Mentí a una anciana todos los jueves durante seis meses, mirándola a la cara.-NANA

—No tiene que pagar nada. —Encogí los hombros y miré el móvil como si tuviera diez paradas más—. Es solo… para que no se desperdicie.

Doña Carmen miró el pollo. Luego a Toby, detrás de sus piernas, moviendo la cola despacio. Luego a mí.

Por un segundo vi la pelea en sus ojos: el orgullo contra el hambre.

Pero mi mentira le daba una salida digna: no estaba aceptando ayuda; estaba evitando un desperdicio. Estaba “arreglando” un problema.

Soltó un suspiro, como enfadada con el mundo.

—Vaya desorden… —murmuró, y cogió las bolsas.

Y así empezó nuestro ritmo.

Cada jueves el “error” se volvía un poco más generoso. A veces fruta. A veces un trozo de queso. A veces avena. Una vez, unas vitaminas. Otra, una mantita, porque la vi frotarse las manos como quien enciende cerillas.

Ella refunfuñaba contra la app y “estas cosas automáticas”. Y yo refunfuñaba con ella. Era nuestro idioma secreto, una manera de hablar de lo importante sin nombrarlo.

Los otros días trabajaba más para poder pagar mis jueves. Mi coche empezaba a sonar raro, pero lo iba dejando. Porque el ruido de mi coche me parecía menos urgente que su abrigo puesto dentro de casa.

Seis meses.

Y un jueves… nada.

Sin aviso. Sin pedido.

Esperé. Actualicé la pantalla. Miré el reloj. Y al final fui igual.

En su puerta había una cajita para llaves. Y en el jardín, un cartel: SE VENDE.

Se me heló algo por dentro.

El vecino estaba fuera. Le pregunté. Dudó, como si estuviera midiendo si yo tenía derecho a ponerme triste.

—Falleció hace tres días —dijo al fin—. Durmiendo. Tranquila. Vino el hijo y lo arregló todo. Se llevó al perro.

Volví a casa con un hueco en el pecho. No era familia. No era amigo. Era solo el repartidor que tocaba el timbre.

Al día siguiente me llegó una carta. Sobre grueso. Aspecto oficial. Remitente: un despacho de abogados.

Dentro había una nota.

Para el repartidor del “fallo”,