Una semana después, Antonela llegaba a la mansión de Las Lomas de Pachuca. Era un palacio de mármol y cristal, imponente, perfecto y absolutamente frío. El eco de sus pasos resonaba en los pasillos vacíos. No había juguetes, no había colores, no había vida. Era un mausoleo dedicado a la memoria de una mujer ausente y al dolor de un hombre presente.
—Es… muy grande —dijo Antonela, apretando su pequeña maleta. —Es su casa —respondió Santiago, cargando al bebé que, en cuanto estuvo en brazos de su padre, comenzó a inquietarse de nuevo—. Por favor, tómelo. Con usted está en paz.
Los primeros meses fueron una transformación lenta pero imparable. Antonela no solo cuidó al bebé, a quien Santiago finalmente nombró Mateo —”regalo de Dios”, como sugirió ella—, sino que comenzó a cuidar la casa y, sin darse cuenta, el alma de su patrón.
La mansión, antes silenciosa, empezó a llenarse de olores. El aroma a canela y café de olla por las mañanas, el olor a mole poblano y tortillas recién hechas al mediodía. Antonela tarareaba canciones de cuna que rebotaban en las paredes de mármol, suavizando las aristas de aquella vida rígida.
Pero las noches seguían siendo difíciles. No para Mateo, que dormía plácidamente en el cuarto contiguo al de Antonela, sino para Santiago.
Una madrugada, a las tres de la mañana, Antonela escuchó el llanto. No era el llanto agudo de un bebé, sino el sollozo grave y ahogado de un hombre. Se puso su bata y caminó hacia la habitación principal. La puerta estaba entreabierta. Santiago estaba sentado en el borde de la cama, sosteniendo un retrato de Esperanza, con la cabeza gacha, sacudido por el dolor.
—Señor… —dijo ella suavemente desde el umbral.
Santiago se sobresaltó y trató de limpiarse las lágrimas rápidamente, avergonzado. —Antonela, disculpe, no quería despertarla.
—No pida perdón por sentir, señor. El dolor hay que dejarlo salir para que no se pudra adentro.
Ella entró y se sentó a una distancia prudente. Esa noche, por primera vez, el gran empresario se derrumbó frente a su empleada. Le habló de Esperanza, de sus sueños rotos, del miedo paralizante de no saber ser padre. Y Antonela, con su sabiduría de mujer que ha caminado por el infierno y ha vuelto, lo escuchó.
—Yo perdí a mi Diego y pensé que me moría —le confesó ella, mirando la luna a través del ventanal—. Pero entendí que nuestros muertos no quieren vernos sufrir. Ellos quieren que vivamos por ellos. Su esposa querría que usted viera crecer a Mateo con una sonrisa, no con lágrimas.
—¿Cómo lo hace, Antonela? ¿Cómo tiene tanta paz después de haber perdido tanto? —preguntó él, mirándola como si fuera un oráculo.
—Porque el amor no se muere, don Santiago. Solo cambia de lugar. Todo ese amor que tenía para mi Diego, ahora se lo doy a su Mateo. Y eso me sana.
Esa conversación rompió la barrera invisible entre patrón y empleada. Se convirtieron en un equipo. Santiago empezó a llegar más temprano del trabajo solo para bañar a Mateo. Empezó a reír de nuevo. Empezó a vivir.
El tiempo pasó volando. Mateo cumplió un año, y la fiesta que Antonela organizó fue una mezcla de dos mundos: mariachis y gente elegante, piñatas y champán. Pero lo más importante fue ver a Santiago en el suelo, gateando con su hijo, con una camisa arremangada y una sonrisa que le llegaba a los ojos.
Fue un par de meses después, cuando Mateo comenzó a balbucear sus primeras palabras, que el destino dio su siguiente giro.
Estaban en el jardín. Mateo perseguía una mariposa, tambaleándose sobre sus piernitas regordetas. Santiago y Antonela lo miraban desde una banca. —Papá… —dijo el niño, corriendo hacia Santiago. El hombre lo abrazó, radiante.
Luego, el niño se soltó y corrió hacia Antonela. Extendió los brazos y, con una claridad cristalina, pronunció la palabra que hizo que el tiempo se detuviera: —Mamá.
Antonela se quedó helada. Miró a Santiago con pánico, temiendo haber cruzado un límite, temiendo que él se ofendiera por usurpar el lugar de Esperanza. —Yo… yo no le enseñé eso, señor, se lo juro —balbuceó ella, con lágrimas en los ojos.
Santiago se puso de pie y se acercó a ella. No había enojo en su rostro, solo una emoción profunda y una gratitud infinita. —Él sabe, Antonela. Los niños no mienten. Usted es su mamá. Usted lo salvó. Usted nos salvó a los dos.
—Pero señor… Esperanza…
—Esperanza nos envió a usted. Estoy seguro.
Fue en ese momento de vulnerabilidad y verdad absoluta cuando Santiago se dio cuenta de lo que había estado sintiendo desde hacía meses, pero no se atrevía a nombrar. No era solo gratitud. No era solo dependencia.
Esa tarde, sin embargo, la burbuja amenazó con romperse. Un hombre anciano, de aspecto humilde y desgastado, apareció en la reja de la mansión. Mateo, curioso, señaló hacia él. —¡Abuelo! —gritó el niño, usando una palabra que había aprendido de los cuentos.
Antonela se acercó y palideció. Era Evaristo, su padre. El hombre que la había abandonado a los quince años, dejándola a su suerte cuando su madre murió. El hombre cuyo abandono había desencadenado la serie de eventos que la llevaron a perder a su propio hijo por falta de recursos.
