NIÑA POBRE ENCUENTRA TRILLIZOS ABANDONADOS… Y NO SABE QUE SON LOS HIJOS PERDIDOS DE UN MILLONARIO

Dos agentes entraron, seguidos por el hombre del traje oscuro. Sus ojos se clavaron de inmediato en la canasta.

—Ahí están —dijo—. Los trillizos Salazar.

Sofía dio un paso adelante, temblando.

—No se los lleven —rogó—. Yo los cuidé. Nadie los quería. Nadie vino por ellos.

—Niña —dijo uno de los policías—, no es asunto tuyo.

El hombre del traje se inclinó un poco, mirándola con una mezcla extraña de prisa y desconfianza.

—¿Dónde los encontraste?

—En el parque —respondió Sofía—. Llovía. Se estaban muriendo.

El hombre no contestó. Hizo una llamada breve.

Horas después, Sofía estaba sentada en una sala blanca, demasiado limpia, con las manos manchadas y el corazón hecho polvo. Le quitaron a los bebés. Los escuchó llorar al alejarse por un pasillo largo. Cada llanto era como si le arrancaran algo de adentro.

—¿Puedo verlos? —preguntó—. Solo un momento.

Nadie respondió.

La interrogaron durante horas. Que su nombre, que de dónde venía, que por qué los había tomado. La trataron como a una ladrona, como a una mentirosa. Cuando mencionó el orfanato, anotaron algo y fruncieron el ceño.

—Esto se va a complicar —dijo una mujer con traje—. El padre es un hombre muy poderoso.

Esa noche, Sofía durmió en una silla. Sola. Sin los bebés. Sintió, por primera vez desde que los había encontrado, un frío distinto: el de la derrota.

A la mañana siguiente, las puertas se abrieron.

Diego Salazar entró.

No parecía el billonario de las revistas. No había sonrisas ni cámaras. Tenía ojeras profundas, la barba mal cuidada y una mirada rota. Cuando vio a Sofía, se detuvo.

—¿Tú…? —dijo—. ¿Tú los encontraste?

Sofía asintió, bajando la cabeza.

—Yo no quería dinero —dijo rápido—. Yo solo… no quería que se quedaran solos.

Diego se acercó despacio, como si temiera asustarla.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándolos? —preguntó—. Me los robaron del hospital. Pensé que no los volvería a ver.

Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.

—Yo tampoco tengo a nadie —susurró—. Por eso los entendí.

Hubo silencio.

—¿Cómo los cuidaste? —preguntó Diego.

Sofía empezó a contar. Del almacén abandonado. De las latas. De las noches sin dormir. De cómo les hablaba para que no lloraran. De cómo les prometió que todo iba a estar bien, aunque ella misma no lo creía.

Diego cerró los ojos.

—Ven —dijo finalmente.

La llevó por el pasillo. Abrió una puerta.

Los trillizos estaban ahí. Limpios. A salvo. Dormidos.

Sofía se quedó quieta, como si no tuviera permiso de respirar.