Los dejo quedarse hasta que salgas, pero si alguien reclama, yo me encargo. Gracias, don Aurelio. Usted tiene muy buen corazón. Esperanza regresa al trabajo empujando un carrito de limpieza. Sebastián la observa trabajando, limpia cada mesa con cuidado, acomoda todo con mucho respeto. Mateo jala la manga de su papá. Papá, ¿estás llorando? Sebastián se pasa la mano por los ojos.
Es que ya la encontramos, mijo, a la persona que estábamos buscando. A las 6 en punto Esperanza sale del elevador. Está más cansada con el uniforme sudado y los pies doliéndole. Aún así se para en la portería. Don Aurelio, ¿todavía están allá afuera? Sí están. El papá mandó dar las gracias. Ya lograron comprarle comida al niño. Qué bueno.
Voy a pasar por ahí antes de irme a mi casa. Esperanza sale y busca a Sebastián y Mateo. No los encuentra en el lugar de la mañana y se preocupa. Sebastián toma una decisión rapidito. Mateo, ven. Vamos a hablar con ella. Se acercan. Esperanza se voltea sorprendida. Híjole, qué diferencia.
Ya están limpitos con ropa buena. ¿Lograron bañarse en algún lado? Sí. Un conocido nos dejó usar su regadera. Sebastián miente, sintiéndose fatal. Qué bueno. ¿Ya le compraron comida a Mateo? Ya compramos. El niño comió muy bien. Mateo mira confundido con todas las mentiras, pero se queda calladito. Me da muchísimo gusto. Y ahora ya tienen dónde dormir hoy. Todavía andamos medio perdidos.
Soy de Guadalajara. Vine a buscar trabajo. Mi nombre es Roberto Silva. Soy vendedor, pero ya llevo varios meses sin trabajo. Esperanza mueve la cabeza. Está muy difícil la cosa. Más todavía con niño. ¿Tienen algún lugar donde quedarse hoy? La mera verdad no. Estábamos viendo si conseguíamos lugar en un albergue.
Mira, no tengo mucho espacio allá en mi casa, pero hay un sofá en la sala. Si quieren se pueden quedar a dormir ahí hoy. Mañana ya vemos cómo le hacemos. Sebastián se queda pasmado. Esta mujer les está ofreciendo su propia casa a unos desconocidos. ¿Está segura? No queremos molestar para nada.
Uno ayuda al que puede y Mateo es muy educadito, no va a dar lata. Mateo sonríe. Tía Esperanza, usted es muy buena. Ay, qué lindo. ¿Te gustan las caricaturas, Mateo? Sí, me gustan, sobre todo el hombre araña. Qué padre. Tengo televisión de paga en mi casa. Puedes ver mientras les hago una cenita.
Sebastián se acuerda de la promesa que le hizo a su esposa hace dos años en el hospital. Paloma pálida en la cama agarrándole la mano. Sebastián, prométeme una cosa. Encuentra una mamá de verdad para Mateo. No una mujer que quiera nuestro dinero, una mamá de adeveras. Te lo prometo, amor. El recuerdo pasa rapidito. Sebastián mira a Esperanza platicando con Mateo sobre caricaturas y siente que ya encontró lo que andaba buscando.
Doña Esperanza, ¿estás segura de que no vamos a molestar? Estoy segura. Y ya no me digas, señora, tengo 26 años. Perdón, Esperanza. Así está mejor. Vámonos. Mi casa está lejos. Vamos a tomar el camión. En el viaje, Sebastián observa a Esperanza saludar al chóer, ayudar a una abuelita, jugar con un niño que está llorando.

La casa de esperanza es pequeñita, dos cuartos en una vecindad, sencillita, pero limpia y bien organizadita. Perdonen que esté tan pequeñita, pero está limpiecita y tiene todo lo que se necesita. Está padrísima, Esperanza. Muchas gracias de verdad por recibirnos. Para nada. Siéntense en el sofá con Mateo. Voy a hacerles de cenar. Sebastián observa la casa sin lujos, pero arregladita con mucho cariño.
Plantitas en las ventanas, fotos de familia, cojines de colores. Papá, Mateo susurra, ¿por qué no le decimos la verdad? Ella es muy buena. Sebastián no sabe qué responder. ¿Cómo explicarle a un niño que están probando la bondad de alguien haciéndose pasar por pobres? Está complicado, mijo, se lo vamos a decir, pero en el momento que esté bien.
¿Cuándo? Sebastián no lo sabe. No más sabe que se está enamorando de una mujer que ni siquiera conoce su nombre verdadero. Tr meses después. Sebastián inventó que consiguió trabajo como vendedor y que viven en una pensión. En realidad pasa todos sus días libres con esperanza. Mateo se adaptó a la vida doble. En la escuela privada es el hijito del millonario.
