El chasquido seco de una bofetada retumbó por el amplio salón de mármol de la hacienda en las afueras de Guadalajara.
Olivia Hernández, la nueva esposa del magnate mexicano, estaba de pie con un vestido azul brillante que reflejaba la luz del sol filtrándose por los ventanales altos, los ojos encendidos de furia, y la mano aún apoyada en la mejilla de una joven criada con un uniforme impecable azul y blanco. La criada —Isabela Rivera— se estremeció, pero no se apartó.
Detrás de ellas, dos empleados veteranos permanecieron paralizados por la sorpresa. Incluso Don Ricardo Salinas, el propio multimillonario, se detuvo a mitad de la escalera curva de cantera, con el rostro incrédulo.
Isabela tenía las manos temblorosas mientras estabilizaba la bandeja de plata que había estado llevando momentos antes. Una taza de té de porcelana yacía hecha pedazos sobre la alfombra persa, y apenas unas gotas habían caído sobre el borde del vestido de Olivia.
—Tienes suerte de que no haga que te echen ahora mismo —siseó Olivia con voz cargada de veneno—. ¿Sabes cuánto cuesta este vestido?
El corazón de Isabela latía con fuerza, pero su voz fue serena:
—Lo siento, señora. No volverá a ocurrir.
—¡Eso mismo dijeron las últimas cinco criadas antes de irse llorando! —espeto Olivia—. Tal vez deba apresurar tu salida.
Don Ricardo finalmente llegó al último escalón, la mandíbula tensa:
—Olivia, basta.
Olivia se giró hacia él, exasperada:
—¿Basta? Ricardo, esta chica es incompetente. Igual que todas las demás.
Isabela no dijo nada. Ya había oído hablar de Olivia antes de venir: todas las criadas anteriores habían durado menos de dos semanas… algunas, apenas un día. Pero Isabela se había prometido que no la echarían. Todavía no. Necesitaba ese trabajo.
Más tarde esa noche, mientras el resto del personal susurraba en la cocina, Isabela pulía la cubertería en silencio. Doña María, la ama de llaves, se inclinó y murmuró:
—Eres valiente, niña. He visto a mujeres el doble de grandes que tú salir por esa puerta después de uno de sus berrinches. ¿Por qué sigues aquí?
Isabela sonrió apenas:
—Porque no vine aquí solo a limpiar.
