El Nuevo “Palacio”
¿A dónde se va una familia que lo perdió todo y que tiene el crédito destrozado? A donde pueden. Mis investigadores me enviaron la dirección de su nuevo hogar. Ya no era Bosques de las Lomas. Ni siquiera era la Roma o la Condesa. Terminaron en un departamento de interés social en una unidad habitacional cerca del aeropuerto. De esos “huevitos” de 45 metros cuadrados donde escuchas al vecino estornudar a través de la pared .
Imagínense a Doña Elena, la mujer que necesitaba un vestidor de 30 metros para sus zapatos, viviendo en un lugar donde la sala, el comedor y la cocina son la misma habitación. Sin servicio doméstico. Sin chofer. Sin aire acondicionado.
Me contaron que la primera noche, Elena tuvo un ataque de pánico porque vio una cucaracha en la cocina. —¡Gregorio, haz algo! —gritó. —¡Cállate, mujer! —le contestó él, por primera vez en su vida perdiendo la paciencia—. ¡Mata tú al bicho, yo estoy cansado!
La dinámica de poder había cambiado. El dinero era el pegamento que mantenía unida a esa familia tóxica. Sin dinero, se empezaron a comer entre ellos como ratas en un barco que se hunde.
Gregorio: El “Gerente”
Don Gregorio, el gran empresario, tuvo que buscar trabajo. A sus 60 años, con una reputación destruida y demandas por fraude, nadie en el círculo empresarial lo quería tocar. Se volvió un leproso corporativo.
Pero tenía que comer. Consiguió trabajo en una pequeña empresa de venta de repuestos genéricos para autos en una zona industrial. ¿Su puesto? Gerente de Ventas Junior . Tenía que checar tarjeta a las 8:00 AM. Tenía un jefe de 25 años que le gritaba frente a todos. —¡A ver, Goyito, muévete! ¡Esas refacciones no se venden solas! ¡Si no llegas a la cuota, te vas a la calle!
Lo vi un día, desde la ventana polarizada de mi limusina, esperando el camión bajo el sol, con el traje brilloso de lo gastado y comiéndose una torta envuelta en papel aluminio. Se veía viejo. Se veía acabado. La arrogancia se le había escurrido junto con su cuenta bancaria.
Elena: La Cenicienta al Revés
Doña Elena fue la que peor lo llevó. Sus amigas de la alta sociedad, esas con las que tomaba el té y criticaba a los pobres, la bloquearon de WhatsApp en cuanto salió la noticia del embargo. Se quedó sola. Sin boutiques, sin dinero y con una demanda penal por robo que mis abogados mantenían viva como una espada de Damocles sobre su cabeza, Elena vivía encerrada en ese departamento minúsculo .
Tenía que lavar su propia ropa. Tenía que trapear el piso. Tenía que cocinar. Y lo odiaba. Se pasaba los días llorando, viendo telenovelas en una tele vieja, recordando cuando era “alguien”. La demanda por el robo de mis joyas avanzó. Para no ir a la cárcel, tuvo que llegar a un acuerdo: servicio comunitario. La gran señora Cantú ahora pasaba sus fines de semana barriendo parques públicos con un chaleco naranja fosforescente. La humillación era pública y absoluta.
Natalia: #LadyFraudulenta
Natalia intentó resurgir. Pensó que el internet olvidaba rápido. Intentó abrir un canal de YouTube nuevo bajo un seudónimo, dando consejos de “belleza low cost”. La descubrieron en tres horas. La horda de internet cayó sobre ella como pirañas. “¿No es esta la racista que odia a los pobres?” “Ahora sí usas productos baratos, ¿verdad? El karma es canijo.”
Nadie la contrataba. Ni para modelo, ni para recepcionista, ni para edecán. Su cara estaba asociada con la crueldad y el fraude. Se convirtió en un meme nacional. “Quedar como Natalia” se volvió una frase popular para referirse a alguien que pierde todo por presumida .
Terminó trabajando de incógnito en un call center, contestando quejas de clientes enojados todo el día, usando un nombre falso para que no la reconocieran por la voz.
Braulio: El Príncipe Mendigo
Y finalmente, mi ex esposo. Braulio. El golpe para él fue doble: perdió su dinero y perdió su hombría al descubrir que fue engañado por una estafadora profesional. Se divorció de Casandra en cuanto pudo, pero el daño estaba hecho . Vivía en el sofá del departamento de sus padres porque no cabía otra cama. Todas las noches escuchaba a su madre llorar y a su padre roncar.
¿Su trabajo? Repartidor de aplicación . Sí. El “Licenciado Cantú” ahora andaba en una moto vieja, con una mochila cuadrada en la espalda, entregando hamburguesas y pizzas a la gente que antes eran sus vecinos. Más de una vez le tocó entregar comida en las oficinas de Grupo Valenzuela. Mis recepcionistas tenían instrucciones de tratarlo con “amabilidad distante”. Lo vieron dejar pedidos en la recepción, bajando la cabeza para que nadie lo reconociera, con el casco puesto para ocultar la vergüenza.
