Los siguientes dos meses no fueron una recuperación; fueron un entrenamiento militar para el alma.
Me mudé a un penthouse en Santa Fe, uno de esos edificios inteligentes que parecen cuchillos de cristal cortando el cielo contaminado de la ciudad. El Licenciado Herrera se encargó de todo. La seguridad era impenetrable: guardias armados en el lobby, elevadores con lector de retina y un equipo de nanas certificadas que cuidaban a Luna como si fuera la realeza británica .
Mi rutina comenzaba a las 5:00 AM. Mientras la ciudad dormía, yo ya estaba en el gimnasio privado del departamento. No estaba haciendo yoga para relajarme. Estaba aprendiendo Krav Maga. Contraté a un ex instructor de las fuerzas especiales israelíes. —¡Golpea fuerte! —me gritaba mientras yo le pegaba al costal con los nudillos sangrando—. ¡Imagínate que te están arrastrando! ¡Imagínate que te quitan a tu hija! Y yo golpeaba. Bam. Bam. Bam. Cada golpe era para el guardia que me tiró. Para Braulio. Para Elena. Aprendí a usar mis codos, mis rodillas, a romper una nariz con la palma de la mano. Nunca, jamás en mi vida, volvería a sentirme indefensa. Nunca más permitiría que alguien me pusiera una mano encima sin perderla .
A las 8:00 AM, cambiaba los guantes de boxeo por los libros de finanzas. Mi abuelo me había dejado un imperio, pero un imperio sin un líder capacitado se desmorona en dos días. Yo había estudiado Diseño Gráfico, por Dios. No sabía nada de fusiones, adquisiciones, EBITDA o mercados bursátiles. Pero el odio es un excelente maestro. Me devoré libros de estrategia empresarial, leyes corporativas y negociación. El Licenciado Herrera y un equipo de asesores de la vieja escuela me daban clases intensivas de diez horas diarias. Aprendí a leer un balance general como si fuera una revista de chismes. Aprendí que en los negocios, al igual que en la selva, no sobrevive el más fuerte, sino el que ataca primero y sin hacer ruido .
Mi imagen también cambió. Un día, me paré frente al espejo de cuerpo entero. Mi cabello largo y ondulado, ese que a Braulio le gustaba porque me hacía ver “tierna”, me estorbaba. —Córtalo —le dije al estilista que vino a domicilio. —¿Segura, señora? Es muy drástico. —Córtalo. Quiero que cuando entre a una habitación, la gente sepa que no vengo a hacer amigos. Me dejó un bob asimétrico, afilado como una navaja, justo a la altura de la mandíbula. Tiré toda mi ropa vieja. Esa ropa “modesta” que usaba para no opacar a los Cantú. Llené mi closet de trajes sastres hechos a la medida: Hugo Boss, Armani, Carolina Herrera. Colores fríos: blanco hielo, gris acero, negro absoluto. Tacones de aguja de 12 centímetros que sonaban como martillazos de sentencia sobre el piso .
Cuando me miré al espejo dos meses después, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Tenía la piel perfecta gracias a los mejores dermatólogos, pero sus ojos… sus ojos eran duros. Eran los ojos de la Presidenta Valenzuela. —Estás lista —me dijo Herrera una mañana, mientras revisábamos la compra de unas acciones mineras. —Casi —respondí, ajustándome el saco blanco—. Ahora vamos por ellos.
La estrategia era simple: Asfixia lenta. No quería matarlos rápido. Quería que sufrieran. Quería que vieran cómo su mundo perfecto se desmoronaba ladrillo por ladrillo sin saber por qué.
—Empecemos con la deuda —ordené. Herrera asintió y puso los documentos sobre la mesa de cristal. —Hemos contactado a los tres bancos principales y a los dos prestamistas privados a los que Gregorio Cantú les debe dinero. —¿Cuál es el total exacto hoy? —Con intereses moratorios… 52 millones de dólares . Sonreí. Era mucho dinero para ellos. Para mí, era el cambio que traía en la bolsa. —Cómprala. Toda. Ofrece pagarles el 100% en efectivo hoy mismo si nos traspasan los derechos de cobro inmediatamente. Ningún banco va a rechazar eso. —¿Y cuándo ejecutamos el cobro? —preguntó Herrera, con la pluma lista. —Todavía no. Ahora soy la dueña de su aire. Puedo cortarles el oxígeno cuando yo quiera. Déjalos respirar un poco más… que se confíen .
Ahora, los objetivos blandos. Objetivo 1: Natalia Cantú. La cuñada que grabó mi humillación para tener likes. La que me robó las joyas de mi madre. Natalia vivía de su imagen. Se vendía como la “it girl” natural, la reina de la genética perfecta, vegana, espiritual y millonaria de nacimiento. —¿Qué tenemos sobre ella? —pregunté a mi jefe de inteligencia, un tipo que antes trabajaba para el CNI. —Todo, señora. Su historial médico es… extenso. Me pasó una tablet. Ahí estaba la verdad. Natalia no tenía 22 años como decía en sus redes; tenía 29. Su nariz “natural” había sido operada tres veces. Sus pómulos eran implantes. Se había hecho una lipoescultura hace seis meses (cuando dijo que se fue a un retiro espiritual en Bali). Y lo mejor: correos electrónicos filtrados donde hablaba pestes de sus propios seguidores. “Ay, qué asco tener que ir a ese evento de convivencia, odio que me toquen los pobres, huelen a metro”, decía uno de los correos.
—Hazlo viral —ordené. —¿En qué plataformas? —En todas. Twitter, TikTok, Instagram. Quiero que cuando despierte mañana, su teléfono esté explotando .
