—¿Me estaban espiando? —pregunté, sintiendo un escalofrío. —Protegiendo, diría él. Don Guillermo la encontró hace un año. Quería acercarse, Ximena. De verdad quería. Pero le daba vergüenza. Quería esperar a que naciera su bisnieta para presentarse con un regalo de paz. Quería arreglar las cosas .
Herrera hizo una pausa y bajó la mirada. —Lamentablemente, el tiempo no perdona. Don Guillermo sufrió un infarto masivo hace cinco días. Falleció el mismo día que usted entró en labor de parto .
Cinco días. Mientras yo gritaba de dolor trayendo a Luna al mundo, mi abuelo, el hombre misterioso que nunca conocí, estaba muriendo solo en algún lugar. —Lo siento… —murmuré, sin saber muy bien qué sentir.
—No lo sienta todavía —dijo Herrera, y su tono cambió. Se volvió más profesional, más afilado—. Antes de morir, Don Guillermo sabía lo que estaba pasando con los Cantú. Sus investigadores le informaron de las infidelidades de Braulio, del maltrato de Doña Elena, de la situación precaria en la que la tenían viviendo. Él estaba furioso. Iba a intervenir.
Herrera empujó la carpeta hacia mí. —Don Guillermo cambió su testamento la semana pasada. Desheredó a sus primos lejanos, a las fundaciones benéficas, a todos. La nombró a usted, Ximena Valenzuela, como su única heredera universal .
—¿Heredera de qué? —pregunté, pensando que tal vez me había dejado una casa en el norte o algunos ahorros. Herrera me miró fijamente. —De todo. Grupo Valenzuela. Es un conglomerado que abarca minería, telecomunicaciones, bienes raíces en tres continentes, tecnología y la cadena hotelera más grande de Latinoamérica. Hizo una pausa dramática. —El valor neto de los activos, después de impuestos y deducciones, asciende a 2.3 billones de dólares .
El número flotó en el aire. Dos punto tres billones. No millones. Billones. Traté de hacer la conversión a pesos en mi cabeza y me mareé. Era una cantidad de dinero que no podía ni imaginar. Era dinero para comprar países pequeños. Y yo… yo no tenía ni para pagar el taxi ayer.
—Es una broma —dije, temblando. —No es una broma, Señora Presidenta —dijo Herrera, usando mi nuevo título por primera vez—. Y hay algo más.
Sacó un sobre color crema, sellado con lacre rojo. —Esto es para usted. Lo escribió la noche antes de morir.
Tomé el sobre. Mis manos, llenas de rasguños y moretones por la caída, mancharon un poco el papel impecable. Lo abrí. La letra era picuda, fuerte, pero temblorosa al final.
“Mi querida nieta Ximena, Si estás leyendo esto, es porque mi corazón por fin se rindió. Fallé con tu madre. Fui un viejo terco y estúpido, y dejé que mi orgullo me robara verla crecer. No voy a cometer el mismo error contigo. Sé con quién te casaste. Sé que estás rodeada de lobos. Los Cantú son gente pequeña con ambiciones grandes, y te han hecho sentir que no vales nada. Te dejo mi imperio no para que te compres cosas bonitas (aunque puedes hacerlo), sino para que tengas una espada y un escudo. La sangre Valenzuela no se arrodilla ante nadie. Nunca más permitas que te humillen. Toma lo que es tuyo. Protege a tu hija. Y enséñales a esos bastardos lo que pasa cuando despiertan al dragón. Con amor y arrepentimiento, Tu abuelo, Guillermo.”
Las lágrimas cayeron sobre el papel, mojando la tinta. “La sangre Valenzuela no se arrodilla”. Recordé a Doña Elena gritándome que me arrodillara. Recordé cómo me sentí: pequeña, basura, impotente. Y de repente, algo hizo clic dentro de mí. Como si se encendiera un interruptor en un cuarto oscuro. El miedo se evaporó. La tristeza se convirtió en combustible. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
Levanté la vista y miré a Herrera. Ya no veía a un viejito amable. Veía a un general esperando órdenes. —Licenciado —dije, y mi voz sonó diferente. Más grave. Más firme. —Dígame, Señora. —Cuénteme sobre los Cantú. Quiero saberlo todo. Sus finanzas, sus secretos, sus deudas. Todo .
