El día del funeral fue tan cruel como la noticia que lo precedió. Un viento otoñal glacial azotaba los viejos tilos del cementerio, arrancando las últimas hojas rebeldes de sus ramas y esparciéndolas por la tierra húmeda. Grace permaneció de pie ante la tumba recién sepultada, con una profunda incredulidad resonando en su corazón. Su madre se había ido.
A pocos metros de distancia estaba su esposo, Mark. Fumaba un cigarrillo, con la mirada vacía y cansada, como si fuera un espectador aburrido que se hubiera adentrado accidentalmente en la tragedia ajena. Grace anhelaba una simple caricia, una mano en su hombro, una palabra de consuelo. En cambio, él se acercó, con una voz baja y conspiradora que nadie más podía oír.
—¿De verdad creías que la cabaña de tu madre iba a ser tuya? —murmuró, con una sonrisa cruel en los labios—. Me la cedió hace mucho tiempo.
Grace se quedó paralizada, sin poder procesar las palabras. El mundo pareció tambalearse. "¿Qué?", susurró.
—Exactamente lo que oíste —dijo, con los ojos brillantes de una malicia fría y triunfante—. Ahora es mío. ¿Y tú? Bueno, ya te tengo.
En ese momento, no le quedaron lágrimas. Contempló la tierra recién removida a sus pies y comprendió. Él había esperado su día más débil y vulnerable para asestarle el golpe final.
Al concluir la pequeña ceremonia, los demás dolientes comenzaron a dispersarse. Grace se quedó un rato más, colocando un pequeño ramo de crisantemos blancos —los favoritos de su madre— sobre la tumba. "Lo siento, mamá", susurró.
Detrás de ella, la puerta de un coche se cerró de golpe. Se giró y vio a Mark subiendo a su coche. "¡Vamos!", gritó.
“Sólo quiero quedarme un poco más”, suplicó.
—Haz lo que quieras —espetó, y cerró la puerta de golpe. Un momento después, el motor rugió y el coche arrancó a toda velocidad, dejándola sola entre las lápidas y las hojas caídas.
Un silencio denso se apoderó de ella. El camino de vuelta al pueblo era de veinticinco kilómetros. No había autobuses a esa distancia, y aunque hubiera querido, no podría llamar un taxi. Su teléfono se había apagado esa mañana. «Me dejó», pensó, mientras la simple y brutal realidad se le grababa en el alma. «Me dejó en el funeral de mi madre, sola, en medio de la nada».
Se quedó allí, perdida, cuando el sordo rugido de un motor rompió el silencio. Una camioneta negra avanzaba lentamente por el estrecho camino del cementerio. Se detuvo junto a ella y la ventanilla tintada se deslizó hacia abajo. Al volante iba un hombre distinguido de unos cincuenta años, de mirada penetrante e inteligente y expresión serena y serena.
—Disculpe —dijo—. ¿Es usted Grace?
Ella asintió, sorprendida. «Sí. ¿Quién eres?»
El hombre hizo una pausa, como si ordenara sus pensamientos. «Me llamo John Sterling», dijo con voz firme y amable. «Y tú, Grace, eres la hija de la mujer que me salvó la vida hace muchos años».
Grace lo miró estupefacta. "¿Conocías a mi madre?"
—Sí, lo hice —dijo—. Y ahora me toca a mí corresponderle su amabilidad. Por favor, sube al coche. No deberías estar aquí sola.
Dudó solo un segundo. La voz burlona de su esposo resonó en su mente: «Me lo cedió hace mucho tiempo». Esa nueva traición la impulsó a confiar en ese desconocido. Abrió la puerta y se deslizó en el lujoso asiento de cuero.
