La mañana comenzó como tantas otras, con sonidos familiares y rutinas que resultaban reconfortantes por su previsibilidad. Era el tercer cumpleaños de mi hija Evie, un hito que había llenado nuestro pequeño hogar de silenciosa emoción. Recuerdo estar de pie junto a la puerta, con las llaves en la mano, imaginando ya su cara cuando viera el juguete del que había estado hablando.
Durante semanas. Planeaba estar fuera menos de una hora. Tiempo suficiente para hacer la compra. Lo suficientemente corto como para que nada cambiara.
No tenía idea de que cuando regresara todo se sentiría diferente.
Al abrir la puerta principal, lo primero que noté fue el silencio. No era de esos silencios apacibles que se instalan en una tarde tranquila. Este silencio se sentía pesado y extraño. No se oía música procedente de la cocina. Ni el suave tarareo de mi esposa mientras preparaba el pastel que le había prometido a Evie. Solo el tictac constante del reloj de pared y el zumbido sordo y mecánico del refrigerador.
