ME HUMILLARON Y ME TIRARON A LA CALLE BAJO LA LLUVIA CON MI BEBÉ RECIÉN NACIDA: NO SABÍAN QUE MI ABUELO ME ACABABA DE DEJAR LA FORTUNA QUE DESTRUIRÍA SU DINASTÍA PARA SIEMPRE

Doña Elena estaba en el centro, sentada con la espalda recta como una reina en su trono, bebiendo té en una taza de porcelana . A su derecha, Don Gregorio revisaba su reloj impaciente, como si mi presencia le estuviera costando dinero por minuto. Natalia estaba recargada en el marco de la chimenea, con el celular en la mano, ya grabando. La luz roja de “REC” parpadeaba como un ojo maligno . Y en el sofá de dos plazas… Braulio. Mi esposo. Estaba sentado con Casandra. Él tenía el brazo alrededor de los hombros de ella, protegiéndola. Casandra me miró entrar y sonrió, acariciando su vientre falso con una satisfacción obscena . Braulio, el cobarde, ni siquiera tuvo el valor de levantar la vista del suelo.

—Llegas tarde —dijo Doña Elena, dejando la taza en la mesa con un tintineo agudo—. Pero bueno, la puntualidad nunca fue una virtud de tu clase social.

Me quedé parada en medio del salón, mojada, temblando de frío y dolor, con mi hija en brazos. —Ya firmé los papeles, Elena. Mis cosas están hechas basura afuera. ¿Qué más quieren de mí? Déjenme ir.

Doña Elena se levantó despacio. Caminó hacia mí, sus tacones resonando en el mármol. —¿Irte? —preguntó con una suavidad venenosa—. Ah, no, querida. No te vas a ir así nada más. Has vivido tres años a costillas de mi hijo. Has comido nuestra comida, has dormido bajo nuestro techo, has ensuciado nuestro apellido. Se detuvo a un metro de mí. Su mirada recorrió mi cuerpo con asco. —Antes de que cruces esa puerta por última vez… te vas a arrodillar.

El silencio en la sala fue absoluto. Solo se escuchaba la lluvia golpeando los ventanales. —¿Qué? —pregunté, incrédula. —Que te arrodilles —repitió, alzando la voz—. Quiero que te pongas de rodillas y nos pidas perdón a todos. A mí, por ser una carga. A Gregorio, por gastar su dinero. A Natalia, por avergonzarla con tus modales de ranchera. Y a Braulio y Casandra… por intentar interponerte en el verdadero amor .

Miré a Braulio. —¿Vas a dejar que haga esto? —le pregunté. Mi voz se quebró—. Braulio, soy yo. Ximena. La mujer con la que dormiste tres años. ¿Vas a dejar que tu madre me humille así frente a tu amante?

Braulio levantó la vista por un segundo. Sus ojos estaban vacíos, muertos. Era un hombre sin alma, un títere de su herencia. —Haz lo que dice mi mamá, Ximena —murmuró—. Y ya vete. No hagas esto más difícil .

Sentí una furia caliente subirme por el cuello. Una furia que nunca había sentido. Apreté a Luna más fuerte. —No —dije. Doña Elena parpadeó, sorprendida. No estaba acostumbrada a que le dijeran que no. —¿Cómo dijiste, gata? —Dije que no. —Alcé la barbilla—. Pueden quitarme mi ropa, pueden quemar mis fotos, pueden robarse el dinero… pero mi dignidad no la tienen. No me voy a arrodillar ante ustedes. Son unos monstruos.

El rostro de Don Gregorio se puso rojo, de un tono púrpura violento. Se levantó de golpe. —¡Suficiente! —bramó—. ¡Sáquenla de aquí! ¡Sáquenla como la basura que es!

Hizo una señal con la mano. Los dos guardias de seguridad que estaban en las esquinas del salón se abalanzaron sobre mí. Eran hombres grandes, entrenados para someter, no para tener cuidado con una mujer recién operada .

