Los médicos dijeron que sus gemelas jamás volverían a hablar. Él gastó millones en vano, hasta que un día llegó temprano a casa y descubrió lo que la empleada de limpieza hacía con ellas a escondidas…

Poco a poco, se forjó un vínculo secreto. Teresa no las forzaba a hablar; simplemente estaba allí. Les hablaba mientras fregaba, les contaba cuentos inventados donde las princesas no necesitaban príncipes, sino valor. Les cantaba. Y las niñas comenzaron a seguirla por la casa como patitos detrás de su madre. Antonio, desde la distancia, notó el cambio. Veía sonrisas tímidas, veía miradas que conectaban. No entendía qué estaba pasando, pero por primera vez sentía que la vida volvía a colarse por las ventanas de su mansión.

Sin embargo, Antonio no estaba preparado para lo que estaba a punto de descubrir. Un día, decidió regresar del trabajo tres horas antes de lo habitual. Tenía un presentimiento, una inquietud en el pecho que no lo dejaba concentrarse en la oficina. Al entrar en la casa, esperó encontrar el silencio habitual, pero lo que escuchó lo detuvo en seco en el vestíbulo. Eran risas. Risas cristalinas, infantiles, auténticas. Y no solo risas… escuchó voces. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. Caminó de puntillas hacia la habitación de las niñas, con el miedo de que cualquier ruido rompiera el hechizo, y se asomó por la puerta entreabierta. Lo que vio le heló la sangre y, al mismo tiempo, le devolvió la vida.

Teresa estaba tumbada en una alfombra, con los ojos cerrados, fingiendo estar enferma. A su lado, Sara y Elena llevaban puestas unas batas blancas de juguete que les quedaban enormes y estetoscopios de plástico rosa alrededor del cuello. Estaban inmersas en un juego de rol, serias, profesionales.

—Mamá, tienes que tomar la medicina —dijo Sara. Su voz era fina, un poco ronca por la falta de uso, pero clara y firme. —Sí, mamá, abre la boca. Si no, no te vas a curar nunca y te queremos sana —añadió Elena, acercando una jeringuilla de plástico a los labios de Teresa.

Antonio se llevó las manos a la boca para ahogar un sollozo. Sus hijas hablaban. Sus hijas, las mismas que la gran Doctora Navarro había desahuciado, estaban jugando a curar, llamando “mamá” a la mujer de la limpieza. Las piernas le fallaron y se apoyó en el marco de la puerta, haciendo un ruido sordo. Teresa abrió los ojos de golpe y se levantó asustada, alisándose el delantal, con el pánico reflejado en el rostro.

—Señor Martínez… yo… lo siento, ellas querían jugar y no supe decir que no… —balbuceó Teresa, temiendo el despido.