—No estamos preparados para ayudar hoy. Necesito llevarte a casa.
Las palabras supieron mal incluso mientras las pronunciaba, pero aun así el vehículo avanzó lentamente hasta que Milo volvió a jadear con urgencia.
—Papá, para, por favor. Mira allí.
Junto a un contenedor desbordado de basura y comida podrida, un colchón manchado descansaba sobre el asfalto húmedo.
Encima, acurrucados como criaturas frágiles huyendo de una tormenta, dormían dos niños pequeños, abrazados entre sí para conservar el calor.
Augustine intentó convencerse de que solo estaban esperando a alguien, que no era su asunto, pero Milo negó con la cabeza con una certeza inquietante.
—Son como yo —dijo—. Mira sus caras.
El SUV se detuvo. Augustine bajó, tomó la mano de Milo y el olor lo golpeó de inmediato: humo, alcantarilla, supervivencia cruda.
Los niños parecían tener la edad de Milo, con ropa rota, pies descalzos y miradas cansadas que decían más de lo que cualquier palabra podría explicar.
Milo se soltó y corrió hacia ellos, ignorando las advertencias de su padre, guiado solo por una intuición que Augustine había perdido hacía años.
—Se parecen a mí —insistió—. Tienen mis cejas, mi barbilla.
El corazón de Augustine se detuvo al ver el pequeño hoyuelo en la barbilla, idéntico al de Milo, herencia de su esposa Sofía, fallecida al dar a luz.
Un recuerdo hospitalario lo atravesó: luces blancas, un médico apresurado, una enfermera evitando su mirada, y la frase que lo destruyó.
—Solo uno pudo salvarse.
Había enterrado su dolor bajo trabajo, ambición y dinero, hasta que ahora, frente a esos niños, todo se resquebrajó como hielo en primavera.
Uno de los pequeños despertó y lo miró con ojos color avellana verdosa, idénticos a los de Milo.
—Me llamo Rafael —susurró—. Él es Finn. Dormimos aquí para que no nos pase nada malo.
Milo tomó la mano de Rafael sin dudar. —¿Tienen hambre? Podemos conseguir comida.
Rafael asintió débilmente, explicando que aprendieron a dormir para no sentir el dolor, palabras que atravesaron a Augustine como cuchillas.
Cuando habló de una mujer que los echó de una casa y los llamó mala suerte, algo dentro de Augustine se quebró definitivamente.
Al cubrirlos con su abrigo, vio la marca en la muñeca de Rafael: una media luna idéntica a la de Milo.
No era coincidencia. Era un pasado robado reclamando ser visto.
Augustine llamó a una ambulancia, firmó documentos y acompañó a los niños al hospital sin pensar en costos ni reputación.
Las pruebas llegaron al día siguiente. ADN. Resultados imposibles de ignorar. Eran sus hijos. Trillizos. Como Sofía siempre había sentido.
