—¡Sara! —gritó—. No tengo tiempo. Agarra a nuestra hija y sal inmediatamente.
No discutí.
No pude.
Caminé rápido por la sala, forcé una sonrisa que me dolió en la cara y cargué a Emma, que tenía seis años.
—Vamos al baño —le dije a Mariana, tratando de sonar normal.
Ella asintió, distraída, ocupada acomodando platos desechables.
Pero en lugar de ir al pasillo, me fui directo a la puerta principal.
—¿Mamá? —susurró Emma, pegando su carita a mi cuello—. ¿Qué pasa?
—Nada, mi amor —le dije, con las manos temblándome mientras abría la puerta—. Vamos a dar una vuelta.
Apenas cruzamos el umbral, lo escuché.
Sirenas.
No una ni dos.
Muchas.
Demasiadas.
Sonaban a lo lejos, pero cada segundo estaban más cerca. Me quedé paralizada en el porche, sintiendo cómo el miedo me subía desde los pies.
—Mamá… —Emma se aferró a mi cuello con fuerza.
Entonces los vi. Camionetas negras sin placas avanzaban a toda velocidad desde ambos lados de la calle. Patrullas detrás, con las torretas rojas y azules iluminándolo todo como si fuera de día. Los vecinos salían de sus casas, en pijama, señalando, sin entender nada.
Mi celular vibró otra vez. Daniel.
—¿Ya saliste? —preguntó, con una urgencia que me heló la sangre.
—Sí —susurré—. ¿Qué está pasando?
—Súbete al coche. Cierra con seguro. Aléjate de la casa. No te detengas por nada, ¿me oyes?
Corrí.
Acomodé a Emma en su asiento infantil, luchando con el cinturón porque las manos no me obedecían. Cuando arranqué, miré por el retrovisor.
La policía rodeaba la casa de mi hermana. Agentes armados bajaban de las patrullas gritando órdenes, apuntando hacia la entrada.
Entonces vi algo que me heló la sangre.
No estaban buscando a una persona.
Buscaban algo dentro de la casa…
Lo que descubrí después cambió mi vida para siempre… Parte 2.
