ME HUMILLARON Y ME TIRARON A LA CALLE BAJO LA LLUVIA CON MI BEBÉ RECIÉN NACIDA: NO SABÍAN QUE MI ABUELO ME ACABABA DE DEJAR LA FORTUNA QUE DESTRUIRÍA SU DINASTÍA PARA SIEMPRE

Había desmembrado al patriarca. Ahora seguía la matriarca.

Caminé despacio hacia Doña Elena. Ella, que acababa de despertar de su desmayo, se abanicaba con una mano temblorosa, intentando recomponer esa máscara de altivez que había llevado puesta toda su vida. Pero la máscara estaba rota. El maquillaje se le había corrido por las lágrimas del susto, dejándole surcos negros en las mejillas que la hacían ver como una payasa trágica.

—Elena —dije, suavemente, casi con cariño. Ella levantó la vista, esperanzada. Quizá pensó que la Ximena sumisa todavía existía en algún lugar. —Ximena… tú sabes que yo siempre quise lo mejor para ti… lo de la mansión fue un momento de locura… estábamos estresados…

Solté una risa corta, seca. —¿Estrés? —pregunté—. ¿Llamas estrés a arrastrar a una recién operada por el piso? No, Elena. Eso se llama crueldad. Y la crueldad tiene un precio.

Tomé otro documento de la pila y lo dejé caer frente a ella. El papel golpeó la madera con un sonido definitivo. —Tus boutiques, “Elena’s Collection”. —¿Q-qué pasa con ellas? —tartamudeó—. Ya sé que están clausuradas, pero mis abogados están arreglando eso… es solo un malentendido con Protección Civil.

—No hay ningún malentendido. Y tus abogados no pueden hacer nada porque el dueño del inmueble no quiere negociar. Me incliné sobre la mesa, invadiendo su espacio vital. —Yo soy la dueña de los centros comerciales, Elena. Y acabo de rescindir tus contratos de arrendamiento. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. —No puedes hacer eso… tengo derechos… la ley… —La ley dice que si no pagas renta en seis meses, te vas a la calle. Estás desalojada. Efectivo hoy. Ahorita mismo, mientras hablamos, mi equipo de seguridad está sacando tus trapos chinos a la banqueta .

Elena se llevó las manos al pecho. —¡Es mi patrimonio! ¡Es mi vida! —No, Elena. Tu vida era aparentar. Y hay algo más. Hice una señal a mi abogado, que estaba parado discretamente en la esquina. Él se acercó y le entregó una notificación judicial con sellos rojos.

—¿Te acuerdas de las joyas de mi madre? —le pregunté, bajando la voz a un susurro peligroso—. Esos aretes de perla y el relicario que desaparecieron el día que me echaron. Elena tragó saliva. Miró de reojo a Natalia. —Yo… yo no sé de qué hablas… seguramente los perdiste tú, eras muy descuidada…

—Mentira —corté tajantemente—. Tengo el video de seguridad de Natalia sacándolos de mi bolsa y dándotelos a ti. Y tengo el recibo de la casa de empeño “Monte de Piedad” donde los llevaste dos días después. Elena se puso pálida, de un color grisáceo enfermizo. —Te estoy demandando por robo calificado y daño moral. La demanda es por 5 millones de pesos. Y dado que no tienes dinero… mis abogados van a pedir prisión preventiva .

—¡No! —gritó, perdiendo la compostura—. ¡A la cárcel no! ¡Soy una señora respetable! ¡Gregorio, haz algo! Gregorio ni siquiera la miró. Estaba demasiado ocupado viendo cómo su propia vida se iba por el caño. —Disfruta tu vejez, Elena. Dicen que en Santa Martha Acatitla el frío es peor que el de la tormenta donde me tiraste .

Me giré hacia Natalia. La “influencer” estaba encogida en su silla, tratando de hacerse invisible. —Y tú, cuñadita. Natalia saltó en su asiento. —Yo no hice nada… solo grabé… fue una broma… —¿Una broma? —repetí—. Humillar a una mujer sangrando y a un bebé recién nacido para ganar likes… ¿eso es tu concepto de humor?

Caminé hasta quedar detrás de su silla. Puse mis manos sobre sus hombros y sentí cómo temblaba. —Querías ser famosa, ¿no? Querías que todo el mundo te viera. Pues lo lograste. Eres tendencia mundial. Pero no por tu belleza, sino por tu podredumbre. —Ya perdí mis seguidores, Ximena. Ya me cancelaron. ¿Qué más quieres? —gimió ella.

