Todo para esto. Para enterarme por Instagram, mientras sangro en una cama de hospital, que mi esposo tiene otra vida, otra mujer y otro hijo en camino.
El dolor emocional fue tan agudo que se manifestó físicamente. Sentí una punzada en la herida de la cesárea que me hizo doblarme. Grite, un grito ahogado, seco.
En ese momento, el pasillo del hospital se llenó de ruido. No era el ruido normal de carritos de medicina y enfermeras. Era el ruido de tacones caros golpeando el piso de linóleo. Tac, tac, tac. Firmes. Autoritarios.
La puerta de mi habitación no se abrió; la aventaron. Golpeó contra el tope de la pared con un estruendo que hizo saltar a Luna, quien rompió en llanto al instante.
El aire de la habitación cambió. Se llenó de un perfume caro, una mezcla de Chanel y maldad pura. Doña Elena entró primero. Llevaba un abrigo de piel, aunque no hacía tanto frío, y unos lentes oscuros que se quitó lentamente para clavarme esa mirada de hielo que siempre me hacía sentir pequeña.
—Qué escándalo —dijo, arrugando la nariz como si hubiera entrado a un baño público sucio—. Ni parir puedes hacerlo con clase, Ximena. Haz que se calle esa niña.
Detrás de ella entró el desfile de mis pesadillas. Don Gregorio, mi suegro. Un hombre bajo, calvo, pero con una presencia que intimidaba a cualquiera. Era dueño de media ciudad, o al menos eso le gustaba presumir, aunque yo sabía que las deudas lo tenían del cuello. Me miró con el mismo desprecio con el que miraba a los meseros que se tardaban con su whisky.
Luego, Natalia, mi cuñada. La “influencer” fracasada. Tenía el celular en la mano, grabando. La luz del flash me cegó por un segundo. —¡Hola, followers! —dijo a la cámara con esa voz chillona y fingida—. Estamos aquí, en el momento de la verdad. Vean nada más el drama. ¡Qué fuerte!
Y al final… Casandra. Entró caminando como si fuera dueña del hospital. Se veía impecable. El cabello rubio perfectamente alaciado, el maquillaje intacto. Y esa panza. Esa maldita panza que presumía como un trofeo de guerra. Se paró junto a Doña Elena y me sonrió. No era una sonrisa amable; era la sonrisa del depredador que sabe que la presa ya no puede correr.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté. Mi voz temblaba, pero intenté incorporarme. El dolor me recorrió la espalda, pero no les iba a dar el gusto de verme tirada—. ¿Dónde está Braulio?
Don Gregorio soltó una risa seca, sin humor. —Braulio está celebrando, niña. Celebrando que por fin se va a librar de este lastre. Se acercó a los pies de mi cama y me miró como si fuera una cucaracha. —Se acabó el teatrito, Ximena. Ya nos cansamos de jugar a la casita contigo.
—No entiendo… —balbuceé, abrazando a Luna contra mi pecho para protegerla de tanta mala vibra—. Braulio es mi esposo. Tenemos una hija. —¿Esa cosa? —Casandra señaló a mi bebé con una uña acrílica larguísima—. Por favor, Ximena. Deja de fingir. Todos sabemos que te爬aste a Braulio por su dinero. Pero se te acabó la suerte.
Doña Elena dio un paso al frente, invadiendo mi espacio personal. —Hicimos una prueba de ADN —soltó la bomba con la tranquilidad de quien pide un café—. Confidencial. Sin que tú lo supieras, claro. Sacó un papel doblado de su bolso Hermès. —Negativo, querida. Esa niña no lleva sangre Cantú.
Sentí que el mundo se detenía. El sonido del llanto de Luna se volvió lejano. —¡Eso es mentira! —grité, sintiendo la cara caliente—. ¡Braulio es el único hombre con el que he estado! ¡Jamás le fui infiel! ¡Ustedes inventaron esto!
