“Con ese dinero abrí una pequeña tienda de ropa de segunda mano en Mazatlán. Fue mi refugio. Trabajé día y noche. Después la vendí, invertí lo poco que había ganado… y por primera vez, la vida me sonrió.”
“Ese coche, esa ropa… nada de eso me define. Pero había algo que tenía que devolverte antes de poder seguir adelante.”
Dentro del sobre, junto a la carta, había otro papel, gris.
Lo abrí.
Un cheque.
Por 4,800,000 pesos.
Y una nota más pequeña:
“No es solo el dinero. Es mi forma de decirte que tu bondad me salvó la vida. Sin ti, no estaría aquí. Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hizo.”
El mundo pareció detenerse.
Todos miraban, pero yo solo la veía a ella.
Con los ojos llenos de lágrimas, Camila sonrió.
—Lo siento, Mariana. Tenía que devolvértelo en el día más feliz de tu vida… para que el mío por fin tuviera sentido.
Nos abrazamos.
Lloramos.
