**Mi hijo me encontró pidiendo limosna frente a un supermercado — “Papá, recibes más de 200 mil pesos al mes… ¿qué estás haciendo aquí?”

Óscar, mi yerno, se apoyó en el marco con una sonrisa ensayada que desapareció al ver a Luis.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó.

Luis me acompañó dentro y luego lo miró fijamente. No levantó la voz. No hizo gestos bruscos. Sacó su celular, lo guardó en el bolsillo con la cámara hacia afuera y se quitó la chamarra con calma.

Óscar lo notó. Sus ojos fueron a mis moretones, luego al rostro de Luis. Algo calculador cruzó su expresión. Siempre fue bueno para eso: leer el ambiente y acomodar la historia.

—¿Dónde está Mariana? —preguntó Luis. Mi hija. La razón por la que guardé silencio tanto tiempo.

—No está —respondió Óscar.

Luis asintió.

—Entonces hablemos claro. Quiero la cartera de mi padre, su tarjeta y su celular. Ahora.

Óscar soltó una risa falsa.

—Se le pierden las cosas. Ya sabes cómo son los mayores.

—Inténtalo de nuevo —dijo Luis, sin perder la calma.

Yo estaba detrás de él, con la vergüenza aplastándome el pecho. El miedo te enseña a hacerte pequeño.

—Estás haciendo un escándalo —dijo Óscar.

—No —respondió Luis—. Lo estoy terminando.

Luego se volvió hacia mí.

—Papá, ¿alguna vez autorizaste a Óscar a manejar tu pensión?

—No.

—¿Firmaste algo?

—No.

—¿Te ha lastimado?

Dudé. La mirada de Óscar fue una advertencia silenciosa. Luis esperó.

—Sí —susurré—. Más de una vez.

Luis lo miró.

—¿Escuchaste?

Óscar rió nervioso.

—Está confundido.

Luis sacó el teléfono.

—Esto está grabado. Y la policía viene en camino.

La puerta se abrió.

Mariana entró con comida en las manos. Sonreía… hasta que vio el ambiente.

—¿Qué pasa?