Mentí a una anciana todos los jueves durante seis meses, mirándola a la cara.-NANA

Llevaba un abrigo de lana… dentro de casa. Cuello subido. Las manos algo rojas. Y estaba más delgada, como si el invierno ya hubiera empezado a recortar.

Me dio los dos euros. La mano temblaba un poco, pero la barbilla seguía arriba.

—¿Solo el pienso hoy, doña Carmen? —pregunté, intentando sonar normal.

—Esta semana no tengo hambre. —dijo, seca, casi ofendida. Y después, un segundo más tarde—: Toby tiene que comer.

En la entrada, sobre una mesita, había un pastillero. Vacío. Al lado, un papel con números y días. Yo hice como si no lo viera. Pero mi cabeza hizo lo que hace cuando algo duele demasiado: empezó a sumar.

Comida. Calor. Medicinas. Perro.

Y cuando no puedes pagar todo, eliges el amor.

Volví al coche, lo arranqué… y me quedé quieto un momento. No porque tuviera tiempo. Porque entendí que si intentaba ayudarla de frente, me cerraría la puerta. Su independencia era su última muralla.

Así que hice lo único que podía funcionar con alguien como ella.

Inventé un “error”.

El jueves siguiente pasé por el supermercado antes de la ruta. Cogí su saco de pienso. Y con mi dinero —el que necesitaba para mi coche— añadí cosas sencillas: huevos, leche, patatas, manzanas, algo de verdura, un pollo asado. Y una bolsa de agua caliente.

Lo pagué todo normal. Sin trucos. Sin historias raras. Solo yo, mi tarjeta y un nudo en la garganta.

Cuando llegué, le puse las bolsas en la mano. Notó el peso, miró dentro y se le endureció la cara.

—Yo no he pedido esto. Te has equivocado. Llévatelo.

Puse mi mejor cara de repartidor cansado y con prisa.

—No puedo. Hoy el sistema marca cosas mal. Si me lo llevo, luego me piden que lo tire. Y a mí me da rabia tirar comida. Si se lo queda, me hace un favor.

Cruzó los brazos.

—Yo no voy a pagar nada.