ME HUMILLARON Y ME TIRARON A LA CALLE BAJO LA LLUVIA CON MI BEBÉ RECIÉN NACIDA: NO SABÍAN QUE MI ABUELO ME ACABABA DE DEJAR LA FORTUNA QUE DESTRUIRÍA SU DINASTÍA PARA SIEMPRE

—Excelente. ¿Ha estafado a otros? —A tres empresarios antes de Braulio. Les saca dinero para “el bebé”, joyas, autos, y luego desaparece fingiendo un aborto espontáneo traumático. Es su modus operandi. —Vamos a destaparla. Pero no todavía ante Braulio. Quiero que la policía lo haga. —¿Cómo procedemos? —Hay una orden de aprehensión vigente en Nuevo León, ¿verdad? —Sí, por un fraude de dos millones de pesos a un ganadero. —Haz que la orden se reactive y se turne a la Ciudad de México. Quiero que la arresten en el momento más humillante posible. —Entendido .

El escenario estaba listo. Los Cantú se estaban desmoronando. Natalia estaba deprimida en su cuarto, sin redes sociales ni trabajo. Elena estaba histérica, peleando con abogados para salvar sus tiendas clausuradas. Braulio estaba estresado, con una amante que le exigía cada vez más dinero y un padre que le gritaba todo el día. Y Don Gregorio… ah, Don Gregorio. Él estaba recibiendo llamadas cada hora de sus acreedores (mis empleados), exigiendo pagos. Su única esperanza era la reunión con “Consorcio Global”. El contrato salvavidas.

Llegó el correo electrónico a la bandeja de entrada de Gregorio Cantú. Yo misma lo redacté, pero lo envió mi secretaria ejecutiva.

“Estimado Sr. Cantú: La CEO de Consorcio Global, Presidenta Valenzuela, ha aceptado reunirse con usted para discutir el posible contrato de proveeduría que salvaría a Kingston Industries. La cita es este viernes a las 10:00 AM en nuestra Torre Corporativa. Se requiere la presencia de toda la mesa directiva (su esposa, su hijo y su hija) para la firma de los acuerdos de confidencialidad. Atentamente, La Gerencia.” .

Vi, a través de las cámaras que todavía tenía hackeadas en la mansión Cantú, cómo celebraban al recibir el correo. Se abrazaron. —¡Nos salvamos! —gritó Gregorio—. ¡Este contrato vale millones! Elena, con los ojos rojos de llorar por sus tiendas, suspiró aliviada. —Gracias a Dios. Por fin una buena noticia. Esa nueva CEO debe ser una mujer inteligente, no como la gata esa de Ximena. —Ojalá —dijo Braulio, sirviéndose un whisky—. Ojalá esto arregle todo. —¿Y Ximena? —preguntó Natalia, revisando su celular inútil—. ¿Alguien sabe algo de ella? —Seguro está muerta en alguna zanja —dijo Elena con desdén—. O pidiendo limosna en el metro con esa niña. Ya nos libramos de ella . Casandra, acariciando su panza falsa, soltó una risita. —¿A quién le importa? Ella era una nadie. Un cero a la izquierda .

Miré la pantalla de mi laptop en mi oficina de cristal. Acaricié la cabeza de Luna, que jugaba en la alfombra con un sonajero de plata. —Disfruten su última noche de paz, familia Cantú —susurré—. Porque mañana van a conocer al Diablo, y trae tacones.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. La ciudad brillaba a mis pies. Ya no tenía miedo. Ya no tenía dudas. Estaba lista para el acto final. La reunión. El momento en que la “nadie”, la “gata”, la “basura”, entraría por la puerta grande y los aplastaría con el peso de 2.3 billones de dólares.

Mañana sería un buen día.

CAPÍTULO 5: El Desfile de los Condenados y la Silla Giratoria
La mañana del “Día D” amaneció gris y fría en la Ciudad de México, como si el clima supiera que iba a presenciar una ejecución. No una con armas, sino una ejecución corporativa y emocional.

Me desperté antes de que sonara la alarma. No había dormido mucho, pero no por insomnio, sino por pura adrenalina. Me sentía eléctrica. Me duché con agua helada para afilar los sentidos. Mientras el agua corría por mi espalda, repasé el plan una última vez. No podía haber errores. No podía tartamudear. No podía dejar ver ni una pizca de la Ximena que ellos conocían. Esa Ximena estaba enterrada. Hoy nacía el verdugo.

