—Estoy rechazando una extorsión —respondió Víctor—. No me llamen a menos que se esté muriendo.
Sus pasos se alejaron seguros, como los de un hombre que acaba de cerrar un trato exitoso.
Las lágrimas corrieron hacia mis sienes.
No solo me había abandonado.
Me había depreciado.
El doctor entró furioso a la habitación… sin saber que alguien más había escuchado todo desde la sala de espera.
Gabriel San Juan, el otro involucrado en el accidente sobre el Periférico Sur, seguía sentado allí, con el brazo en cabestrillo. No se había ido.
Sus ojos oscuros estaban fijos en el pasillo por donde Víctor había desaparecido.
Y en su mirada… algo peligroso acababa de despertar.
Porque Víctor no sabía que acababa de firmar su propia caída…
El hombre que escuchó
Gabriel no era nadie para mí.
Eso creía.
Habíamos intercambiado apenas unas palabras tras el choque: nombres, un “¿estás bien?”, silencio incómodo. A él lo dieron de alta esa mañana. A mí no.
—Lo escuché todo —dijo el doctor Navarro cuando cerró la puerta—. Pero sin autorización…
—No hace falta —susurré—. Ya entendí.
El doctor dudó, bajó la voz:
—Hay… otra opción. No oficial. Pero costosa.
La puerta se abrió de nuevo.
—Yo pagaré la cirugía.
Gabriel estaba de pie. Pálido. Decidido.
—¿Perdón? —balbuceó el médico.
—Tengo los fondos —dijo Gabriel—. Cuatro millones de pesos. Hoy.
Lo miré, aterrada.
—No puede hacer eso —le dije—. Usted no me conoce.
—Sí la conozco —respondió con calma—. Sé que su esposo acaba de condenarla. Y sé que eso no es justo.
—No hay garantías —insistió el doctor.
—La hay —dijo Gabriel—. Que ella tenga una oportunidad.
La verdad que lo cambió todo
La cirugía duró ocho horas.
Cuando desperté, el dolor era brutal… pero podía sentir mis piernas.
Había funcionado.
Víctor no apareció.
Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Tres días después volvió al hospital.
No por mí.
—Vengo por mi reloj —le dijo a la enfermera—. Un Audemars Piguet. Debe estar en la mesita.
Entró a la habitación con arrogancia… y se quedó congelado.
Yo estaba sentada.
Y junto a la ventana estaba Gabriel.
—Hola, Víctor —dijo con educación—. Tenemos que hablar de Puerto Vallarta.
Mi esposo perdió el color del rostro.
—¿Tú quién eres?
—El hombre que decidió que tu esposa sí valía la inversión —respondió Gabriel—.
Y también el socio mayoritario de San Juan Infraestructura, la empresa que acaba de absorber tu proyecto.
Por cierto… ya revisamos tus cuentas. Están muy mal.
Víctor balbuceó.
