—Elena, amor, yo…
—No —lo interrumpí—. No me llames así.
Por primera vez en años… yo tenía poder.
La caída
El proceso no lo inicié yo.
Lo inició el banco.
Auditorías, préstamos personales disfrazados, movimientos irregulares. El proyecto se vino abajo. Las cuentas fueron congeladas.
Yo me reconstruía en silencio, paso a paso, con fisioterapia diaria.
Cada paso era una victoria.
Cuando Víctor pidió verme, fui con mi abogada.
—Te estás vengando —me dijo, derrotado.
Lo miré con calma.
—No. Me estoy liberando.
Tres meses después, el juez dictó sentencia:
Divorcio inmediato.
Reparto de bienes favorable a mí.
Compensación económica por negligencia conyugal.
Y una frase que jamás olvidaré:
—El matrimonio no es una empresa. Y una esposa no es un activo depreciable.
Víctor bajó la cabeza.
Yo salí caminando sola.
Reconstrucción
Me mudé a un departamento pequeño en Coyoacán.
Volví a escribir.
Volví a respirar.
Gabriel nunca cruzó límites.
Cafés tranquilos. Conversaciones largas. Silencios cómodos.
—¿Por qué te quedaste ese día en el hospital? —le pregunté una tarde.
—Porque reconocí el miedo —respondió—. Y prometí no volver a mirar hacia otro lado.
El final que merecía
Seis meses después fundé la Fundación Elena Cruz, para mujeres abandonadas médicamente por sus parejas.
El primer donativo fue anónimo.
Reconocí la letra.
Sonreí.
Un año después, subí una colina sin ayuda.
Sentí el viento.
El suelo firme.
Y entendí algo que nadie volverá a quitarme:
No soy una inversión.
No soy un riesgo.
No soy un error contable.
Soy una mujer que sobrevivió.
Que eligió.
Que volvió a caminar hacia su propia vida.
Y esta vez…
nadie más decide mi valor