—Aquí tiene su pedido —decía, con voz apagada. —Gracias, joven —le respondían, sin mirarlo. Era un fantasma. Un “nadie”. Justo lo que él me dijo que yo era.
Casandra: La Jaula de Oro (Falso)
¿Y la dulce Casandra? Ah, ella estaba en un lugar especial. El Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla. No salió bajo fianza. Sus crímenes eran demasiados: fraude, falsificación de documentos oficiales, usurpación de identidad . Además, nadie pagó su fianza. Los Cantú no tenían dinero y sus “ex novios” estafados se unieron a la demanda colectiva.
Me contaron que la “Barbie” no la estaba pasando bien adentro. Sin sus extensiones, sin sus uñas postizas y sin sus cremas caras, Casandra se veía como lo que realmente era: una delincuente común. Tenía que trabajar en la lavandería del penal para comprar jabón y papel de baño. Se le acabó el cuento de hadas. Ahora su realidad eran los barrotes y el pase de lista a las 6:00 AM.
Mientras tanto, en la Cima…
Mientras ellos se revolcaban en el lodo que ellos mismos crearon, yo volaba. Literalmente. Estaba en mi jet privado, revisando la última edición de la revista Forbes México.
En la portada, una foto mía. Salía de medio perfil, con mi traje blanco, mirando al horizonte con seguridad. El titular decía: “LA PRESIDENTA MISTERIOSA: CÓMO XIMENA VALENZUELA SURGIÓ DE LA NADA PARA LIDERAR UN IMPERIO DE 2.3 BILLONES” .
El artículo hablaba de mi visión, de mis estrategias agresivas pero justas, de cómo había saneado las finanzas del grupo en tiempo récord. No mencionaba a los Cantú por nombre, solo decía que había “eliminado activos tóxicos”. Me reí al leer esa parte. Sí, eran muy tóxicos.
Luna estaba sentada en el asiento frente a mí, jugando con una muñeca. Estaba sana, preciosa, con sus mejillas rosadas y sus ojos brillantes . Le había dado la vida que merecía. Tenía las mejores nanas, los mejores médicos, y sobre todo, tenía una madre que la amaba y que movería montañas por ella.
Ese mes, firmé un cheque por 10 millones de dólares. Fue una donación a una red de refugios para mujeres maltratadas y madres solteras. Lo hice en nombre de mi madre. Y en nombre de la Ximena que lloró en la banqueta . Quería asegurarme de que ninguna mujer tuviera que soportar lo que yo soporté solo por no tener a dónde ir.
El video de seguridad de la mansión seguía circulando. 50 millones de vistas. Se convirtió en un símbolo. La gente lo usaba para hablar de karma, de justicia divina, de abuso de poder. Los rostros de los Cantú se volvieron sinónimos de “gente mala”. En la calle, si alguien se portaba prepotente, le decían: “No seas un Cantú” .
Habían perdido su dinero, sus casas y su libertad. Pero lo peor es que habían perdido su nombre. Su apellido, que tanto cuidaban, ahora era un insulto.
Miré por la ventanilla del avión. Las nubes se veían esponjosas y blancas abajo. Sentí una paz profunda. No era solo la satisfacción de la venganza. Era la tranquilidad de saber que el ciclo se había roto. Mi hija nunca sería una víctima. Mi hija sería una reina. Y yo… yo era la tormenta que limpió el camino para ella.
Pero la historia no termina aquí. Porque cuando llegas a la cima, te das cuenta de que el aire es diferente, y que mantenerte ahí requiere más fuerza que llegar. Los Cantú estaban acabados. Pero el mundo de los negocios es una selva llena de otros depredadores. Solo que ahora, yo era la leona más grande de la manada.
CAPÍTULO 8: La Corona de Cicatrices y el Nuevo Amanecer
Han pasado seis meses desde que los Cantú fueron desalojados de su falsa realidad. Seis meses desde que el martillo de la justicia cayó sobre sus cabezas. En el mundo de los negocios, medio año es una eternidad; imperios caen y nacen otros nuevos. Pero en el mundo del alma, seis meses es apenas el primer respiro después de haber estado ahogándose por años.
Hoy es el primer cumpleaños de Luna.
No hicimos una fiesta ostentosa de esas que salen en las revistas de sociales, llenas de gente hipócrita que solo va por el champagne gratis. No. Lo celebré en el jardín de mi nueva casa en Valle de Bravo, rodeada de bosque, lago y silencio. Solo estábamos las personas que realmente importan: el Licenciado Herrera (que ya es como un abuelo para mí), mis nanas de confianza, un par de nuevos amigos sinceros que no saben cuánto dinero tengo en el banco, y por supuesto, mi hija.
Ver a Luna intentar soplar la vela de su pastel, con sus manitas llenas de betún y esa risa chimuela, me hizo darme cuenta de algo fundamental: Ganar no se trata de ver a tus enemigos destruidos. Ganar se trata de ser tan feliz que se te olvide que existen.