Con esperanza es nomás Mateo, un niño normal. Hoy es domingo. Sebastián está en casa de esperanza ayudando con la comida. Roberto, muévele a los frijoles que voy a sazonar el pollo. Sebastián mueve los frijoles observando a esperanza. Ella convierte ingredientes sencillos en una comida sabrosa. Esperanza, ¿puedo preguntarte algo? Claro.
¿Por qué nos ayudaste ese día de a de veras? Esperanza, deja de sazonar el pollo. ¿Quieres la respuesta bonita o la de adeveras? la de adeveras. Porque yo ya pasé necesidades, Roberto, muchas necesidades. Sé lo que es andar con hambre, no tener donde dormir. Se le llenan los ojos de lágrimas. Cuando tenía 15 años se murió mi mamá. Mi papá había muerto cuando yo era bebé.
Me fui a vivir con una tía que no me quería, me ponía a trabajar y se quedaba con mi sueldo. ¿Y cómo le hiciste para salir adelante? Trabajando en lo que saliera. Limpieza, cocina, ventas. Viví en albergue hasta que pude rentar esta casita. Nunca nadie te ayudó cuando andabas pasando trabajos. Algunas personas sí me ayudaron, gente humilde que compartió lo poquito que tenía.
Por eso, cuando veo a alguien que necesita, no puedo hacerme la desentendida. Por eso nos ayudaste, porque sé que la vida puede cambiar de un día para otro. Todo mundo merece una oportunidad. Mateo entra corriendo. Mamá, Esperanza, ya se acabó la caricatura. Esperanza se ríe y abraza al niño. Entonces, vamos a comer. Mamá, Esperanza. Sebastián repite sorprendido.
Empezó a decirme así la semana pasada. Esperanza se pone colorada. Le dije que no tenía que decirme así, pero a mí me gusta decirle mamá esperanza. Cuando te cases con ella, va a ser mi mamá de adeveras. Sebastián y Esperanza se miran sin saber qué decir. Mateo, ve a lavarte las manos. Esperanza le dice todavía colorada. El niño se va.
Esperanza y Sebastián se quedan solos en la cocina. Perdón, no le dije que hablara así. No tienes que pedir perdón. Sebastián se acerca. La verdad, yo también he estado pensando en eso. Ah, de verdad, Esperanza, estos tres meses han sido los mejores de mi vida. Me hiciste recordar lo bonito que es tener familia. Sebastián está siendo sincero, aunque esté mintiendo sobre su identidad, sus sentimientos son verdaderos.
Yo también, Roberto, tú y Mateo llenaron mi vida de alegría. Se besan por primera vez en la cocina pequeñita con olor a comida en el aire. Después de comer se van a la azotea de la casa. Mateo juega con carritos mientras Sebastián y Esperanza platican. Esperanza. Nunca has querido salirte de aquí, irte a un lugar mejor. Aquí está mi lugar mejor.
Esperanza señala las casas de alrededor. Esta comunidad me recibió cuando no tenía nada. Doña Remedios me prestó trastes cuando me cambié. Don Antonio me fió comida cuando andaba sin dinero. Aquí somos familia unos de otros. Cuando alguien anda pasando trabajos, todos ayudamos.
Cuando alguien está contento, todos festejamos juntos. Sebastián nunca había pensado en eso. En la mansión casi no conoce a los vecinos. Eres muy especial, Esperanza. No soy especial. Noás aprendí que uno ayuda al que puede y que el dinero no es todo en la vida. Sebastián siente una punzada de culpa. Le está mintiendo a la persona más honesta que ha conocido.
Esperanza. Necesito contarte algo. ¿Qué cosa? Sebastián se detiene. No puede. Te amo. Esperanza sonríe. Yo también te amo, Roberto. Se besan mientras Mateo grita de alegría jugando. Por primera vez en dos años Sebastián se siente completo, pero en el fondo de su mente una voz le susurra. ¿Cómo decirle la verdad sin perder todo? Sebastián decidió contarle todo hoy.
Ya no aguanta más las mentiras. Quedó de cenar con ella en un restaurante sencillo del centro. Mateo está emocionado porque Sebastián le dijo que después de la cena le puede contar el secreto especial. Esperanza llega preciosa usando un vestido que Sebastián nunca había visto. Órale, estás preciosa. Ese vestido es nuevo. Sí, me lo compré esta semana. Gasté un dinero que no tenía, pero quería estar bonita para ti hoy.
