Nubes pesadas cubrían el cielo sobre Eastbridge City mientras sedanes de lujo y taxis amarillos avanzaban lentamente entre el tráfico espeso de la tarde, atrapados en un laberinto de calles olvidadas.
Normalmente, los viernes Augustine Harrow ya estaría en su mansión frente a Harbor Bay, conduciendo por avenidas pulidas que fingían que otros mundos no existían.
Ese día, un camión volcado en la autopista lo obligó a desviarse por barrios que llevaba años evitando, calles que prefería no reconocer como parte de su ciudad.
En el asiento trasero del SUV negro, su hijo Milo, de cinco años, balanceaba las piernas contando emocionado cómo había aprobado su examen de ortografía en Westlake Preparatory Academy.
Augustine escuchaba a medias, respondiendo con murmullos automáticos mientras revisaba informes bursátiles en su teléfono, atrapado entre números y decisiones que ya no sentía propias.
El vehículo se detuvo ante un semáforo rojo intermitente, rodeado de vendedores ambulantes con carritos oxidados y adolescentes empujando chatarra recolectada entre callejones.
Las paredes estaban cubiertas de grafitis, como si la ciudad misma gritara una historia que nadie con poder quería escuchar realmente.
Milo pegó el rostro a la ventana y habló con suavidad, casi con timidez, haciendo que Augustine levantara la mirada por primera vez.
—Papá, ¿podemos ayudarlos? —preguntó—. Se ven tristes.

Augustine respondió por reflejo, sin pensar, usando frases aprendidas en salas de juntas y galas benéficas donde la caridad era solo apariencia.
