Al final me crucé con el vecino, el mismo que me lo dijo todo en la calle.
—¿Eres el repartidor? —preguntó, y en su voz ya no había duda, solo una especie de respeto.
Asentí.
—El hijo vino otra vez ayer —dijo—. Está en el piso de su madre, recogiendo cosas. Si quieres… puedo decirle que estás aquí.
Tragué saliva. No sabía ni qué quería exactamente. ¿Perdón? ¿Explicación? ¿Cerrar algo que no sabía cerrar?
—Solo… dígale que Álvaro. Que llegaba los jueves a las diez.
El vecino me miró como se mira a alguien que ha trabajado a la intemperie.
—Se lo digo.
Volví al coche y esperé. Me sentía ridículo, sentado como un adolescente antes de un examen, mirando el volante como si pudiera darme una respuesta.
El teléfono sonó media hora después. Número desconocido.
Contesté con el corazón acelerado.
—¿Álvaro? —dijo una voz de hombre, cansada, un poco rota—. Soy Miguel… el hijo de doña Carmen.
Me quedé sin aire un segundo. Era como si, al decir “hijo”, todo lo demás se ordenara en mi cabeza.
—Sí. Soy yo.
Hubo un silencio corto, de esos que pesan. Luego él habló con la garganta cerrada.
—Mi madre dejó… muchas notas. Algunas me hicieron reír. Otras me dejaron sentado.
Me aclaré la voz.
—Yo no quería…
—Lo sé —me cortó, sin dureza—. Precisamente por eso llamo. ¿Puede usted… venir un momento? Estoy en la casa.
Fui andando hasta la puerta, aunque había aparcado cerca. Necesitaba que el cuerpo llegara despacio para que la cabeza no explotara.
Miguel abrió antes de que tocara. Tendría cuarenta y tantos, barba de dos días, ojos hinchados de dormir mal. Llevaba una chaqueta buena, pero arrugada, como si no hubiera tenido tiempo de ser “él” desde que todo pasó.
—Gracias por venir —dijo.
Entré. Olía igual que siempre: jabón, madera, algo de sopa antigua. Y, por debajo, un olor nuevo: cajas de cartón.
En el salón había bolsas, álbumes, ropa doblada. Y en una esquina, una manta vieja que yo reconocí, la que un día “el sistema” había metido por error.
Miguel me señaló una silla.
—Siéntese, por favor.
