No solo salvó la vida de un niño, salvó su propia alma. descubrió que la mayor riqueza que una persona puede poseer no reside en lo que tenemos, sino en lo que nos atrevemos a dar. Un poco de tiempo, un poco de confianza, un abrazo protector. Y quizás la mayor lección que esta historia deja atrás es esta.
En un mundo ruidoso y escéptico, a veces debemos aprender a calmarnos, a dejar de lado nuestros prejuicios y a escuchar verdaderamente las voces más débiles. Porque la verdad que buscamos puede no encontrarse en lugares elevados, sino oculta en el susurro de un niño.