Esa noche, me serví una copa de vino tinto (un Vega Sicilia que costaba más que el sueldo anual de Braulio) y me senté a ver el espectáculo en mi iPad. Empezó a las 9:00 PM. Una cuenta anónima llamada “LaVerdadDeLaHigh” soltó las fotos. El “antes y después” era brutal. #NataliaFake #LadyPlástico #OdiaASusFans En una hora, era Tendencia número 1 en México. Los comentarios eran despiadados. La cultura de la cancelación en su máximo esplendor. “¡Mentirosa! Yo gasté mis ahorros en tus cremas y resulta que tú eres pura cirugía.” “Así que odias a los pobres, ¿verdad? Pues deja de pedirnos likes, racista.” “Qué oso, tienes casi 30 y te comportas como de 15.”
Vi cómo sus seguidores bajaban en tiempo real. 50 mil menos… 100 mil menos… medio millón menos. A la mañana siguiente, Natalia intentó hacer un “Live” llorando (con filtro, claro) para disculparse, diciendo que la habían hackeado. Fue peor. La gente notó que sus lágrimas eran falsas. Las marcas empezaron a pronunciarse. “L’Oréal rompe lazos con Natalia Cantú debido a comentarios discriminatorios.” “Adidas cancela contrato de embajadora.” En 24 horas, su carrera de influencer, su única fuente de ingresos y autoestima, estaba muerta .
Pero no había terminado con ella. —Licenciado Herrera, la agencia de modelos donde Natalia está firmada… “Glitz Models”. —Sí, señora. —¿Ya se cerró la compra? —Firmamos ayer. Usted es la dueña del 80% de las acciones a través de “Inversiones V”. —Perfecto. Llama al director. Dile que Natalia Cantú está despedida. Y que quiero que se lo digan en público, cuando llegue a la oficina a tratar de arreglar su desastre . Me contaron después que Natalia salió de la agencia gritando y llorando, con su caja de cosas, mientras las otras modelos se burlaban de ella. Justicia poética.
Objetivo 2: Doña Elena. La matriarca. La mujer que me miraba como si fuera basura. Su orgullo eran sus boutiques de ropa “exclusiva”, “Elena’s Collection”. Siempre presumía que traía la ropa de Milán y París. La realidad, que mis investigadores descubrieron en dos días, era que compraba saldos en China, les cambiaba la etiqueta por la suya y los vendía con un sobreprecio del 5000%. Eso era fraude al consumidor. Pero había algo más rápido para golpearla: Las normas de seguridad.
Sus locales estaban en plazas comerciales que pertenecían a Grupo Valenzuela (aunque ella no lo sabía). —Manda a los inspectores —instruí—. Protección Civil, Salubridad y Auditores Fiscales. Todos al mismo tiempo. —¿Bajo qué cargo? —Riesgo inminente. Quiero sellos de clausura en cada vitrina .
Ocurrió un martes a mediodía. Doña Elena estaba en su boutique principal de Antara, atendiendo a unas amigas de la alta sociedad, presumiendo como siempre. De repente, llegaron. Hombres con chalecos de “Protección Civil” y carpetas gruesas. —¿Quién es la responsable? —preguntó el inspector a voz en cuello. —Soy yo —dijo Elena, indignada—. ¿Y usted quién se cree que es para entrar así a mi tienda? ¡Salga ahora mismo o llamo a seguridad!
—Señora, venimos a realizar una inspección de emergencia. Tenemos reportes de violaciones al código de estructura, salidas de emergencia bloqueadas y plaga de roedores en la bodega. —¡Eso es mentira! —chilló Elena. Sus amigas empezaron a retroceder, horrorizadas. Los inspectores no perdieron tiempo. Encontraron (porque sabían dónde buscar) cables pelados, extintores caducados y, efectivamente, evidencia de insalubridad. —¡Clausurado! —gritó el jefe del operativo.
Sacaron las cintas amarillas. Esas cintas vergonzosas que dicen “SUSPENDIDO” en letras gigantes. Tuvieron que sacar a las clientas a la mitad de sus compras. Elena gritaba: —¡Saben quién soy yo! ¡Soy una Cantú! ¡Voy a hablar con el Alcalde! —Puede hablar con el Papa si quiere, señora, pero cierre su negocio. Le pegaron los sellos en los cristales impolutos. La gente que pasaba por el centro comercial se detenía a tomar fotos. Doña Elena Cantú, la gran dama, clausurada por cochina y peligrosa. Mis abogados, mientras tanto, redactaban las demandas de desalojo por falta de pago de renta. Seis meses de adeudo. La cláusula del contrato (que yo modifiqué sutilmente al comprar la plaza) permitía el desalojo inmediato y el embargo de la mercancía para cubrir la deuda .
En dos días, Elena perdió sus tres tiendas principales. Se quedó con bodegas llenas de ropa china que no podía vender y una reputación por los suelos. Le llegaron citatorios del SAT por evasión fiscal (cortesía de otra propina anónima mía). Estaba acorralada.
Objetivo 3: Casandra (alias “Candy”). La mujer que se metió en mi cama. La que dijo que mi hija no era de mi esposo. Resulta que Casandra no era ninguna niña rica de las Lomas. Mi investigador privado entró a mi oficina con una sonrisa de oreja a oreja. —Señora, esto es oro puro. —Sorpréndeme. —Su nombre real es Candelaria Thompson. Es de un pueblo en la frontera. Tiene antecedentes penales en Texas y Nuevo León por fraude, robo de identidad y extorsión . —¿Y el embarazo? —Falso. Completamente falso. Usa una prótesis de silicona de alta calidad, de esas que usan en el cine. Compra pruebas de embarazo positivas y ultrasonidos editados en el mercado negro de internet. —¿Y Braulio no se ha dado cuenta? —Braulio es un idiota, señora. Ella no deja que la toque “por riesgo al bebé”. Lo tiene manipulado .