—¡No me toquen! —grité, retrocediendo. Pero fue inútil. Uno de ellos me agarró del brazo derecho con una fuerza brutal. El otro fue directo por Luna. —¡NO! ¡A MI HIJA NO! —El grito me desgarró la garganta . Me la arrancaron. El guardia le pasó la bebé a otro empleado como si fuera un paquete de Amazon, mientras Luna rompía en un llanto histérico que me heló la sangre .

—¡Dámela! ¡Por favor, no le hagan daño! —supliqué, luchando, pataleando. Pero los dos guardias me sujetaron de los brazos y comenzaron a arrastrarme.

—¡Llévensela! —gritaba Elena, señalando la puerta—. ¡Y asegúrense de que aprenda la lección!

Me arrastraron por el salón. Mis tenis rechinaban contra el piso mientras intentaba frenar, pero ellos eran demasiado fuertes. Entonces sentí el desgarre. Fue un sonido interno, como tela rompiéndose, seguido de un dolor cegador y caliente en el bajo vientre. Mis puntos. La cesárea se había abierto. —¡Aaaahhh! —grité de dolor. Sentí el líquido caliente bajando por mis piernas, empapando mis pantalones. Sangre. Estaba sangrando profusamente .

Pero no se detuvieron. Me arrastraron por el mármol blanco, dejando un rastro rojo detrás de mí, como un animal herido . Miré hacia atrás mientras me llevaban. Natalia estaba riéndose. Riéndose a carcajadas, con el teléfono siguiendo cada movimiento, asegurándose de enfocar mi cara de dolor y la sangre en el piso . —¡Esto se va a hacer viral, cuñadita! —gritó. Casandra miraba con una sonrisa de satisfacción pura, recargada en el hombro de Braulio. Y Braulio… Braulio simplemente se sirvió otro trago, dándome la espalda .

Llegamos a la puerta principal. Los guardias abrieron las hojas de madera pesada. El ruido de la tormenta entró de golpe, un rugido de viento y agua. Afuera, la temperatura había bajado drásticamente. Era una helada inusual para la ciudad, una tormenta invernal que calaba los huesos .

Me llevaron hasta el borde de los escalones de piedra de la entrada. —¡Por favor! —lloré, ya sin fuerzas por la pérdida de sangre—. ¡Mi bebé! ¡Denme a mi bebé!

El guardia que tenía a Luna caminó hacia mí. Pensé que me la daría en los brazos. Pero no. Doña Elena apareció en el umbral, envuelta en su abrigo, mirando la escena final. —Aquí es donde pertenece la basura, Ximena. En la calle .

Los guardias me empujaron. No me soltaron suavemente. Me lanzaron. Volé los tres o cuatro escalones de piedra de la entrada. Intenté protegerme, pero mi cuerpo no respondió. Caí pesadamente sobre el concreto mojado y helado. Mi hombro derecho recibió el impacto. Escuché un crujido. El dolor me dejó sin aire, mezclándose con el fuego que sentía en el vientre .

Quedé tirada en un charco de agua helada que rápidamente se tiñó de rojo a mi alrededor. —¡Ahí te va tu escuincla! —gritó el guardia. Alcé la vista justo a tiempo para ver cómo lanzaba a Luna al aire, hacia mí. El instinto de madre es más fuerte que cualquier dolor. Ignoré el hombro roto, ignoré la cesárea abierta, y me lancé hacia adelante para atraparla. Mis brazos chocaron contra el suelo, raspándose, pero logré que ella cayera sobre mi pecho y no sobre la piedra .

Luna gritaba, aterrada, congelada. Natalia salió un momento, solo para gritarme desde arriba, protegida por el techo: —¡Si vuelves a poner un pie aquí llamamos a la policía por invasión de propiedad privada! ¡Lárgate, naca! .

¡BAM! La puerta se cerró con un sonido definitivo, como la tapa de un ataúd . El eco del portazo resonó en la calle vacía.

Me quedé ahí. Tirada en la banqueta de una de las zonas más ricas de México. Sangrando. Con el hombro dislocado. Sin abrigo. Sin dinero. Sin teléfono (se había quedado adentro en el forcejeo). Con mi hija de tres días llorando en mis brazos bajo una lluvia que se sentía como agujas de hielo .

