Ricardo se quedó paralizado. Ella lo había dicho. Lo amaba. Y pensaba que para él había sido un juego. La injusticia de aquello le dio el valor que le había faltado en el jardín. Se acercó a ella, ignorando las barreras, ignorando las reglas, ignorando todo lo que no fuera el latido frenético de su propio corazón. —¿Un juego? —susurró, tomando las manos de ella, impidiendo que cerrara la maleta—. ¿Crees que soy tan buen actor, Isabel? ¿Crees que podría haberte mirado como te miré, haberte besado como te besé, si no sintiera que me estaba muriendo de amor por ti? Isabel dejó de llorar y lo miró, atónita, buscando la mentira, pero solo encontrando una verdad desnuda y vulnerable. —Pero… usted es rico, usted es importante… y yo solo soy la que limpia su casa —balbuceó ella, repitiendo el mantra que la sociedad le había enseñado. —Al diablo con eso —dijo Ricardo con vehemencia—. Al diablo con el dinero y con la casa. Esta casa es una tumba sin ti. Tú eres la que tiene la riqueza, Isabel. Tú me enseñaste en un día lo que es la vida. No quiero que trabajes para mí. Renuncia, por favor, renuncia ahora mismo. Isabel lo miró confundida. —¿Qué? —Renuncia a ser mi empleada —dijo él, soltando sus manos para acunar su rostro con una ternura infinita—. Porque no quiero una empleada. Quiero una compañera. Quiero que me enseñes a ser parte de tu familia. Quiero volver a ese pueblo y que tu mamá me abrace de verdad. Quiero ser el novio de mañana, y de pasado mañana, y de todos los días que me queden de vida. Te amo, Isabel. Y si te vas por esa puerta, te juro que iré detrás de ti, aunque tenga que dejar todo esto atrás.
El silencio en la pequeña habitación era denso, pero ya no era frío. Era el silencio de las cosas que caen en su lugar, del destino cumpliéndose. Isabel soltó un sollozo, pero esta vez era de alivio, de alegría incontenible. Se lanzó a los brazos de Ricardo, y él la recibió como el náufrago recibe a la tierra firme, enterrando su rostro en su cabello, respirando su aroma, sintiéndose por fin, después de cuarenta y cinco años, en casa.
—Está bien —susurró ella contra su pecho, riendo entre lágrimas—. Renuncio. Pero va a tener que aprender a hacerse su propio café. Ricardo rió, una carcajada genuina que resonó por toda la casa, espantando a los fantasmas de la soledad para siempre. —Trato hecho.
No fue fácil, por supuesto. Tuvieron que enfrentar las habladurías de la alta sociedad de Querétaro, que no entendía qué hacía un magnate con su ex empleada doméstica. Tuvieron que enfrentar el escepticismo inicial de algunos familiares de Isabel, que temían que él se aprovechara de ella. Pero el amor, cuando es verdadero y ha sido forjado en la vulnerabilidad, es un blindaje indestructible.
Dos años después, hubo otra boda en el pueblo. Esta vez no fue una farsa. No hubo mentiras piadosas. Ricardo esperó en el altar de la pequeña iglesia, con el corazón latiéndole con fuerza, mientras veía a Isabel caminar hacia él. No llevaba un vestido de diseñador parisino, sino uno bordado por las mujeres de su familia, y para Ricardo, nunca había estado más hermosa. En la primera fila, la madre de Isabel, que había desafiado todos los pronósticos médicos solo para ver este día, lloraba de felicidad, sabiendo que su intuición de madre no había fallado aquel día en que un extraño llegó a su casa. Ricardo tomó la mano de Isabel, esa mano que lo había rescatado de su torre de oro, y al decir “sí, acepto”, supo que era el negocio más exitoso de su vida. Había intercambiado su soledad por un amor que no cabía en ninguna cuenta bancaria, y en los ojos de su esposa, encontró la única fortuna que realmente vale la pena poseer.
