Mi mejor amiga me pidió prestados 480,000 pesos y desapareció. Tres años después apareció en mi boda conduciendo un coche de seis millones de pesos… y lo que encontré en su sobre me dejó sin aliento.

Mi mejor amiga me pidió prestados 480,000 pesos y desapareció. Tres años después apareció en mi boda conduciendo un coche de seis millones de pesos… y lo que encontré en su sobre me dejó sin aliento.

Nos conocimos en la UNAM, en Ciudad Universitaria. Éramos dos chicas sin un peso, venidas de pueblos pequeños: ella de Veracruz, yo de Michoacán. Compartíamos un departamento húmedo y diminuto en Copilco, sobreviviendo a base de sopas instantáneas y carcajadas para espantar la nostalgia de casa.

 

Se llamaba Camila Rojas.
Era mi mejor amiga. De esas con las que compartes el último café sin llevar cuentas, sin pensar en el mañana.

Después de la universidad, la vida nos jaló por caminos distintos, como siempre pasa. Yo conseguí un trabajo estable como contadora en Ciudad de México. Camila aceptó un puesto de ventas en Monterrey. Seguíamos en contacto de vez en cuando: hablábamos de deudas, rupturas, comidas quemadas… hasta que una noche recibí su mensaje.

“Mariana, necesito pedirte dinero prestado. Mi papá está muy grave del corazón. El techo de la casa se cayó con la tormenta. Por favor. Te lo devuelvo en un año.”

No lo pensé ni un segundo.
Para mí, ella era familia.