—Puedes acercarte —dijo Diego—. Ellos te conocen.
Sofía dio un paso. Luego otro. Uno de los bebés abrió los ojos y, al verla, movió las manos.
Ella se quebró.
—Lo siento —sollozó—. Perdón por no protegerlos más.
Diego se arrodilló a su lado.
—Los protegiste cuando nadie más lo hizo —dijo—. Les salvaste la vida.
Sofía levantó la vista, incrédula.
—Pero… ahora ya no me necesitan.
Diego la miró largo rato.
—Eso no es cierto.
Días después, los titulares hablaban del reencuentro del millonario con sus hijos. Pero no hablaban de Sofía.
Hasta que Diego habló.
Contó la verdad. Todo. La niña pobre. La canasta. La lluvia. La promesa.
El país cambió de tono.
Y Diego tomó una decisión.
Sofía no volvió al orfanato.
No volvió a vender flores.
No volvió a dormir con miedo.
Se mudó a una casa con jardín. Con libros. Con comida caliente. Con un cuarto propio.
No fue adoptada “por caridad”.
Fue adoptada por justicia.
Años después, Sofía caminaba por ese mismo parque, ya adolescente, con los trillizos corriendo a su alrededor, llamándola “hermana”.
Y por primera vez en su vida, entendió algo simple y enorme:
la familia no siempre nace de la sangre…
a veces nace del abandono compartido
y del amor que nadie más quiso dar.
