Patricia entró a la casa, agradecida pero firme. —Señor Campos, no tengo vida para agradecerle lo que hizo por mis hijos. Gabi me contó todo. Usted es un ángel. —No soy ningún ángel, Patricia —respondió él con voz ronca—. Ellos me salvaron a mí, no yo a ellos.
Empezaron a empacar. Cada juguete guardado en una maleta era un golpe para Matías. La casa empezaba a sentirse grande y fría de nuevo. Gabriel se acercó a él con su mochila de superhéroes. —Tío Matías, ¿vas a ir a visitarnos? —Claro que sí, campeón —le revolvió el pelo, tragándose el nudo en la garganta—. Siempre.
Gabriela estaba en la puerta, con su pequeña maleta lista. Se veía devastada, aunque trataba de mantener la compostura por el bien de su hermana. Patricia, que no era tonta, observaba la dinámica. Veía cómo Matías miraba a su hermana. Veía cómo su hermana se demoraba en cada rincón, acariciando los muebles como si se despidiera de una persona.
Patricia se detuvo antes de subir a los niños al auto. Se volvió hacia Matías. —Señor Campos… Matías. ¿Puedo hacerle una pregunta atrevida? —Dime. —¿Usted ama a mi hermana?
El silencio en el jardín fue pesado. Gabriela contuvo el aliento. —Sí —dijo Matías, alto y claro, sin importarle quién escuchara—. La amo. Y amo a esos niños como si fueran míos.
Patricia asintió lentamente, una sonrisa triste pero sabia cruzó su rostro. Se giró hacia Gabriela. —Gabi, sube al auto. —¿Qué? —Gabriela parpadeó. —Sube al auto para despedirte de los niños. Porque tú no te vienes con nosotros.
—Patricia, ¿qué dices? Tengo que ir a cuidar a mamá, tengo que… —Mamá está bien. Yo la cuidaré. Yo soy la madre de estos niños y es hora de que asuma mi responsabilidad completa. Pero tú… tú has vivido toda tu vida para los demás. Para mí, para mamá, para los sobrinos. Ya es hora de que vivas para ti.
Patricia señaló a Matías. —Ese hombre te mira como si fueras el agua en el desierto. Y tú lo miras a él igual. No seas tonta, hermana. La felicidad no toca a la puerta dos veces.
Gabriela miró a su hermana, luego a los niños que le sonreían desde la ventana del auto, y finalmente a Matías. Él estaba allí, parado en el umbral de su enorme puerta, con las manos abiertas, ofreciéndole no un empleo, no un sueldo, sino una vida.
Gabriela corrió. No hacia el auto, sino hacia él. Matías la recibió en sus brazos, levantándola del suelo, enterrando su rostro en el cuello de ella, respirando su aroma a jabón y esperanza. —Quédate —susurró él—. Quédate y construyamos algo nuestro.
Patricia tocó el claxon dos veces, una despedida alegre, y arrancó el auto. —¡Adiós, Tío Matías! ¡Adiós, Tía Gabi! —gritaban los niños mientras el auto se alejaba.
Esa noche, la mansión estaba más silenciosa que en las últimas semanas, sin los gritos de los niños. Pero ya no estaba vacía. Matías y Gabriela cenaron en la cocina, sentados juntos. —Los voy a extrañar horrores —dijo ella. —Iremos a verlos el fin de semana —prometió él, tomando su mano—. Y en vacaciones vendrán. Llenarán la piscina y saltarán en los sofás. Pero ahora… ahora tenemos tiempo para nosotros.
Matías miró alrededor. Las paredes ya no eran muros de una fortaleza solitaria; eran el lienzo de un futuro compartido. Entendió que el dinero podía comprar la casa, pero solo el amor, en su forma más humilde, caótica y generosa, podía convertirla en un hogar.
Lloró. Por primera vez en décadas, Matías Campos lloró. No de tristeza, sino de una gratitud abrumadora. Porque había llegado a esa casa humilde del barrio con un sobre de dinero, pensando que iba a salvar a alguien, y terminó descubriendo que el que necesitaba ser salvado era él.