Herrera sonrió. Una sonrisa depredadora que me gustó. —Me alegra que pregunte. Mi equipo ha estado trabajando toda la noche. Abrió otra sección de la carpeta. —Primero: La prueba de ADN que le mostraron en el hospital. Falsa. Completamente fabricada. Sobornaron a un técnico de laboratorio por cinco mil pesos. Tenemos la confesión grabada y la prueba real que confirma que Luna es hija biológica de Braulio Cantú al 99.9% .
Apreté los puños. Me habían robado la verdad para justificar su crueldad. —Segundo: El matrimonio. Braulio efectivamente hizo esa apuesta. Tenemos el video original de la noche de la fraternidad donde sus amigos se ríen y él acepta los 100 mil dólares por “casarse con la prole” . —Quiero ese video —dije. —Es suyo. —Tercero, y esto es lo más interesante… La situación financiera de los Cantú es crítica. Viven de crédito. Deben 50 millones de dólares a varios bancos y prestamistas privados. Sus activos están hipotecados hasta el cuello . —¿Están en quiebra? —Técnicamente, sí. Solo les queda una carta para salvarse. Don Gregorio ha estado intentando desesperadamente conseguir una cita con el CEO de “Grupo Valenzuela” para cerrar un contrato de proveeduría que salvaría su empresa .
Herrera me miró con una ceja levantada. —El CEO de Grupo Valenzuela… ahora es usted, Ximena. Una risa se me escapó. Una risa fría, oscura. Gregorio Cantú, el hombre que me tiró a la calle, estaba rezando por una reunión conmigo sin saberlo.
—Hay más —continuó Herrera, disfrutando el momento—. Las boutiques de moda de Doña Elena… están rentando locales en plazas comerciales que ahora son suyas. Llevan seis meses sin pagar renta. —¿Y Natalia? —La agencia de modelos “Estilo y Glamour”, donde Natalia “trabaja” (y digo trabaja entre comillas porque solo va a tomarse fotos), estaba en venta. La adquirimos esta mañana a través de una empresa fantasma subsidiaria. Usted es, técnicamente, la jefa de su cuñada .
Me recosté en la almohada, asimilando la información. El destino, o mi abuelo, me había puesto un arma cargada en las manos. Los Cantú dependían enteramente de mí para sobrevivir. Su casa, sus negocios, su reputación… todo estaba en la palma de mi mano. Y ellos creían que yo estaba muerta de frío en una banqueta.
—Licenciado Herrera —dije, mirando hacia la ventana donde la lluvia por fin había parado—. ¿Cuánto tiempo necesito para recuperarme físicamente? —Los médicos dicen que un par de semanas para estar al cien. —Bien. En esas dos semanas, quiero aprender. Quiero saber cómo manejar la empresa. Quiero aprender a caminar, a hablar y a mirar como una billonaria. Quiero clases de defensa personal. Quiero los mejores abogados penalistas para preparar las demandas .
—¿Y los Cantú? —preguntó él—. ¿Procedemos con el cobro de las deudas ahora?
Negué con la cabeza lentamente. —No. Todavía no. Me imaginé a Doña Elena durmiendo tranquila en su mansión. A Braulio jugando a la casita con Casandra. —Déjelos creer que ganaron. Déjelos celebrar. Quiero que se confíen. Quiero que suban tan alto como puedan… para que la caída sea mortal. Miré a Herrera a los ojos. —Compre toda su deuda. Cada pagaré, cada hipoteca. Que no le deban ni un peso a nadie más que a mí . Y vigílelos. Quiero saber qué comen, a qué hora van al baño y con quién hablan.
—A la orden, Ximena. —Y Licenciado… —¿Sí? —Ya no soy la Ximena que sacaron del hospital. Esa niña murió ayer en la lluvia. Acaricié la carta de mi abuelo. —Ahora soy la Presidenta Valenzuela. Y voy a cobrar cada lágrima con intereses.
Herrera cerró el maletín y se puso de pie, haciendo una leve reverencia. —Bienvenida a la familia, Presidenta. Va a ser un placer trabajar con usted.
Cuando salió de la habitación, me quedé sola. Miré la tablet donde mi hija dormía segura. —Te lo prometo, Luna —susurré—. Nunca nadie nos va a volver a humillar. Se acabó la víctima. Que empiece el juego.
CAPÍTULO 4: La Metamorfosis de la Mariposa de Hierro y los Hilos Invisibles
Dicen que el dolor te rompe o te forja. A mí me fundió. Me metió en un horno a mil grados y quemó toda la inocencia, la dulzura y la estupidez que me habían caracterizado durante mis veinticinco años. La Ximena que lloraba por un mensaje de texto ya no existía; sus cenizas se quedaron en esa banqueta bajo la lluvia.