Entré a mi vestidor, una habitación que era más grande que el departamento donde viví de soltera. Elegí mi armadura con cuidado quirúrgico. Nada de vestidos florales. Nada de colores pastel. Escogí un traje sastre blanco impecable, de corte italiano, que costaba lo que Braulio ganaba en seis meses. El blanco es el color del luto en algunas culturas, pero hoy, para mí, era el color del poder absoluto. Representaba frialdad, perfección, intocabilidad .

Me peiné el cabello hacia atrás, engominado, severo, sin un solo pelo fuera de lugar. Maquillaje minimalista: piel de porcelana, delineador negro afilado y los labios… los labios de un rojo sangre profundo, casi vino. Me miré al espejo. No me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada parecía hecha de acero y diamantes. Parecía alguien con quien no te metes si valoras tu vida. —Perfecto —murmuré. Me puse el reloj de mi abuelo, un Patek Philippe vintage de oro blanco, y salí del penthouse.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la familia Cantú vivía su propia realidad distorsionada.

Llegaron a la Torre Valenzuela en Paseo de la Reforma a las 9:45 AM. Yo los estaba viendo desde las cámaras de seguridad del lobby en mi iPad mientras bebía un espresso en mi oficina del piso 45.

Daban pena. Verdaderamente, daban lástima.

Don Gregorio, el hombre que siempre se jactaba de sus trajes ingleses a la medida, traía puesto un traje gris que claramente era viejo. Le quedaba grande en los hombros y apretado en la cintura; se notaba que había perdido peso por el estrés de las deudas, pero la hinchazón del alcohol barato lo delataba. Se veía desgastado, con la piel ceniza .

Doña Elena… ay, mi querida ex suegra. La mujer que criticaba mis zapatos. Hoy traía un conjunto Chanel que había visto tiempos mejores, probablemente de hace tres temporadas. Pero lo peor eran las joyas. Desde mi pantalla de alta definición, el brillo de su collar era demasiado plástico. Era bisutería. Había tenido que empeñar las joyas reales para pagar abogados y mantener las apariencias. Se veía nerviosa, tocándose el cuello constantemente, con ese tic que le daba cuando las cosas no salían como ella quería .

Natalia era un espectro. Llevaba gafas oscuras gigantes dentro del edificio, intentando ocultar las ojeras de no dormir y la vergüenza de haber sido cancelada nacionalmente. Caminaba encorvada, arrastrando los pies, lejos de la postura de modelo que presumía antes. Se veía sucia, descuidada, derrotada .

Y Braulio. Mi “esposo”. El padre de mi hija. Se veía terrible. Tenía la cara hinchada, los ojos inyectados en sangre. Claramente estaba crudo. La camisa blanca estaba arrugada y mal fajada. Casandra no estaba con ellos (claro, la amante no entra a las juntas de negocios serias), así que él se veía como un niño perdido sin su juguete nuevo .

Se acercaron a la recepción. La recepcionista, instruida por mí, los miró con una ceja levantada, sin sonreír. —Tienen cita —dijo, no preguntó. —Sí, señorita —respondió Gregorio, intentando sonar importante, pero su voz tembló—. Con la Presidenta del Consejo. Somos los dueños de Industrias Kingston.

—Identificaciones —pidió ella, seca. Gregorio se ofendió. —¿Sabe quién soy? —Sin identificación no suben. Protocolo de seguridad.

Tuvieron que sacar sus INE como cualquier mortal. La humillación empezaba en la planta baja. —Piso 45. Sala de Juntas A. Tienen 5 minutos. Si llegan tarde, la Presidenta cancela.

Corrieron hacia los elevadores. Vi cómo se amontonaban en la cabina de cristal. —Compórtense —siseó Elena, acomodándose el saco—. Esta es nuestra única oportunidad. Si logramos este contrato, pagamos las deudas y volvemos a ser quienes éramos. —¿Creen que la CEO sea difícil? —preguntó Braulio, aflojándose la corbata. —Es una mujer —dijo Gregorio con su machismo habitual—. Seguro le gustan los halagos. Tú sonríele, Braulio. Usa ese encanto que usaste con… bueno, tú sabes. —Ojalá no sea una vieja amargada —murmuró Natalia.

—Cállense —ordenó Elena—. Y por lo que más quieran, no mencionen el escándalo de Natalia ni… ni lo de Ximena. Aquí venimos como una familia respetable. —Gracias a Dios esa gata ya no está —dijo Elena, persignándose con hipocresía—. Imagínense el estorbo que sería tenerla aquí. Seguro ya se murió de hambre o está en algún albergue de mala muerte . —Ojalá —dijo Braulio—. Me ahorraría el trámite del divorcio .