—Quiero que trabajes. De verdad. Ella frunció el ceño, confundida. —Pero… la agencia de modelos… —Ah, sí. La agencia. Esa donde te creías la dueña y señora, donde tratabas mal a las maquillistas y a las asistentes. Me acerqué a su oído. —Compré la agencia la semana pasada, Natalia. Soy la dueña de “Glitz Models” .

Natalia se giró para mirarme, horrorizada. —¿Eres mi jefa? —Era. Porque estás despedida. —¡No puedes despedirme! ¡Tengo contrato! —Leí tu contrato. Hay una cláusula de moralidad. “Cualquier conducta que dañe la imagen de la agencia es motivo de despido inmediato sin liquidación”. Sonreí. —Grabar un abuso doméstico y subirlo a redes califica como daño a la imagen, ¿no crees? Estás fuera. Y me voy a encargar de vetarte en cualquier otra agencia del continente. Vas a tener que buscar un trabajo de verdad. Tal vez McDonald’s esté contratando .

Natalia rompió a llorar, sollozos infantiles de alguien que nunca ha escuchado un “no” en su vida.

Finalmente, llegué a él. Braulio. El hombre con el que compartí mi cama, mis sueños y mi cuerpo. El hombre que juró protegerme. Estaba mirando la mesa, con los puños apretados. —Braulio —dije. Él levantó la vista. Había lágrimas en sus ojos. Por un segundo, vi al hombre del que me enamoré. —Xime… —su voz se quebró—. Por favor… sé que la regué. Sé que fui un cobarde. Pero me obligaron. Mi mamá, mi papá… me amenazaron con desheredarme.

—¿Y por eso me tiraste a la calle? —pregunté, sin emoción—. ¿Por dinero? —Me dijeron que la niña no era mía… me mostraron la prueba de ADN… yo estaba confundido, estaba dolido… Intentó agarrar mi mano. Me aparté como si tuviera una enfermedad contagiosa .

—La prueba era falsa, Braulio. Y tú lo sabías en el fondo. Sabías que yo nunca te fui infiel. Pero era más fácil creerte la mentira para irte con la rubia rica, ¿verdad? Saqué un sobre amarillo. —Luna es tu hija. 99.9% de compatibilidad genética. Braulio soltó un sollozo y se tapó la cara. —Dios mío… mi hija… tengo una hija… quiero verla, Ximena. Por favor. Déjame verla.

—Nunca —sentencié. La palabra resonó como un disparo—. Abandonaste a tu hija de tres días en una tormenta de nieve. Casi muere de hipotermia por tu culpa. Perdiste todos tus derechos esa noche. Tiré los papeles de la custodia sobre la mesa. —Tengo la custodia completa. Un juez ya firmó la orden de restricción. Si te acercas a menos de 500 metros de ella, vas a la cárcel. No eres su padre. Eres solo el donante de esperma .

Braulio lloraba abiertamente ahora, mocos y lágrimas mezclándose en su cara hinchada. —Pero te amo… podemos arreglarlo… Casandra no significa nada… —Ah, qué bueno que mencionas a Casandra. Y qué bueno que dices que me amas. Tomé el control remoto de nuevo. —Porque tengo un último video para ti.

En la pantalla gigante apareció una grabación granulada. Era de hace tres años. Un bar universitario. Braulio estaba ahí, más joven, borracho, rodeado de sus amigos “mirreyes”. En el video, uno de ellos le decía: “A que no tienes huevos de casarte con la Ximena, la becada esa”. Y Braulio, mi Braulio, se reía y decía: “¿Cuánto apuestan? Por 100 mil bolas me caso con ella y la aguanto hasta que me aburra. Va a ser mi obra de caridad del año” .

La sala quedó en silencio otra vez. Braulio miraba la pantalla, pálido. —Ese video… —susurró—. ¿De dónde sacaste eso? —Tengo mis recursos. Y adivina qué, Braulio. Ese video se acaba de enviar a todos los noticieros de espectáculos y a las redes sociales. —No… por favor no… —El mundo entero va a saber que te casaste por una apuesta. Van a saber qué clase de hombre eres. Nadie va a querer hacer negocios contigo. Ninguna mujer decente se te va a acercar. Estás acabado socialmente .

Braulio se derrumbó. Se deslizó de la silla al suelo, hecho un ovillo, llorando como un niño pequeño. —Soy una basura… soy una basura… —repetía.

—Sí, lo eres —confirmé—. Pero nos falta una persona. La cereza del pastel. Miré mi reloj. —Debería estar pasando justo ahora.

Presioné un botón y la pantalla cambió de señal. Ahora mostraba un noticiero en vivo. Noticias de Última Hora. El reportero estaba parado afuera de un edificio de lujo en Polanco. El edificio donde vivía Casandra. En el cintillo inferior de la pantalla se leía: “ARRESTAN A ESTAFADORA INTERNACIONAL CANDELARIA THOMPSON, ALIAS ‘CASANDRA’” .