—¿Y a quién le van a creer? —intervino Natalia, acercando el celular a mi cara, grabando mis lágrimas—. ¿A la familia Cantú, pilares de la sociedad mexicana, o a la gata igualada que salió de un barrio de mala muerte y quiso dárselas de señora?
Don Gregorio tiró una carpeta de piel sobre mis piernas. Pesaba. —Ahí están los papeles del divorcio. Fírmalos. Ahora. —No —dije, apretando los dientes—. Quiero hablar con Braulio. Él no permitiría esto. Él me ama.
Casandra soltó una carcajada que resonó en las paredes blancas. —Ay, cosita. Eres tan ingenua que das ternura. Braulio nunca te amó, Ximena. Se acercó a mí, inclinándose para susurrarme, para que el veneno entrara directo. —Fuiste una apuesta, naca. Una apuesta de borrachera con sus amigos de la Ibero. “A ver quién aguanta más casado con la becada más pobre”. Se ganó cien mil dólares contigo. Pero ya se aburrió. Y adivina qué… yo le voy a dar lo que tú nunca pudiste: un varón. Un heredero de verdad.
La revelación me golpeó más fuerte que cualquier golpe físico. ¿Una apuesta? ¿Mis besos, mis desvelos, mis cuidados, el amor incondicional que le di… todo fue por una apuesta de niños ricos? Me sentí sucia. Me sentí usada. Sentí que los tres años de mi vida se deshacían como arena entre los dedos.
—Si no firmas —amenazó Doña Elena, recuperando su tono gélido—, tengo al Procurador en marcación rápida. Diremos que eres una adicta. Que te intentaste suicidar. Que eres un peligro para esa niña. Te la quitaremos, Ximena. Y te juro por mi apellido que esa niña terminará en el sistema de orfanatos más horrible que encuentre, y tú te pudrirás en la cárcel o en un manicomio.
Miré a esos cuatro monstruos. Miré sus ropas de marca, sus joyas, su arrogancia. Ellos tenían el poder, el dinero, los contactos. Yo tenía una bata de hospital manchada de leche y sangre, y una bebé llorando.
No tenía opción. El miedo a perder a Luna fue más grande que mi orgullo. —Está bien —dije, llorando abiertamente, derrotada—. Firmo. Pero déjenme en paz.
Tomé la pluma que Don Gregorio me extendía como si fuera un favor. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerla. Firmé. Entregué mi dignidad en ese papel.
—Excelente —dijo Don Gregorio, arrebatándome la carpeta—. Tienes dos horas. Ve a la mansión, saca tus trapos viejos y lárgate. Necesitamos desinfectar la casa antes de que llegue la verdadera señora de la casa —señaló a Casandra.
—Pero… me acaban de operar… no tengo a dónde ir… —supliqué, odiándome por hacerlo. —Ese no es nuestro problema —dijo Doña Elena, dándose la vuelta—. Vámonos. Aquí huele a pobreza.
Salieron de la habitación dejándome destruida. Me levanté como pude. Cada paso era una aguja clavándose en mi abdomen. Vestí a Luna con la ropita que tenía, la envolví en una cobija delgada del hospital. Me puse mis tenis viejos, esos que Braulio decía que le daban vergüenza, y salí.
No sabía que afuera se estaba gestando una tormenta. No sabía que en la mansión me esperaba la humillación final. Pero tampoco sabía que el destino, ese que a veces parece cruel, estaba a punto de darme la carta más alta de la baraja.
Salí del hospital cojeando, cargando mi vida en brazos, lista para ir al matadero, sin saber que pronto… muy pronto, yo sería la carnicera.
CAPÍTULO 2: El Juicio de los Buitres y la Sangre en el Mármol
El taxi que tomé afuera del hospital olía a tabaco viejo y a aromatizante de pino barato. El chofer, un señor de bigote canoso que me vio salir con la bata manchada bajo el abrigo y cargando a una recién nacida, no hizo preguntas. En México aprendes a no preguntar cuando ves la desgracia en los ojos de alguien; solo conduces.
