Me senté con las manos juntas, como un crío delante del director.
—Yo no sabía su apellido —dijo—, pero mi madre hablaba de usted como si fuera… como si fuera de la casa.
Se me apretó la garganta.
—Yo solo traía cosas.
Miguel sonrió muy poco.
—No. Usted hacía algo más difícil. Usted le permitía seguir siendo ella.
Me quedé mirando el suelo, porque cuando alguien te dice una verdad tan limpia, lo primero que te sale es bajar la mirada.
Él sacó un papel del bolsillo. Era una de las notas de su madre, doblada en cuatro.
—Me pidió que le diera las gracias sin hacer drama —dijo—. Y que le entregara ese dinero “para que el chico no se me quede tirado en una cuneta”.
Tragué saliva otra vez.
—No hace falta… De verdad. Yo no lo hice por…
—Lo sé —repitió—. Y aun así, ella quería que lo tuviera. Era su manera de… equilibrar el mundo. Mi madre era de esas.
El silencio entre nosotros se llenó de doña Carmen, sin necesidad de nombrarla más.
Entonces Miguel se frotó la cara con la mano, como quien intenta borrarse el cansancio.
—Hay otra cosa.
Me miró a los ojos, por primera vez de verdad.
—Toby no está bien.
El nombre del perro me golpeó como un sonido familiar en una calle desconocida.
—¿Qué le pasa?
Miguel suspiró.
—Come, pero poco. Pasea, pero sin ganas. Por la noche se queda mirando la puerta. Y cuando oye una moto o un coche, se levanta como si fuera a llegar alguien.
Sentí un pinchazo en el pecho. Me imaginé esas uñas sobre el suelo, despacio, buscando un timbre que ya no sonaba.
—Está… triste.
—Está solo —corrigió Miguel—. Y yo… yo vivo lejos. Trabajo. Tengo niños. En casa no quieren un perro viejo. He intentado llevármelo estos días, pero… —se le escapó una risa amarga— parece que el que estorba soy yo.
No supe qué decir. Porque entendí lo que estaba diciendo sin decirlo: que el perro, igual que su madre, tenía su orgullo y su costumbre.
Miguel miró alrededor, a las cajas, a la casa que ya no era casa.
—Mi madre dejó escrito algo más —dijo—. Dijo que, si algún día Toby se quedaba sin ella… “que se lo quede el chico de los jueves”. Así lo puso.
Me quedé helado.
—Eso no…
Miguel levantó una mano, pidiendo calma.
—No es una obligación. No quiero cargarle nada. Solo… tenía que decírselo, porque ella lo dejó claro. Y porque Toby… Toby ya le ha elegido.
Noté que se me humedecían los ojos, y me dio rabia. No por tristeza, sino por esa sensación de que la vida a veces te devuelve una cosa bonita y no sabes dónde ponerla.
—¿Puedo verlo? —pregunté.
Miguel asintió.
—Está en el coche. No lo quise dejar solo en un hotel. Le da miedo.
Salimos. El aire estaba frío, pero ya no era el frío de noviembre: era un frío que empezaba a rendirse. Como si el invierno estuviera agotado de tanto apretar.
Miguel abrió la puerta trasera del coche. Yo solo vi una sombra dorada, un hocico canoso, y esos ojos buenos.
Toby se quedó quieto un segundo. Luego olfateó el aire, y su cuerpo hizo una cosa que me rompió en dos: se incorporó con esfuerzo, como si le doliera todo… pero aun así.
Y vino hacia mí.
