecho.
A su lado había un papel doblado. Reconocí la letra al instante.
La nota era breve. Una disculpa. Una despedida. Una promesa de que no podía quedarse más. Y una sola línea que me revolvió el estómago, diciéndome que hablara con mi madre para obtener respuestas.
Esa mañana, la casa estaba llena de ruido y movimiento. Mi esposa estaba de pie junto al mostrador, con el pelo recogido y una mancha de glaseado en la mejilla, mientras decoraba el pastel. Era irregular e imperfecto, justo como Evie lo quería. Nuestra hija estaba sentada a la mesa coloreando y tarareando alegremente.
—No lo olvides —me gritó mi esposa, sonriendo mientras trabajaba—. Quiere la muñeca de las alas brillantes.
Le prometí que lo encontraría. Los besé a ambos y salí por la puerta, pensando que me alejaba de algo sólido y seguro.
El viaje a la tienda se me hizo más largo de lo habitual. La multitud era ruidosa e impaciente. Me moví con cuidado, aliviando mi peso al caminar, consciente del dolor sordo que me acompañaba los días que me exigía demasiado. De pie en la fila con el juguete de colores brillantes bajo el brazo, mis pensamientos se remontaron a años que rara vez revisitaba.
Hubo un tiempo en que mi cuerpo me resultaba desconocido, en que tuve que reaprender a mantener el equilibrio y la paciencia. La recuperación me puso a prueba por completo, no solo física sino emocionalmente. Algunos días eran más difíciles que otros. Algunos días me preguntaba si alguna vez volvería a sentirme completo.
Mi esposa estuvo ahí en todo momento. Me sostuvo la mano cuando la frustración me invadió. Me prometió, una y otra vez, que juntos resolveríamos las cosas. Y durante mucho tiempo, lo hicimos.
Para cuando conducía a casa, el sol ya empezaba a ocultarse tras los árboles. Nuestra vecina mencionó que había visto a mi esposa salir antes y que le había pedido que estuviera atenta a Evie. Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un momento en comprender lo que insinuaba.
