La fiesta continuó, pero algo fundamental había cambiado entre ellos. Había una tensión nueva, una gravedad que los atraía el uno al otro. Al caer la noche, buscando un respiro del ruido y las miradas curiosas, se refugiaron en el pequeño jardín trasero de la casa. El cielo estaba estallado de estrellas, una bóveda infinita que hacía que los problemas humanos parecieran insignificantes. Se sentaron en un banco de madera vieja, hombro con hombro, sin tocarse, pero sintiendo el calor del otro.
—No sé cómo agradecerle esto, señor Ricardo —dijo Isabel, rompiendo el silencio. Su voz era suave, melancólica—. Hoy hizo muy feliz a mi madre. La vi sonreír como no lo hacía desde que papá murió. Usted… usted es un buen hombre. Ricardo soltó una risa amarga y negó con la cabeza, mirando hacia la oscuridad. —No, Isabel. No lo soy. O al menos, no lo he sido en mucho tiempo. Hoy me di cuenta de lo pobre que soy en realidad. Isabel lo miró sorprendida. —¿Pobre? Pero si usted tiene… —Tengo cosas —la interrumpió él—. Tengo objetos. Tengo cuentas. Pero tú… tú tienes riqueza real. Vi cómo te miran, cómo te tocan, cómo te aman. Yo llegaría a mi casa y si me muriera hoy, nadie se daría cuenta hasta que los pagos dejaran de salir. Hoy, por primera vez en mi vida, sentí lo que es ser parte de algo. Sentí lo que es tener un hogar, aunque fuera prestado. Así que no me des las gracias. Yo soy el que debería agradecerte por dejarme vivir esto, aunque sea de mentira.
Isabel se giró hacia él, y bajo la luz de la luna, Ricardo vio una lágrima correr por su mejilla. —Para mí no se sintió de mentira —susurró ella, con una valentía que la aterrorizaba—. Cuando estábamos bailando, cuando… cuando nos besamos. No sentí que estuviera actuando, Ricardo. El uso de su nombre, sin el “señor”, cayó como un trueno entre ellos. Ricardo se giró, atrapando su mirada. Quería decirle que él sentía lo mismo, quería tomarla en sus brazos y prometerle que no tendría que volver a sentirse sola nunca más. Pero la realidad cayó sobre él como un balde de agua fría. Él era su jefe. Ella era su empleada. Mañana volverían a la mansión, a los roles establecidos, a la distancia social que el mundo imponía. Aprovecharse de la vulnerabilidad del momento sería imperdonable. —Isabel… —empezó a decir, con la voz ronca—, ha sido un día largo y emotivo. Mañana todo volverá a la normalidad. Vio cómo la luz se apagaba en los ojos de ella, cómo se cerraba sobre sí misma, asintiendo con resignación. —Tiene razón, señor. Buenas noches. Se levantó y entró en la casa, dejándolo solo en el jardín, bajo las estrellas que de repente parecían frías y distantes, maldiciéndose a sí mismo por su cobardía y por la corrección política que le impedía seguir a su corazón.
El regreso a Querétaro fue silencioso y pesado. La magia del pueblo se desvaneció kilómetro a kilómetro, reemplazada por la rigidez de la realidad. Cuando la camioneta entró en el garaje de la mansión, ambos sintieron el peso de las paredes de piedra caer sobre ellos. Isabel bajó rápidamente, murmuró un agradecimiento formal y desapareció hacia sus habitaciones. Ricardo se quedó solo en la inmensa cocina, que ahora se sentía más vacía que nunca.
Los días siguientes fueron una tortura china. Isabel volvió a ser la empleada perfecta, pero había una tristeza en sus ojos que a Ricardo le dolía físicamente. Ya no había sonrisas tímidas, ni pequeños comentarios sobre el clima. Solo trabajo. Ricardo se encerraba en su estudio, intentando concentrarse en los mercados asiáticos, pero su mente volvía una y otra vez al olor del cabello de Isabel, a la sensación de su mano en la suya, a la sonrisa de su madre. Se dio cuenta de que no podía volver atrás. Había probado la vida real y ya no podía conformarse con el sucedáneo de plástico que había construido. Pero no sabía cómo arreglarlo. Cada vez que intentaba hablar con ella, Isabel encontraba una excusa para irse. Estaba levantando un muro, ladrillo a ladrillo, para protegerse del dolor de amar a alguien inalcanzable.
Una semana después, la tensión llegó a su punto de quiebre. Ricardo bajó a desayunar y encontró la mesa puesta, pero no había rastro de Isabel. En su lugar, había un sobre blanco sobre su plato. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Abrió el sobre con manos temblorosas. Era una carta de renuncia. Breve, respetuosa y devastadora. Isabel escribía que agradecía la oportunidad, pero que por “motivos personales” no podía seguir trabajando allí. Que se iría esa misma tarde.
El pánico que sintió Ricardo no se parecía a nada que hubiera experimentado en ninguna crisis financiera. Esto no era perder dinero; esto era perder la única oportunidad de felicidad que la vida le había ofrecido. Arrugó la carta en su puño y salió corriendo de la cocina, subiendo las escaleras de dos en dos, gritando su nombre. —¡Isabel! ¡Isabel! La encontró en su habitación, cerrando una maleta vieja. Ella se sobresaltó al verlo entrar así, despeinado, con la respiración agitada y los ojos desorbitados. —Señor Ricardo, yo… dejé la carta abajo, pensé que era mejor así, sin despedidas largas… —dijo ella, evitando su mirada, con la voz ahogada en llanto. —¡No acepto tu renuncia! —bramó él, y luego, dándose cuenta de lo autoritario que sonaba, suavizó la voz, dando un paso hacia ella, desesperado—. No acepto que te vayas así. No puedes irte, Isabel. —No puedo quedarme —respondió ella, enfrentándolo por primera vez, con lágrimas corriendo libremente por su rostro—. No puedo seguir viviendo aquí, viéndolo todos los días, sirviéndole el café y recordando cómo se sintió ser abrazada por usted. Me duele, Ricardo. Me duele porque sé que ese día fue un juego para usted, pero para mí… para mí fue el error de enamorarme de quien no debía. Necesito irme para olvidar.
