MILLONARIO ANGUSTIADO: SU BEBÉ NO PARA DE LLORAR EN EL HOSPITAL HASTA QUE UNA DESCONOCIDA INTERVIENE

El llanto era un sonido que desgarraba el alma, un aullido agudo y constante que resonaba por los pasillos estériles del piso de maternidad en el Hospital General de Pachuca. No era un llanto de hambre, ni de dolor físico; era el sonido puro de la soledad, un lamento que parecía venir de un lugar mucho más profundo que los pequeños pulmones de un recién nacido de apenas dos días.

Santiago Díaz, un hombre acostumbrado a tener el control, se encontraba de pie junto a la cuna de acrílico transparente, completamente derrotado. Su traje de seda italiano, habitualmente impecable, estaba arrugado, y su rostro, marcado por la sombra de una barba de tres días, reflejaba una desesperación que ninguna cantidad de dinero en sus cuentas bancarias podía aliviar. Era el dueño de medio Pachuca, un empresario temido y respetado, pero en esa habitación blanca y fría, se sentía el ser más inútil sobre la faz de la tierra.

—Por favor, hijo… por favor, cálmate —susurraba Santiago, con la voz quebrada, mientras sus manos temblaban al intentar acariciar la pequeña manita cerrada en un puño de furia.

Las enfermeras entraban y salían, turnándose en una danza inútil de consuelo. Habían revisado todo: temperatura, cólicos, pañales. El diagnóstico médico era un cruel “está perfectamente sano”, pero el diagnóstico del corazón decía otra cosa. El bebé lloraba como si supiera que había llegado a un mundo donde le faltaba lo más esencial. Le faltaba ella. Esperanza.

La muerte de su esposa durante el parto había sido un golpe del que Santiago no sabía si podría levantarse. Se había ido en medio de una hemorragia incontrolable, dejándole una promesa por cumplir: “Cuida a nuestro bebé, amor”. Y allí estaba él, fallando en la primera y única tarea que importaba.

—Tu mamá sabría qué hacer… ella tenía magia en las manos —le dijo al bebé, sintiendo cómo una lágrima caliente rodaba por su mejilla.

El doctor Martínez, un hombre de ciencia, miraba la escena con impotencia. —Don Santiago, a veces los bebés perciben el estrés, el dolor… quizás él extraña el latido de su madre tanto como usted.

Aquellas palabras, aunque ciertas, cayeron como plomo sobre la conciencia de Santiago. ¿Y si su propia tristeza estaba envenenando a su hijo? El llanto continuó, hora tras hora, volviéndose parte de la atmósfera, un recordatorio constante de la tragedia.

En el pasillo, ajena al mundo de los millonarios y los trajes de seda, caminaba Antonela Méndez. Había ido al hospital a visitar a su tío Joaquín, llevando consigo una bolsa con tacos de canasta y el olor a maíz y hogar. Antonela era una mujer sencilla, de manos curtidas por el trabajo doméstico y ojos que guardaban una tristeza antigua, una herida que había cicatrizado pero que nunca había dejado de doler.

Al pasar cerca de la sección de neonatos, se detuvo en seco. Ese llanto. No era un llanto cualquiera. Le atravesó el pecho como una flecha invisible, despertando ecos de un pasado que intentaba olvidar.

—Ay, Diosito santo… ese angelito está sufriendo mucho —murmuró, llevándose una mano al pecho.

Se quedó paralizada, escuchando. Veinte minutos pasaron. La gente iba y venía, pero nadie lograba detener aquel sonido de angustia. Antonela cerró los ojos y, por un instante, no estuvo en el hospital; estuvo ocho años atrás, junto a la cama de su pequeño Diego, su único hijo, a quien una neumonía le había arrebatado cuando apenas tenía seis meses. Recordaba ese tono, esa necesidad imperiosa de consuelo. Su instinto maternal, que creía dormido y enterrado bajo capas de resignación, despertó con una fuerza volcánica.

—Diego… ¿eres tú quien me llama? —pensó, sintiendo un escalofrío.