Ninguna criada duraba con la nueva esposa del multimillonario… hasta que una nueva criada hizo lo imposible

—Estaban en el armario de su esposa, señor —dijo ella con calma—. Pensé que debía saberlo.

La mandíbula de Don Ricardo se tensó:

—Llevas aquí, ¿qué?, ¿seis semanas? Y has hecho lo que nadie pudo en tres años.

Esa misma noche llegó la confrontación. Olivia lo negó todo al principio, pero cuando Don Ricardo le mostró los recibos y fotos, su compostura se resquebrajó.

—¿Te crees tan lista, metiéndola en esto? —escupió hacia Isabela—. ¡Me has arruinado!

—No —dijo Don Ricardo con frialdad—. Te arruinaste tú sola. Ella solo tuvo la paciencia de dejarte hacerlo.

En cuestión de días, se presentaron los papeles del divorcio. Olivia abandonó la mansión para siempre, y sus amenazas se apagaron hasta convertirse en silencio.

Don Ricardo ofreció a Isabela un puesto permanente, no solo como ama de llaves, sino como administradora del hogar. El sueldo se duplicó.

—Todavía no sé cómo lo lograste —admitió una tarde.

Isabela sonrió apenas:

—No peleé su juego. Solo la dejé jugar hasta que perdió.

Fue lo imposible: resistir más que Olivia y sacar la verdad a la luz. Y al hacerlo, Isabela no solo conservó su trabajo… reescribió por completo el equilibrio de la casa.