No corrió. No podía. Caminó rápido a su manera, con las caderas rígidas, las uñas sonando en el asfalto. Y cuando llegó, me empujó la pierna con el hocico, fuerte, insistente, como diciendo: “tardas”.
—Hola, campeón —susurré.
Me agaché y le acaricié detrás de la oreja. Él soltó un gemido pequeño, de alivio, y apoyó la cabeza en mi rodilla como si fuera lo más normal del mundo.
Miguel se quedó mirando la escena, y vi cómo se le aflojaba la cara.
—¿Ve? —dijo—. Conmigo no hace eso.
No supe responderle sin que se me rompiera la voz.
—Yo… yo no tengo mucho —dije al fin, casi como una disculpa—. Trabajo muchas horas. Vivo en un piso pequeño. Y él es mayor.
Miguel me miró con una seriedad tranquila.
—Mi madre también era mayor. Y usted hizo que estuviera mejor que mucha gente joven.
Eso me dejó sin argumentos.
Nos quedamos un rato allí, los tres, como si el tiempo hubiera decidido ser amable por primera vez en semanas.
Luego Miguel carraspeó.
—Mire… yo no quiero llevarme a Toby a un sitio donde lo traten bien “en teoría” pero donde nadie sepa su nombre. Él no necesita un lugar. Necesita… un jueves.
Miré al perro. Toby me miró como se mira a alguien que ya ha decidido.
Y en ese instante entendí una cosa sencilla: doña Carmen no me estaba pidiendo que devolviera nada. Me estaba dejando continuar.
—Me lo quedo —dije.
Miguel exhaló, como si hubiese estado aguantando el aire desde el funeral.
—Gracias.
—No me dé las gracias —respondí—. Ya me las dio ella.
Esa misma tarde, Miguel subió a casa y bajó con una caja. Dentro estaba el cuenco de Toby, una correa gastada, una manta, y un paquetito con la letra de doña Carmen.
—Esto lo dejó preparado —dijo.
Abrí el paquetito en casa, más tarde, cuando Toby ya estaba echado en mi salón como si siempre hubiera sido suyo.
Era un collar viejo, de cuero, con una plaquita sencilla. No ponía nada heroico. Solo: TOBY. Y un número de teléfono tachado con boli, como si ya no sirviera.
Debajo había una nota pequeñita.
“Para que no se pierda. Y para que usted no se olvide.”
Lloré sin ruido. Toby levantó la cabeza, me miró un momento y volvió a apoyar el hocico, confiado, como quien dice: “ya está”.
Pasaron las semanas. El coche sonaba mejor. Yo también, de alguna manera.
Toby tuvo días buenos y días torcidos. Había mañanas en que se levantaba lento y otras en que parecía recordar que todavía era perro.
Yo seguí repartiendo. Seguía siendo un puntito en un mapa para mucha gente. Pero ya no me daba igual, porque sabía que, a veces, detrás de un pedido hay una vida entera intentando no desordenarse por dentro.
Un jueves, a las diez, me desperté solo porque Toby se levantó antes. Fue hasta la puerta, despacio, y se quedó allí, esperando.
Me quedé quieto con el corazón encogido. Porque entendí que él también tenía su ritual, su reloj secreto.
Cogí la correa.
—Vale, compañero. Vamos.
Salimos. No fuimos a la casa de doña Carmen, porque ya no era su casa. Pero caminamos hasta la calle, hasta el banco donde ella se sentaba en verano, según me había contado una vez, sin querer contarme.
Me senté con Toby a mi lado. El sol era pequeño, tímido, pero estaba.
Saqué del bolsillo dos euros. Los mismos de siempre. Los había guardado de aquel último día, sin saber por qué, como un amuleto.
Los miré un segundo. Luego los dejé en el suelo, junto a la pata del banco, como quien paga una deuda simbólica al mundo.
No para comprar nada. No para hacer espectáculo. Solo para cerrar el círculo con el mismo gesto con el que empezó todo.
Toby apoyó el hocico en mi muslo. Yo le acaricié la cabeza, y por un momento sentí que doña Carmen estaba allí, recta, orgullosa, mirando de reojo para comprobar que nadie se estaba humillando.
—Tranquila —murmuré—. Aquí nadie agacha la cabeza.
Toby suspiró. El aire olía a pan de verdad, a calle húmeda y a primavera llegando tarde.
Y entendí, por fin, que mi mentira no había sido una mancha. Había sido un puente.
Un puente entre dos desconocidos que necesitaban lo mismo y no sabían pedirlo: un poco de calor, sin vergüenza.
Ese jueves, por primera vez en meses, sonreí de verdad. Y Toby, como si lo hubiera estado esperando desde noviembre, movió la cola despacio, diciendo con todo el cuerpo:
“Aquí seguimos.”
