PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Frío del Abandono y la Notificación del Infierno
El olor a desinfectante barato y a frijoles refritos del comedor del hospital se te mete hasta en los poros. Es un olor que nunca olvidas, el olor de la soledad en una cama del Seguro Social, o bueno, en esta “clínica privada” de segunda categoría que mis suegros pagaron a regañadientes, quejándose de cada peso como si les estuviera arrancando un pedazo de piel.
Llevaba tres días ahí. Setenta y dos horas eternas.
Mi cuerpo se sentía como si me hubiera atropellado un metrobús en Insurgentes a hora pico. La cesárea no es cualquier cosa; te abren en canal, te sacan un ser humano y luego te cosen esperando que camines al día siguiente. Pero el dolor físico, ese ardor constante en el bajo vientre que sentía cada vez que respiraba, no era nada comparado con el hueco que tenía en el pecho. Un hueco frío, oscuro, más helado que una madrugada en el Nevado de Toluca.
Miré el reloj de pared, ese tic-tac monótono que me taladraba el cerebro. Las 4:00 PM.
—Ya va a venir —susurré, con la voz ronca de tanto llorar en silencio—. Ahorita entra por esa puerta con un ramo de rosas gigante, de esas que venden en el mercado de Jamaica, y me va a decir que el tráfico estaba horrible en el Periférico.
Me mentía. Sabía que me estaba mintiendo, pero la esperanza es lo último que se pierde, ¿no? O eso dicen las abuelas. Yo, Ximena, la “becada”, la “muerta de hambre” como me decía mi suegra a mis espaldas (y a veces en mi cara), me aferraba a la idea de que mi esposo, Braulio Cantú, el hombre por el que me peleé con el mundo, vendría a conocer a su hija.
Luna dormía en el cunero de plástico transparente a mi lado. Era tan chiquita, tan frágil. Tenía la nariz de Braulio. Me dolía verla y ver a su padre en ella.
Una enfermera entró. Era una señora robusta, con cara de estar harta de la vida y de ganar poco, pero con ojos amables. —Mija, ¿todavía nada? —preguntó, revisando el suero. Negué con la cabeza, sintiendo cómo se me nubleaba la vista otra vez. —Seguro está ocupado en la empresa —dije, más para convencerme a mí que a ella—. Ya sabe cómo son los cierres de mes, puro estrés.
La enfermera hizo una mueca, de esas que dicen “ay, niña, qué pendeja eres”, pero no dijo nada. Solo me acomodó la almohada y salió, dejándome sola con mis demonios.
En ese silencio sepulcral, mi celular vibró sobre la mesita de noche. El sonido zumbó contra la madera barata como una alarma de incendio.
Era Sara. Mi mejor amiga desde la prepa, la única que nunca me compró el cuento de hadas de los Cantú. Sara, que siempre me decía: “Güey, date cuenta, esa familia no te quiere, solo te toleran”.
Tomé el teléfono. Pesaba una tonelada. El mensaje en WhatsApp brillaba en la pantalla: “Xime, neta perdóname. Te juro que no quiero ser yo quien te cague el día, pero tienes que saberlo. Por lo que más quieras, no entres a Instagram. Te amo, cabrona, aguanta. Ya voy para allá”.
El corazón se me detuvo. Sentí un bajón de presión tan fuerte que los oídos me empezaron a zumbar. ¿Qué podía ser tan malo? ¿Un accidente? ¿Le pasó algo a Braulio?
Mis dedos, temblando como si tuviera hipotermia, ignoraron la advertencia de Sara. El morbo y el pánico son una mezcla peligrosa. Desbloqueé la pantalla. El logo de Instagram apareció, burlón, colorido.
Y ahí estaba. La primera historia en el feed.
No tuve que buscarla. El algoritmo, cruel como siempre, me la puso en la cara. Era una foto de Braulio.
Pero no era el Braulio ojeroso y estresado que yo veía en casa últimamente. No. Era el Braulio “Golden Boy”, el heredero, el mirrey de Polanco. Estaba sentado en una terraza espectacular, de esas que tienen vista al Ángel de la Independencia, con una copa de champaña en la mano. Se veía feliz. Relajado.
Y no estaba solo.
Pegada a él, como una garrapata con vestido de diseñador, estaba Casandra. Casandra. La “amiga de la infancia”. La que siempre me saludaba con dos besos al aire sin tocarme la piel, como si yo tuviera lepra. La rubia perfecta, de apellido compuesto, que siempre me miraba de arriba abajo preguntándome de qué tianguis había sacado mi ropa.
En la foto, Casandra tenía una mano posesiva sobre el pecho de Braulio y la otra acariciando su propio vientre… un vientre claramente abultado. Un embarazo de meses.
Se me cayó el teléfono de las manos. Cayó sobre las sábanas blancas del hospital. Sentí bilis en la garganta. Recogí el teléfono, necesitaba leerlo. Necesitaba que fuera un error, una foto vieja, una broma de mal gusto. El caption, escrito por Braulio, decía: “Celebrando la vida y los nuevos comienzos con mi verdadera familia. El heredero Cantú ya viene en camino. #RealLove #FamilyFirst #BabyBoy”.
¿Verdadera familia? ¿Heredero? ¿Baby Boy?
Miré a Luna, mi niña de tres días de nacida, durmiendo ajena a que su padre acababa de negarla públicamente frente a miles de personas. —Hijo de tu puta madre… —susurré. La grosería salió sola, visceral, desde las entrañas.
Tres años. Tres malditos años de aguantar las humillaciones de su madre, Doña Elena, que me hacía sentir que le debía la vida por dejarme respirar el mismo aire que su hijo. Tres años de tratar de ser la esposa perfecta, de aprender a usar los cubiertos correctos, de vestirme como ellos querían, de borrar quién era yo para encajar en su molde de porcelana.