En mi oficina, apreté el puño. —No tienes idea, infeliz —susurré—. El trámite del divorcio va a ser el menor de tus problemas.

El elevador se abrió en el piso 45. Era un piso de poder puro. Todo era cristal, acero cromado, obras de arte moderno y vistas panorámicas de la ciudad que te robaban el aliento. Mis asistentes los guiaron por el pasillo. Ellos miraban todo con envidia, calculando cuánto costaba cada mueble. —Por aquí —dijo mi asistente principal, abriendo las puertas dobles de la sala de juntas.

Entraron. La sala era inmensa. Una mesa de caoba negra de diez metros de largo dominaba el centro. Los ventanales de piso a techo mostraban el Ángel de la Independencia abajo, chiquito como un juguete. El aire acondicionado estaba fuerte, frío, diseñado para mantener a la gente alerta e incómoda.

Yo estaba ahí. Pero no me vieron la cara. Estaba sentada en la cabecera de la mesa, en la silla presidencial de piel negra, dándoles la espalda. Miraba hacia la ciudad, sosteniendo una pluma Montblanc entre los dedos, golpeando rítmicamente el descansa brazos .

—Buenas días —dijo Gregorio, carraspeando, tratando de proyectar seguridad—. Señora Presidenta, es un honor. Soy Gregorio Cantú. No contesté. Seguí mirando por la ventana. El silencio se alargó. Uno, dos, tres, diez segundos. El silencio es una herramienta de tortura si sabes usarla. Ellos empezaron a ponerse nerviosos. Escuché los tacones de Elena moverse inquietos. —Disculpe… —intentó Braulio—. ¿Nos escucha?

Dejé pasar cinco segundos más. —Siéntense —dije. Mi voz salió distorsionada levemente por la acústica del respaldo alto de la silla, pero era firme, gélida. Escuché cómo arrastraban las sillas y se sentaban, confundidos por mi falta de cortesía.

—Señora… —empezó Elena—, traemos una propuesta que… —Sé a qué vienen —interrumpí, todavía de espaldas—. Vienen a pedir limosna. Vienen porque deben 50 millones de dólares y el banco les va a quitar hasta los calzones mañana si no consiguen mi firma.

Se quedaron mudos. —¿Cómo… cómo sabe eso? —balbuceó Gregorio. —Yo lo sé todo, Gregorio. Sé que tus cuentas están en ceros. Sé que hipotecaste la casa de tu madre. Sé que tus “joyas” son de fantasía, Elena. Y sé que tu “carrera”, Natalia, se acabó por ser una racista en internet.

El pánico en la sala era palpable. Podía oler su miedo. —¿Quién es usted? —preguntó Braulio, con voz temblorosa. Se estaba dando cuenta de que algo andaba muy, muy mal.

Giré la silla. Lentamente. Como en las películas, pero mejor, porque esto era real. El mecanismo giratorio funcionó suavemente hasta que quedé frente a frente con ellos.

Crucé las piernas y entrelacé los dedos sobre la mesa, clavándoles la mirada. —Hola, familia —dije con una sonrisa que no llegaba a mis ojos .

La reacción fue instantánea y deliciosa. Don Gregorio se puso blanco como el papel, como si hubiera visto a un fantasma. Se agarró el pecho y se hundió en la silla, boqueando . Natalia soltó un grito ahogado y se tapó la boca con las manos, los ojos saliéndosele de las órbitas. Braulio… Braulio se quedó congelado, con la boca abierta, incapaz de procesar lo que veía. Su cerebro hizo corto circuito .

Pero Doña Elena… ella fue la mejor. Sus ojos rodaron hacia atrás. —No… no puede ser… —susurró. Y se desmayó. Se desplomó sobre la mesa de caoba y luego resbaló hacia el suelo con un golpe seco .

—¡Mamá! —gritó Natalia, agachándose para ayudarla. Braulio se levantó de un salto. —¡Ximena! —gritó, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿Qué haces aquí? ¡Seguridad! ¡Saquen a esta loca de aquí! ¡¿Cómo entraste?!

Solté una carcajada. Una carcajada sonora, limpia, poderosa. Presioné un botón en el intercomunicador. —Seguridad, entren. Dos guardias armados entraron y se pararon frente a las puertas, bloqueando la salida. No venían por mí. Venían a asegurarse de que nadie saliera .

—Siéntate, Braulio —ordené. —¡Tú no me das órdenes! ¡Eres una gata! ¡¿Te acostaste con el jefe para entrar aquí?! —Braulio estaba histérico, rojo de ira y confusión.