—A Bosques de las Lomas, por favor —le dije, dándole la dirección de la mansión. El señor me miró por el retrovisor, sorprendido. Mi aspecto no encajaba con el código postal más exclusivo y pretencioso de la ciudad. Yo era una anomalía, un error en la matrix de la clase alta.
Mientras el taxi subía las colinas llenas de seguridad privada y muros de tres metros, la lluvia comenzó a caer más fuerte. El cielo se estaba cayendo, negro y pesado, como si la ciudad misma supiera lo que estaba a punto de pasar.
Llegamos a la reja de hierro forjado de la residencia Cantú. Esa reja que tantas veces se cerró detrás de mí, haciéndome sentir más prisionera que dueña. No tenía llaves. Me las habían quitado meses atrás “por seguridad”. Tuve que bajarme y tocar el interfón bajo la llovizna.
—Soy yo. Ábranme —dije al altavoz. La reja se abrió con un zumbido eléctrico lento, casi burlón. El taxista me preguntó si quería que me esperara. —No tengo con qué pagarle la espera, señor. Gracias —le dije, y cerré la puerta del Tsuru.
Caminé por el sendero de adoquines hacia la entrada principal. La casa se alzaba frente a mí como un monstruo de concreto y cristal. Tres años viví ahí. Tres años donde aprendí que las jaulas de oro siguen siendo jaulas, y que a veces son más frías que una celda de concreto .
Al llegar al pórtico, algo me detuvo en seco. A un lado de la entrada principal, cerca de los contenedores de basura, había un montón de bolsas negras de plástico, de esas de jardín, apiladas de mala gana. Algunas estaban rasgadas.
Me acerqué, con el corazón latiéndome en la garganta. Reconocí una manga de suéter saliendo de una bolsa rota. Era mi suéter favorito, uno tejido que mi mamá me había hecho antes de morir. Me agaché, ignorando el dolor punzante de la cesárea. Todo estaba ahí. O lo que quedaba de ello. Mis libros de la universidad estaban empapados, hechos pasta de papel inservible . Mi ropa estaba mezclada con restos de comida y café. Y en una maceta cercana, vi algo que me hizo soltar un sollozo seco: cenizas y bordes quemados de fotografías. Mis fotos de boda. Las habían quemado en la chimenea y tirado los restos aquí afuera, como si nuestra unión hubiera sido basura que necesitaba incinerarse .
Busqué frenéticamente en la bolsa pequeña donde guardaba lo único de valor real que tenía: el joyero de mi madre. Unos aretes de perla y un relicario de plata. No valían millones, pero eran mi historia. La caja estaba vacía. —Maldita sea… —susurré. Natalia. Tenía que haber sido ella. Siempre le gustaron, no por su valor, sino porque eran míos y ella quería todo lo que pudiera quitarme .
Apreté a Luna contra mi pecho. —Tranquila, mi amor. Vamos a salir de esta —le prometí, aunque no tenía idea de cómo.
La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocar. No fue el personal de servicio quien abrió. Fue uno de los guardias de seguridad privada de Don Gregorio. Un tipo enorme, con traje negro y audífonos en el oído, de esos que parecen refrigeradores con patas.
—La esperan en la sala principal, señora —dijo, sin mirarme a los ojos. Su tono no era de invitación, era una orden policial. —Solo vengo por mis cosas y me voy —le contesté, intentando mantener la poca dignidad que me quedaba. —Le dijeron que pase a la sala principal. Ahora —insistió, bloqueando mi paso hacia las escaleras.
No tuve opción. Caminé por el pasillo de mármol blanco, ese piso que Doña Elena me prohibía pisar con zapatos de calle porque “se rayaba”. El eco de mis pasos mojados resonaba en el silencio tenso de la casa. Al llegar al gran salón, la escena que encontré parecía sacada de una película de terror psicológico.
Estaban todos ahí, esperándome . Sentados en los sofás de piel italiana, formando un semicírculo, como un tribunal de la Santa Inquisición listo para dictar sentencia.
