Ricardo caminaba por los interminables pasillos de su mansión en Querétaro como un espectro atrapado en su propio laberinto de oro. A sus cuarenta y cinco años, había logrado lo que el noventa y nueve por ciento de la población mundial soñaba: cuentas bancarias con cifras que parecían números de teléfono, propiedades en las zonas más exclusivas y un respeto empresarial que rozaba la reverencia. Sin embargo, cuando la puerta principal se cerraba detrás de él cada noche, el silencio que lo recibía era tan denso que casi podía masticarse. Las paredes, adornadas con obras de arte que valían fortunas, lo miraban con indiferencia. No había risas rebotando en el techo de doble altura, no había aroma a cena casera flotando desde la cocina, ni siquiera el desorden reconfortante de alguien que vive y respira en un hogar. Su casa era un museo, perfecto, pulcro y terriblemente frío.
Ricardo se había convencido a sí mismo de que esta soledad era el precio inevitable de la grandeza. Se decía que las relaciones eran distracciones, que las familias eran complicaciones y que él estaba mejor así, gobernando su imperio sin ataduras. Pero esa noche de martes, una grieta invisible estaba a punto de abrirse en su armadura. Bajaba las escaleras con la intención mecánica de servirse un whisky y revisar unos contratos en su estudio, cuando un sonido rompió la habitual quietud sepulcral de la casa. Era un sollozo. Un sonido humano, crudo y cargado de angustia, que provenía de la cocina. Se detuvo en seco, con la mano suspendida sobre el barandal de caoba. Su primera reacción fue de molestia; pagaba por eficiencia y silencio, no por dramas. Pero algo en la desesperación de aquel llanto lo retuvo.
Se acercó sigilosamente, sintiéndose como un intruso en su propia casa. Isabel, su empleada doméstica desde hacía tres años, estaba de espaldas, hablando por teléfono con una voz que él apenas reconoció. Isabel siempre había sido para él una presencia funcional: el café aparecía caliente, la ropa estaba planchada, el polvo desaparecía. Nunca la había mirado realmente a los ojos más allá de un saludo cortés. Pero la mujer que hablaba ahora no era la empleada eficiente; era un ser humano al borde del colapso.
—Por favor, Lupita, tienes que ayudarme a pensar en algo —decía Isabel, con la voz quebrada por el llanto—. No puedo ir sola. Mi mamá… tú sabes cómo está mi mamá. Ella cree que estoy bien, que tengo a alguien que me cuida. Si llego sola a la boda de Sofía mañana, se le va a romper el corazón. Los doctores dijeron que cualquier disgusto puede ser fatal. ¡Necesito un novio para mañana! Es una locura, lo sé, pero no sé qué hacer.
Ricardo sintió un golpe seco en el estómago. La frase “necesito un novio para mañana” podría haber sonado ridícula en cualquier otro contexto, digna de una comedia romántica barata, pero dicha con tal agonía, revelaba un abismo de sacrificio y amor filial que él desconocía por completo. Escuchó cómo Isabel explicaba que había mentido durante meses para darle paz a su madre moribunda, inventando una pareja que no existía para que la anciana pudiera irse de este mundo creyendo que su hija mayor no se quedaría sola en la vida.
Ricardo retrocedió unos pasos, aturdido. Mientras él se preocupaba por fusiones corporativas y márgenes de ganancia, esa mujer, que vivía bajo su mismo techo, cargaba con el peso de una mentira piadosa nacida del amor más puro. Miró a su alrededor, a los muebles de diseño italiano y las lámparas de cristal, y de repente todo le pareció obsceno. Él tenía todo el dinero del mundo y nadie a quien mentirle para proteger, nadie a quien le importara si llegaba solo o acompañado, nadie que sufriera por su soledad excepto él mismo. En ese instante, una idea absurda, impulsiva y totalmente fuera de carácter comenzó a formarse en su mente. Era una locura. Era inapropiado. Cruzaba todas las líneas profesionales. Pero por primera vez en años, Ricardo sintió que su corazón latía por algo más que adrenalina financiera. Tomó una respiración profunda, alisó su traje impecable y, con la determinación de quien está a punto de saltar al vacío sin paracaídas, empujó la puerta de la cocina, sin saber que al cruzar ese umbral, su vida perfectamente ordenada estaba a punto de estallar en mil pedazos de caos y luz.
