NECESITO UN NOVIO PARA MAÑANA” – MILLONARIO ESCUCHA ESTO Y TOMA LA DECISIÓN MÁS INESPERADA

Isabel dio un salto, casi tirando el teléfono al ver a su patrón parado allí. Se secó las lágrimas frenéticamente, el pánico pintado en su rostro, balbuceando disculpas atropelladas. —Señor Ricardo, perdón, no lo escuché, ya me voy a mi cuarto, disculpe el ruido… Ricardo levantó una mano suavemente para detenerla. No había rastro de regaño en su mirada, solo una extraña y nueva calidez. —Escuché lo que dijiste, Isabel —dijo él, su voz sonando más grave de lo habitual en la pequeña cocina—. No tienes que disculparte por amar a tu madre. Isabel bajó la cabeza, avergonzada hasta la médula. —Es una tontería, señor. Problemas míos. No volverá a pasar. —No es una tontería —insistió él, dando un paso adelante—. Y no tienes que buscar a un desconocido ni inventar excusas. Si necesitas a alguien que te acompañe mañana, si necesitas un novio para que tu madre esté tranquila… yo iré contigo.

El silencio que siguió fue absoluto. Isabel lo miró como si le hubieran salido dos cabezas. Ricardo, el magnate, el hombre que apenas hablaba, ¿ofreciéndose a fingir ser su novio en un pueblo perdido? Pero en los ojos de él no había burla. Había una súplica silenciosa, una necesidad de ser útil, de ser humano. A la mañana siguiente, antes de que el sol despuntara, una camioneta de lujo rodaba por la carretera, alejándose de la seguridad de la mansión y adentrándose en un camino que los llevaría al corazón de una verdad que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

El viaje fue una clase magistral de incomodidad transformada en intimidad. Al principio, Isabel iba rígida en el asiento del copiloto, retorciendo sus manos, incapaz de mirar a Ricardo. Se sentía mortificada. ¿Cómo iba a explicarle esto a su familia? ¿Cómo iba a fingir que este hombre, que olía a perfume caro y vestía ropa que costaba más que la casa de sus padres, era su pareja? Ricardo, percibiendo su ansiedad, rompió el hielo no con preguntas, sino con confesiones. Le habló de lo absurdo que se sentía a veces en sus propias reuniones, de cómo la gente solo le hablaba para pedirle cosas, de lo mucho que le gustaba conducir porque era el único momento en que tenía el control real de su destino. Poco a poco, Isabel se relajó. Empezaron a construir su historia: se habían conocido en una librería (mentira, pero romántica), él era consultor (vago, pero creíble), y llevaban seis meses saliendo.

Cuando el asfalto dio paso a la tierra y el polvo comenzó a levantarse tras las ruedas, el paisaje cambió. Dejaron atrás los edificios de cristal y acero para entrar en un mundo de verdes vibrantes, casas de colores chillones y perros durmiendo a mitad de la calle. Al llegar a la casa de la familia de Isabel, Ricardo sintió un nudo en la garganta. No era lástima; era envidia. La casa era pequeña, sí, pero vibraba. Había globos, flores de papel, mesas largas dispuestas en el patio y un aroma a mole y tortillas recién hechas que despertó en Ricardo un hambre ancestral.

En cuanto bajaron del auto, se hizo un silencio expectante. Decenas de ojos curiosos se posaron en ellos. Isabel, temblando, tomó la mano de Ricardo. Él sintió la calidez de su palma, áspera por el trabajo, y entrelazó sus dedos con fuerza, transmitiéndole una seguridad que ni él sabía que tenía. —Tranquila —susurró—. Estamos juntos en esto. Entonces salió ella. La madre de Isabel. Caminaba despacio, apoyada en un bastón, su rostro marcado por la enfermedad y los años, pero sus ojos… sus ojos eran dos faros de luz. Al ver a su hija, una sonrisa transformó su cara cansada en la imagen viva de la felicidad. Isabel corrió a abrazarla, y Ricardo se quedó atrás, sintiéndose un intruso en un momento sagrado. Pero entonces, la anciana levantó la vista y lo miró. No lo escaneó buscando marcas de ropa o relojes caros. Lo miró directo al alma.

—Mamá, él es Ricardo —dijo Isabel con voz temblorosa—. Mi… mi novio. La anciana asintió, soltó el bastón y abrió los brazos hacia él. Ricardo, acostumbrado a los apretones de manos firmes y fríos del mundo corporativo, se encontró envuelto en un abrazo que olía a hierbas y a bondad. La mujer lo apretó contra su pecho huesudo con una fuerza sorprendente. —Gracias, hijo —le susurró al oído, con una voz que era como el viento entre las hojas—. Gracias por querer a mi niña. Ya puedo irme tranquila sabiendo que no está sola. Esas palabras rompieron algo dentro de Ricardo. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y tuvo que parpadear rápidamente para no llorar allí mismo. Esa mujer no le agradecía por su dinero, ni por su estatus. Le agradecía por amar. Y la culpa lo golpeó con la fuerza de un mazo: era una mentira. Pero mientras devolvía el abrazo, juró en silencio que, al menos por ese día, haría que esa mentira fuera la verdad más hermosa del mundo.

La boda fue un torbellino de emociones. Ricardo, que había asistido a las galas más exclusivas de Europa, nunca se había divertido tanto. Se quitó el saco, se aflojó la corbata y se dejó llevar. Comió con las manos, brindó con tequila barato que quemaba la garganta pero calentaba el espíritu, y conversó con los tíos de Isabel sobre cosechas y climas como si fuera uno más. Pero lo que más lo cautivó fue ver a Isabel. En su casa, ella era una sombra eficiente. Aquí, era el sol. La veía reír a carcajadas con sus primas, bailar con sus sobrinos, consolar a su hermana nerviosa. Irradiaba una luz y una belleza que la ropa de diseñador y las joyas nunca podrían replicar. Ricardo no podía quitarle los ojos de encima. Se dio cuenta de que había estado ciego durante tres años, compartiendo techo con una mujer extraordinaria a la que nunca se había molestado en conocer.

El momento crítico llegó con el baile. La banda comenzó a tocar una balada romántica y la multitud, animada por el alcohol y la alegría, comenzó a gritar “¡Beso, beso, beso!”. Isabel se congeló en medio de la pista. Miró a Ricardo con pánico absoluto. Esto no estaba en el plan. Un beso cruzaría la última frontera. Ricardo vio su miedo y supo que tenía que actuar. Se acercó a ella, colocó sus manos suavemente en su cintura y la miró con una intensidad que hizo desaparecer a las cien personas que los rodeaban. —Confía en mí, Isabel —le dijo, sus frentes casi tocándose. Ella cerró los ojos y asintió levemente. Ricardo se inclinó y la besó. No fue un beso de teatro. No fue un roce de labios para cumplir. Fue un beso suave, tierno, cargado de todas las emociones contenidas del día, de la admiración que sentía por ella, de la soledad compartida que ambos intentaban sanar. Y en ese instante, el tiempo se detuvo. Isabel respondió al beso, sus manos subiendo tímidamente hasta los hombros de él. Fue un momento de verdad absoluta en medio de una gran mentira. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento, y el rubor en las mejillas de Isabel no tenía nada que ver con el calor del día. Ricardo sintió una sacudida eléctrica recorrerle la columna. Ya no estaba actuando. Dios mío, pensó, ya no estoy actuando.