El frío empezó a entumecerme los dedos. Sentía cómo la vida se me escapaba por la herida del vientre. Miré hacia la mansión. Las luces cálidas de las ventanas brillaban, se veía acogedor adentro. Imaginé a Braulio brindando con champán, a Elena riendo, a Casandra celebrando su victoria.

Quise cerrar los ojos. Era tan tentador. Solo dormir. Dejar que el frío se llevara el dolor. “Ya no puedo más”, pensé. “Ganen ustedes. Me rindo”. Pero entonces, Luna dejó de llorar. No porque se calmara. Sino porque estaba temblando demasiado fuerte. Sus labios se estaban poniendo azules.

El terror me inyectó una dosis de adrenalina final. “No”, me dije. “Yo puedo morirme si quiero, pero ella no. Ella no se muere hoy”. Me arrastré. Literalmente me arrastré por la banqueta buscando ayuda, dejando un rastro de sangre. Pero la calle estaba desierta. Nadie sale en una tormenta así.

Me abracé a una farola de luz, intentando darle mi calor corporal a mi hija. —Perdóname, mi amor… perdóname por elegir a este padre… —sollocé.

Y fue ahí, cuando la vista se me estaba nublando y la oscuridad empezaba a ganar, que vi los faros. Luces blancas, potentes, cortando la lluvia. No era un coche normal. Eran tres camionetas Suburban blindadas, negras, impecables, avanzando en convoy . Se detuvieron justo frente a mí. Las puertas se abrieron. Vi zapatos de charol pisando los charcos sin importarles arruinarse. Vi paraguas negros abrirse.

Un hombre mayor, distinguido, corrió hacia mí con una agilidad sorprendente para su edad. —¡Señorita Ximena! —gritó, su voz llena de angustia—. ¡Dios mío, la encontramos!

No pude responder. Solo sentí unos brazos fuertes que me levantaban del suelo, y una manta caliente que me cubría. —¡Está perdiendo mucha sangre! —gritó alguien—. ¡Código rojo! ¡Vamos al hospital ahora!

Mientras me subían a la camioneta, miré por última vez la reja de la mansión Cantú. “Voy a volver”, juré en mi mente antes de desmayarme. “Voy a volver y voy a quemar su mundo hasta los cimientos”.

Todo se volvió negro.

PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Despertar en el Cielo y el Fantasma del Abuelo
El mundo regresó a mí en fragmentos borrosos. Primero fue el sonido. No era el pitido molesto de los monitores viejos del hospital anterior, ni los gritos de las enfermeras estresadas en los pasillos. Era un zumbido suave, constante, casi tranquilizador. Y música clásica. Alguien estaba escuchando a Chopin a un volumen muy bajo.

Luego, el olfato. Esperaba el olor a amoniaco, a sangre seca, a humedad. Pero no. Olía a lilas frescas. A sábanas de algodón egipcio recién lavadas. A aire purificado.

Abrí los ojos. Me pesaban los párpados como si fueran de plomo. Lo primero que vi fue un techo alto, blanco inmaculado, con molduras elegantes. Giré la cabeza lentamente, sintiendo el cuello rígido. No estaba en una habitación de hospital. O al menos, no en una que yo conociera. Parecía la suite presidencial de un hotel en Punta Mita. Había sillones de piel color crema, una alfombra persa, cuadros de arte abstracto que seguro costaban más que la casa de mis papás (que en paz descansen), y un ventanal enorme que dejaba entrar la luz grisácea de la mañana en la Ciudad de México.

El pánico me golpeó el pecho como un martillazo. Me senté de golpe, ignorando el tirón en mi abdomen. —¡Luna! —grité, con la garganta seca y rasposa—. ¡¿Dónde está mi hija?!

