NIÑA POBRE ENCUENTRA TRILLIZOS ABANDONADOS… Y NO SABE QUE SON LOS HIJOS PERDIDOS DE UN MILLONARIO

Sofía se quedó inmóvil frente al sedán negro. La lluvia resbalaba por el techo del coche como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento. Apretó la canasta contra su pecho. Los trillizos se removieron, uno soltó un gemido suave. Sofía bajó la cabeza y susurró:

—Shhh… ya pasó.

Pero no había pasado.

La puerta del apartamento de Doña Rosa se abrió apenas un poco. Un ojo cansado, alerta, se asomó por la rendija.

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—Niña… —murmuró la mujer— entra. Ahora.

Sofía cruzó el umbral justo cuando la puerta del sedán se abrió con un chasquido seco. Un hombre alto, traje oscuro, mirada dura, dio dos pasos hacia el edificio. Doña Rosa cerró con doble llave y apagó la luz del pasillo.

—¿Quién es? —preguntó Sofía, con la voz quebrada.

—Problemas —respondió Doña Rosa—. Y los problemas no se asustan con nada.

Esa noche no durmieron. Doña Rosa calentó agua, envolvió a los bebés con lo poco que tenía y les dio leche diluida, mientras Sofía se sentaba en el suelo, abrazándose las rodillas, escuchando cada ruido de la calle como si fuera una sentencia.

Al amanecer, golpes fuertes sacudieron la puerta.

—¡Abran! ¡Policía!

Doña Rosa y Sofía se miraron. No era una buena señal. En Los Álamos, la policía no llegaba para ayudar a niñas pobres. Llegaba para limpiar.

—No abras —susurró Sofía—. Por favor.

Pero los golpes se repitieron, más fuertes.

—Si no abren, forzamos la entrada.

Doña Rosa respiró hondo y abrió.