—¿Qué? —exclamó Doña Elena, mirando la tele—. ¿Casandra? En la imagen, se veía a la policía sacando a Casandra esposada. Ella gritaba, pataleaba, se le había caído una extensión de cabello. Y lo más impactante: en el forcejeo, uno de los policías la agarró de la cintura y su “panza de embarazo” se movió de lugar. Se le subió hasta el pecho. Era una almohadilla de silicón .

El reportero hablaba rápido: “…detenida por fraude múltiple, robo de identidad y falsificación de documentos. Se le acusa de estafar a empresarios fingiendo embarazos. Su nombre real es Candy Thompson, buscada en tres estados…” .

Braulio levantó la cabeza desde el suelo, viendo la pantalla con ojos vidriosos. —No estaba embarazada… —susurró—. Todo fue mentira… dejé a mi esposa y a mi hija por una mentira…

Me acerqué a él. Me agaché para quedar a su altura, pero sin tocarlo. —Me dijiste que yo no era nadie. Que era basura. Que ella era tu verdadera familia. Me enderecé, alisando mi traje blanco inmaculado. —Pues resulta que la “basura” ahora es dueña de un imperio de 2.3 billones de dólares. Y tu “reina” va camino al reclusorio .

Miré a los cuatro: Gregorio en shock, Elena llorando por sus joyas, Natalia despedida y Braulio destruido en el piso. —La basura no destruye dinastías, Braulio. Las reinas sí. Y ustedes… ustedes acaban de ser borrados del mapa.

Caminé hacia la puerta. Los guardias se apartaron para dejarme pasar. Me detuve en el umbral y me giré una última vez. —Tienen 10 minutos para salir de mi edificio. Si se tardan un minuto más, hago que los saquen a patadas y los tiren a la calle. Exactamente como me hicieron a mí.

Salí de la sala de juntas. Cerré la puerta detrás de mí. El silencio en el pasillo era glorioso. Caminé hacia mi oficina, donde mi hija me esperaba. Me sentía ligera. Me sentía libre. El monstruo había muerto.

CAPÍTULO 7: La Danza de las Ratas y el Departamento de Interés Social
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero ver la caída de tus enemigos es un banquete que se disfruta caliente, con palomitas y en primera fila.

Después de esa reunión en la torre de cristal, donde dejé a los Cantú temblando como hojas secas, el reloj de arena se rompió. No les di tregua. No hubo piedad. Cumplí cada una de mis amenazas con la precisión de un francotirador.

El tiempo de las palabras había terminado. Empezó el tiempo de los hechos.

Pasó un mes. Treinta días que para mí fueron de gloria y expansión, pero que para la familia Cantú fueron un descenso en espiral hacia el séptimo círculo del infierno .

Déjenme contarles cómo terminaron los “reyes” de la sociedad.

La Caída de la Casa Usher… digo, Cantú
El embargo de la mansión en Bosques de las Lomas fue el evento del año en el vecindario. Mis abogados no perdieron el tiempo. A las 48 horas exactas de que venciera el plazo de pago de los 50 millones de dólares (que obviamente no pagaron), los actuarios llegaron.

No llegaron solos. Llegaron con patrullas, cargadores y camiones de mudanza. Y yo… bueno, yo no estaba ahí físicamente, pero mis drones sí.

Las imágenes fueron poesía pura. Doña Elena salió arrastrada, aferrada al marco de la puerta como si fuera un gato al que intentan bañar. —¡Esta es mi casa! ¡Tengo derechos! ¡Llamen a la policía! —gritaba. —Señora, la policía soy yo —le contestó el oficial a cargo, entregándole la orden de desalojo—. Tiene cinco minutos para sacar sus efectos personales o se queda sin nada.

Ver a Don Gregorio cargar cajas de cartón con su ropa, sudando, con la camisa desabotonada y la dignidad por los suelos, fue impactante. Los vecinos, esos mismos a los que Elena despreciaba por tener coches “del año pasado”, salieron a sus balcones a grabar. El chisme estaba delicioso. —Miren, ahí van los Cantú. Dicen que deben hasta la risa. —Qué bueno, la señora era insoportable.

Sacaron todo. Los muebles de diseño, los cuadros (que resultaron ser copias baratas, qué vergüenza), las alfombras persas. Todo fue incautado para subasta pública para cubrir una fracción de la deuda .

Los Cantú se quedaron en la banqueta. Sí, en la misma banqueta donde me tiraron a mí. Con sus maletas de lujo (ahora llenas de ropa sucia) y sin saber a dónde ir. El karma es circular, y a veces, tiene un sentido del humor muy negro.