Mi esposo se negó a pagar la cirugía que podía salvarme de la parálisis… y al llamarme mercancía defectuosa, firmó su propia caídaNunca pensé que mi matrimonio

TERMINARÍA EN UN HOSPITAL PÚBLICO DE LA CIUDAD DE MÉXICO, ENTRE PAREDES BLANCAS, OLOR A CLORO Y UN SILENCIO QUE PESABA MÁS QUE EL DOLOR.

Me llamo Elena Cruz, tengo cuarenta y dos años, y estaba inmovilizada en una cama del Hospital General de México Dr. Eduardo Liceaga cuando escuché a mi esposo decidir cuánto valía mi vida… como si fuera una inversión fallida.

La puerta no estaba completamente cerrada. Desde la camilla, escuché la voz firme y calculadora de Víctor Krelman, mi marido desde hacía dieciséis años.

—¿Cuatro millones de pesos? —repitió—. ¿Ese es el costo real?

El doctor Navarro, neurocirujano de guardia, respondió con un tono cansado pero profesional:

—Es una cirugía urgente. Si no se realiza en menos de doce horas, el daño en la médula será irreversible. Su esposa quedará paralizada.

Apreté los dedos contra la sábana. Esperé escuchar miedo. Amor. Al menos preocupación.

Pero lo que llegó fue algo mucho peor.

—Es demasiado riesgo —dijo Víctor con frialdad—. ¿Y si pago todo eso y aun así termina en silla de ruedas? ¿Cuál sería el retorno?

El aire se me fue del pecho.

—Estamos hablando de su esposa, señor —respondió el médico, perdiendo la paciencia—. No de un negocio.

—Mire, doctor —bajó la voz, pero el pasillo amplificó cada palabra—. Tengo problemas de liquidez con un desarrollo inmobiliario en Puerto Vallarta. No voy a tirar dinero bueno tras dinero malo. No pagaré por una esposa rota.
Si queda paralizada, adaptamos la casa. Sale más barato. Solo denle analgésicos.

El silencio que siguió fue insoportable.

—¿Está rechazando la cirugía? —preguntó el doctor.