La puerta se abrió al instante. No entró un guardia, ni una enfermera gruñona. Entró una mujer joven con uniforme médico azul pastel, impecable. —Tranquila, señora Ximena, tranquila —dijo con voz suave, acercándose rápidamente para ayudarme a recostarme—. No se mueva brusco, sus puntos están recién suturados de nuevo.

—¿Dónde está mi bebé? —exigí, agarrándola del brazo con la poca fuerza que tenía—. ¡Esos malditos me la quitaron, la tiraron al suelo!

—Su hija está bien —me aseguró la enfermera, mirándome a los ojos con sinceridad—. Está en la unidad de cuidados intensivos neonatales, justo en la habitación contigua. Puede verla a través del monitor si gusta.

Me pasó una tablet que estaba en la mesita de noche. Ahí estaba. Mi pequeña Luna. Estaba dentro de una incubadora futurista, conectada a varios cables, pero se veía tranquila, rosada, calientita. —Estuvo muy grave, señora —dijo la enfermera, bajando la voz—. Llegó con hipotermia severa. Los doctores dijeron que diez minutos más en ese frío… y su corazoncito no hubiera aguantado .

Sentí una mezcla de alivio infinito y un odio negro, espeso. Diez minutos. La familia Cantú estuvo a diez minutos de convertirse en asesinos. Habían dejado a una recién nacida congelarse solo por su orgullo, por su crueldad. —Casi la matan… —susurré, y las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de furia.

—Descanse un momento más. El Licenciado Herrera está esperando para hablar con usted en cuanto despertara. —¿Quién? —pregunté, confundida. —El señor que la trajo. El que le salvó la vida.

Asentí, aturdida. La enfermera salió y, un minuto después, entró el hombre que había visto bajarse de la camioneta blindada bajo la lluvia. Ahora, con la luz del día y sin el caos de la tormenta, pude verlo bien. Era un hombre de unos setenta años, delgado pero con postura de militar. Llevaba un traje gris de tres piezas que gritaba “sastre italiano”, un pañuelo de seda en el bolsillo y un reloj Patek Philippe en la muñeca. Tenía el cabello completamente blanco, peinado hacia atrás, y unos ojos oscuros, inteligentes, que me miraban con una mezcla de respeto y lástima.

Arrastró una silla de terciopelo y se sentó junto a mi cama. —Buenos días, Señorita Ximena. Soy Javier Herrera. —Gracias… —dije, sintiéndome pequeña ante su presencia—. Gracias por recogernos. No sé quién es usted ni por qué nos ayudó, pero no tengo dinero para pagar este hospital. En cuanto pueda caminar, nos iremos a…

El Licenciado Herrera levantó una mano suavemente para detenerme. —No tiene nada que pagar, Ximena. Este hospital es propiedad de una de las fundaciones de su familia. Y yo… yo soy el albacea y abogado personal de su abuelo, Don Guillermo Valenzuela .

Fruncí el ceño. —¿Mi abuelo? —solté una risita nerviosa—. Oiga, señor, creo que se equivocó de persona. Mi abuelo murió hace años. Mi mamá me dijo que era un hombre de campo, que vivía en el norte y que nunca nos quiso.

Herrera suspiró y sacó una carpeta de piel negra de su maletín. —Su madre, Ana, era una mujer muy orgullosa. Huyó de casa cuando usted era una bebé. Hubo una disputa terrible con su padre, Don Guillermo. Ella quería casarse con su padre, un hombre humilde, y Don Guillermo, en su arrogancia de aquel entonces, le dio un ultimátum: el dinero o el amor. Me quedé helada. Esa parte de la historia… esa parte sí me sonaba. Mi mamá siempre decía que el dinero solo traía desgracias.

—Ella eligió el amor —continuó Herrera—, y se cambió el apellido para desaparecer. Vivió escondida, modestamente, hasta que falleció hace cinco años. Pero Don Guillermo… él nunca dejó de buscarlas . El abogado abrió la carpeta y sacó fotos. Eran fotos mías. Fotos mías saliendo de la universidad. Fotos de mi boda con Braulio (donde me veía feliz y Braulio se veía aburrido). Fotos mías embarazada, comprando ropa en el supermercado.