Me puse de pie. Alcé la barbilla y proyecté la voz como me había enseñado mi entrenador. —¡DIJE QUE TE SIENTES! El grito retumbó en las paredes de cristal. Braulio, instintivamente, retrocedió y cayó sentado en su silla, asustado como un niño regañado.

Caminé lentamente alrededor de la mesa. Mis tacones resonaban: clac, clac, clac. —Para ti, y para todos ustedes, soy la Presidenta Valenzuela —dije, disfrutando cada sílaba—. Soy la dueña de este edificio. Soy la dueña de esta empresa. Y, desgraciadamente para ustedes, soy la dueña de sus vidas .

Doña Elena estaba despertando, ayudada por Natalia. —¿Ximena? —preguntó Elena con voz débil, mirando a su alrededor—. Tuve una pesadilla… soñé que la muerta de hambre era la jefa… Me detuve frente a ella. —No es un sueño, suegra. Bienvenidos a mi imperio.

Gregorio, recuperando un poco el color, intentó usar la lógica. —Esto es imposible… tú eres pobre… eres huérfana… —Era —corregí—. Resulta que mi abuelo no era un campesino cualquiera. Era Guillermo Valenzuela. ¿Les suena? Los ojos de Gregorio se abrieron tanto que pensé que se romperían. —¿Don Guillermo? ¿El magnate minero? —El mismo. Y me lo dejó todo a mí. 2.3 billones de dólares, Gregorio.

Me recargué en el borde de la mesa, mirando sus caras de terror. —Hace dos meses, en esta misma ciudad, ustedes me arrastraron por el piso. Me quitaron a mi hija. Me tiraron a la nieve como si fuera basura. Saqué un control remoto de mi bolsillo. —¿Se acuerdan? Porque yo me acuerdo cada noche. Pero por si se les olvidó algún detalle… les preparé una película.

Apunté a la pantalla gigante detrás de mí. El video comenzó a reproducirse. La calidad era 4K. Ahí estábamos. El salón de mármol. Yo gritando. Los guardias arrastrándome. La sangre en el piso. Natalia riéndose con el celular. Ellos tirándome a la calle. La bebé llorando en el aire .

La sala se llenó con los sonidos de mis propios gritos grabados. —¡Quítalo! —chilló Natalia, tapándose los oídos—. ¡Por favor quítalo! —¡No! —dije, subiendo el volumen—. Véanlo. Miren lo que hicieron. Miren la clase de monstruos que son.

El video terminó con el portazo en mi cara. La sala quedó en silencio absoluto. Doña Elena lloraba, pero no de arrepentimiento, sino de miedo . Gregorio temblaba. Braulio miraba la mesa, incapaz de levantar la vista.

—Bonita familia —dije sarcásticamente, apagando la pantalla—. Natalia, querías ser viral, ¿no? Bueno, felicidades. Ese video ya tiene 50 millones de vistas en Facebook y YouTube. Todo México los odia . —¡Tú arruinaste mi vida! —gritó Natalia. —Tú te arruinaste sola cuando decidiste ser cruel por diversión.

Tomé una carpeta de la mesa y la deslicé hacia Gregorio. Se deslizó suavemente por la caoba hasta detenerse frente a él. —Hablemos de negocios, Gregorio. —Ximena… por favor… somos familia… —empezó a suplicar él, sudando. —Cállate —le corté—. Abre la carpeta.

Lo hizo con manos temblorosas. —¿Qué es esto? —Son tus pagarés. Tus deudas bancarias. Tus créditos puente. Me acerqué a su cara. —Compré tu deuda, Gregorio. Toda. Me debes 50 millones de dólares. Y adivina qué… vencieron ayer. —Pe-pero… los bancos siempre dan prórrogas… —Yo no soy un banco —sonreí—. Soy tu verdugo. Tienes 48 horas para pagarme la totalidad. En efectivo. Si no lo haces, ejecuto la garantía. Me quedo con tu empresa, con tu casa, con tus coches y hasta con los cuadros falsos que tienes en la sala .

Gregorio empezó a hiperventilar. —No tenemos ese dinero… estamos en quiebra… —Lo sé. Por eso

CAPÍTULO 6: La Caída de los Falsos Dioses y el Eco de la Vergüenza
La sala de juntas olía a miedo. Era un olor agrio, metálico, que emanaba de los poros de las cuatro personas que alguna vez me hicieron sentir que no merecía respirar su mismo aire. Gregorio Cantú estaba hundido en su silla, balbuceando sobre prórrogas bancarias que no existirían. Pero yo apenas estaba empezando.